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Publicado el 11 Diciembre, 2019 por Maryam Camejo en Opinión
 
 

Y el hombre se hizo eco

Por MARYAM CAMEJO

Sí, eco, en la plaza de Curitiba, como sucedió cuando estaba a punto de entrar, en esos 580 días que venían por delante, en una habitación de tres metros por cinco y el derecho a un poquitico de sol cada cierto tiempo.

Allí recibiría mensajes de Noam Chomsky; la visita de Pepe Mujica, de Frei Betto; los análisis de Atilio Borón; muestras solidarias de Emir Sader. Escucharía de la campaña por su libertad, que también fue eso, eco repetido: “Lula libre, Lula libre”, más allá de las fronteras del gigantesco territorio que hoy ¿administra? Bolsonaro.

Se ha repetido que no tenían pruebas pero aun así fue condenado y se sabe de la parcialidad del juez Sérgio Moro, ahora ministro de Justicia, por las conversaciones que tuvo por Telegram sobre el tema. Lula salió porque reactivaron el artículo 57 de la Constitución Federal, que establecía que nadie puede ir a prisión sin antes haber agotado todos los recursos de la defensa. Esto cambió la situación Lula da Silva y de 5 000 personas más. Pero la sentencia de 12 años y 11 meses, luego fue aumentada a 17 y un mes. ¿Qué sentido tiene re-condenar a un hombre ya condenado?

América Latina es la región de los grandes líderes. Cuando en el siglo XXI los países de Europa parecen ir a su ritmo sin ninguna figura capaz de movilizar millones, de aglutinar tendencias políticas, de unificar en causas de demanda mayor, América Latina es todo lo contrario. Los más críticos lo llaman personalización de la política, marketing vía carisma de presidentes… En esta región se trata de la posibilidad de un proceso político progresista que depende de tener al frente esa figura ejemplo, esa figura amor político.

Mientras en Europa se ha naturalizado el debate político copado por múltiples tendencias, América Latina se polariza cada vez más entre derecha e izquierda, sobre todo cuando el contexto está signado por protestas, represión policial-estatal, neoliberalismo versus ideas de un desarrollo alternativo de más enfoque social.

En medio de todo eso, Brasil. Y claro que Lula, a quien enviaron a prisión para eliminarlo de la contienda electoral, y quien fue liberado, temporalmente, por supuesto, ahora que las elecciones han pasado. Sin duda sigue siendo un peligro para los intereses de la derecha más ultra del país. Aquí no se trata de debatir si la administración del primer presidente obrero de la historia brasileña significó realmente una transformación en el modo de producción, o la resignificación del concepto de desarrollo para lograr un modelo diferente, o si encabezó un proceso verdadero de emancipación cultural. Esta no es la cuestión; la respuesta es de conocimiento público. El mismo Frei Betto ha insistido en la orfandad ideológica en la que estaban y continúan los brasileños que vivieron, con Lula, el cambio hacia una vida de calidad.

De todas formas, y aunque Lula tiene un largo camino por delante para rescatar votantes, habida cuenta de que la composición de su electorado, su base social sufrió una metamorfosis con los años, sí representa un peligro para esos sectores conservadores. Sobre todo por líder, amado por muchos, odiado por otros, pero líder al fin, puede aglutinar con una visión común de futuro a movimientos sociales, grupos en los que crece el descontento, sectores con una vulnerabilidad aumentada en tiempos de “bolsonarismo”.

Tras su salida de prisión, Lula anunció una fuerte ofensiva izquierdista para hacerle frente al Gobierno actual; incluso, llamó a la protesta multitudinaria. La reacción fue de tanta “indignación derechista”, que el ministro de Economía se atrevió a advertir en Washington sobre un AI5, un mecanismo de la dictadura.

Aunque luego se retractó de lo dicho, el titular demostró que Lula es todavía motivo de preocupación.

Suficientes “razones” tienen las élites que dirigen Brasil para, si no logran meterlo de nuevo en la cárcel, al menos enterrarlo en procesos judiciales. No obstante, para muchos todavía, a pesar de la propaganda, las acusaciones de corrupción y esa celda de tres metros por cinco, Lula representa otro camino posible, el de la búsqueda constante de mayor justicia social. Eso vale en el imaginario popular tantas esperanzas, que lo hacen más que un expresidente; lo hacen líder, lo hacen libertad.


Maryam Camejo

 
Maryam Camejo