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Publicado el 7 Diciembre, 2019 por Liset García Rodríguez en Opinión
 
 

Cara a cara

Cara a cara.Por LISET GARCÍA

Otra vez los delegados elegidos por el pueblo en cada barrio del país se vieron en asambleas de barrio con sus electores, un atributo democrático, habitual de la práctica cubana de la que mucho se habla. Lograr que el ejercicio de gobierno sea cada vez más eficaz y rinda los frutos que los ciudadanos necesitan, es el punto de mira, pensando siempre en cómo perfeccionar ese sistema de poder popular estrenado hace más de cuatro décadas.

La nueva Constitución de la República ha extendido el mandato de los delegados a cinco años, por lo que a la complejidad de esa labor, –asumida al tiempo que se desempeñan en sus centros de trabajo–, se añade ahora la extensión del tiempo.

No resulta tan disonante para algunos, pues uno de los reclamos hechos durante años ha sido precisamente ese, de ahí que se introdujera en la nueva Carta Magna. En dos años y medio, cuando empezaban a consolidar y a madurar en esa carrera de frente a los problemas del barrio y en el entrenamiento de comunicación con los vecinos, el período concluía.

Muchas son las experiencias y las insatisfacciones acumuladas. Asumir en nombre del pueblo las decisiones que le competen a las asambleas municipales del Poder Popular, integradas por esos delegados, requiere de preparación, adiestramiento y vocación de servicio. Es la arrancada ineludible para quienes han ido asumiendo esa función, conscientes de que en el vínculo con los vecinos y con los problemas del barrio es donde encuentran su razón de ser.

No son pocas las acciones que realizan: fiscalizar y controlar el quehacer de las entidades enclavadas en su área, integrar las comisiones permanentes de la Asamblea, aprobar el plan económico-social y el presupuesto del territorio, entre otras responsabilidades cuyo alcance crece ahora ante la decisión refrendada en la Constitución de dar mayor autonomía a los municipios.

Tan importante como esa labor es relacionarse con los electores, a quienes representan y, por tanto, deben rendir cuenta de su gestión periódicamente, como han hecho ahora en estos meses de octubre y noviembre.

Tarea titánica, que a menudo se ve lastrada por la falta de comprensión de deberes y derechos de los delegados, estilos de trabajo que entorpecen su autoridad, incluso por sobrecarga de tareas pues deben realizar sus funciones en tiempo extra laboral, en horarios que dificultan el acceso a oficinas y ver a funcionarios administrativos, algunos de los cuales les hacen caso omiso.

Teniendo en cuenta estos obstáculos se decidió regular estas funciones mediante una Ley, anunciada tras aprobarse la Constitución. Es una de las incluidas en el programa legislativo de la Asamblea Nacional, y será de las primeras que próximamente aprobarán los diputados, quienes ya analizan el proyecto.

La norma que se suscriba de por sí no será una varita mágica. Hay que aprender a usarla, exigir su aplicación, como sucede con todo el entramado legal del país, sujeto a ajustes, pensando en el buen funcionamiento que necesita la sociedad.

Ahora, los delegados con sus agendas repletas siguen a punta de lápiz los problemas pendientes y los más recientes. Según datos de la Asamblea Nacional, alrededor de 195 000 planteamientos de la población se recogieron en estas jornadas de rendición de cuenta. Un tema recurrente es la indisciplina social, el delito, las ilegalidades, los que requieren disímiles miradas, no desde la otra acera, sino desde el barrio, en el que se involucre a instituciones y a los propios vecinos asumiendo el deber y el derecho de participar.

Ese ejercicio de gobierno que tuvo su primer ensayo en Matanzas hace más de cuatro décadas, tiene el mérito de haber encontrado a partir de pautas teóricas iniciales su propio laboratorio, un camino de enriquecimiento, en medio de los obstáculos que el recrudecido cerco yanqui ha provocado y de los conflictos que genera administrar con justicia y equidad los escasos recursos con que ha contado el país. Falta aún por avanzar en esos caminos, pero urge pensar entre todos para desatar nudos y crecer.


Liset García Rodríguez

 
Liset García Rodríguez