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Publicado el 27 Diciembre, 2019 por Lázaro Barredo Medina en Opinión
 
 

Una política loca

Lázaro BarredoPor LÁZARO BARREDO MEDINA

El presidente Donald Trump se ha pasado todo el año 2019 inmerso en un proceso de juicio político y otros escándalos judiciales, en una carrera explosiva para lograr su reelección en el 2020. Además, ha estado inmerso en un ceremillar de conflictos con numerosos países, incluso con varios aliados, ante su obsesivo deseo de imponer su caótico razonamiento de gobernanza mundial, con énfasis en nuestra región, sobre todo Venezuela, Nicaragua y Cuba.

En un artículo titulado “La pelea por el voto latino” The New Yorker, una revista estadounidense semanal que publica críticas, ensayos, reportajes de investigación y ficción, subrayó: “En cada elección presidencial desde 1992, el ganador en la Florida ha ido a la Casa Blanca. Trump ganó el estado, que tiene una población de veintiún millones, por ciento trece mil votos. Desde entonces ha convertido al estado en la pieza central de su esfuerzo para reelegirse, lanzando su campaña en Orlando y visitando con frecuencia el sur de la Florida para dar grandes discursos sobre Cuba y Venezuela. Los políticos locales llaman a la Interestatal 4, que va desde Tampa hasta Daytona Beach, “‘el camino a la Casa Blanca’”.

Todas las decisiones anticubanas de Trump no han hecho otra cosa que contentar a la mafia de Miami buscando apoyo a sus propósitos electorales, pero desaniman a quienes opinan que la política de aislar a Cuba ha sido un histórico fracaso y no entienden cómo se puede actuar con esa repetición de acciones fallidas y el gobierno de Estados Unidos persiste en lastimar a las familias cubanas con sus políticas duras e inhumanas. Como dijo a la prensa estadounidense un exfuncionario de la Casa Blanca “lo que es bueno para los cubanoamericanos no es siempre bueno para los Estados Unidos”.

Contra Cuba se ha implementado el sistema de sanciones unilaterales más injusto, abarcador, severo y prolongado aplicado contra país alguno en el mundo. No ha habido mes, incluso semanas, en que la administración Trump no haya intensificado esta política de hostilidad y agresiones. Tan solo en 20 meses ha adoptado más de 180 medidas coercitivas extraterritoriales para privarnos de los medios de subsistencia y atentar contra nuestro derecho humano principal, que es el derecho a la vida.

Lo más lamentable es que el actual equipo de la Casa Blanca ha echado por tierra los beneficiosos 22 acuerdos y las decenas de conversaciones e intercambios sostenidos antes de junio de 2017 para encontrar caminos de solución a fenómenos que atañen a la seguridad nacional de ambas naciones.

Este absurdo comportamiento, caracterizado por la avalancha de presiones y sanciones, se puede medir en el tuit que el propio Trump escribió el 15 de marzo pasado: “Mis puntos de vista sobre Venezuela y, especialmente, sobre Cuba, eran mucho más fuertes que los de John Bolton. ¡Él me estaba frenando!”

Bolton era el superhalcón, así que eso puede explicar esta delirante y loca manera en que las acciones trumpianas, como dijo a la prensa el senador demócrata Patrick Leahy, “atacan en todas direcciones y sin importar quiénes son los afectados. No solo le restan ingresos al gobierno y a las empresas estatales cubanas, sino que dañan seriamente al sector privado, amenazan a empresas de países aliados al gobierno estadounidense, a las propias empresas estadounidenses, y sobre todo, a las familias cubanas de todos los niveles de ingresos y de cualquier afiliación política”.

Ahí están las sanciones, y mencionaremos algunas de las principales.

Como se ha informado, el Departamento de Estado amplió en tres ocasiones la lista de entidades cubanas restringidas que son objeto de medidas adicionales a las impuestas por el bloqueo, y ocasionó daños considerables a nuestra economía por su efecto intimidatorio sobre la comunidad empresarial internacional.

Asimismo, las represalias contra empresas, aseguradoras y embarcaciones relacionadas con el sector petrolero, así como la revocación de licencias para arrendamientos de aeronaves a aerolíneas cubanas y la ampliación de castigos para evitar la reexportación a la Isla de bienes extranjeros que contengan más de un 10 por ciento de componentes estadounidenses.

Esa lujuria por rendir al pueblo cubano trajo consigo la política del miedo con la inaudita activación de la parte del título III de la Ley Helms-Burton, que permite presentar demandas contra personas y entidades que invierten en propiedades nacionalizadas en Cuba, incluso las propias personas naturales y empresas estadounidenses. Mientras, continuó fortaleciendo las sanciones a bancos extranjeros para dificultar las transacciones con nuestro país y restringir las posibilidades de recibir créditos.

También suspendió los viajes educativos grupales pueblo a pueblo, canceló el histórico acuerdo alcanzado entre las Grandes Ligas del béisbol estadounidense y la Federación Cubana de la disciplina, además de prohibir los encuentros o programas culturales entre ambas naciones.

No conforme, el equipo de Trump vedó que vayan a la Isla embarcaciones recreativas y de pasajeros, incluyendo cruceros y yates, y aeronaves privadas y corporativas. Más tarde, prohibió los vuelos de varias aerolíneas estadounidenses a todos los aeropuertos internacionales cubanos, solo exceptuando el habanero Aeropuerto Internacional José Martí.

Algunas de las restricciones son los acuerdos migratorios incumplidos, los obstáculos para facilitar la reunificación familiar cuando para solicitar una visa estadounidense los cubanos ahora deben viajar a un tercer país a un costo de cientos de dólares que muy pocos pueden pagar, así como la modificación de la entrega a cubanos de las visas B2 (para turismo y visitas familiares, entre otras funciones), las cuales son reducidas a una sola entrada con validez por tres meses. A ello se suma nuevamente las limitaciones al envío de remesas a la Isla.

Y qué decir de la política para desacreditar a nuestras misiones de salud y las limitaciones de visas contra funcionarios cubanos vinculados a esa cooperación en el exterior, uno de los programas solidarios más importantes de nuestra nación.

Como ha dicho el presidente cubano, Miguel Díaz-Canel, estas acciones son “expresión de impotencia, degradación moral y desprecio imperial”. Son actos inhumanos, crueles, injustos y genocidas ante los cuales “no nos rendiremos y daremos soberana respuesta”.


Lázaro Barredo Medina

 
Lázaro Barredo Medina