0
Publicado el 14 Enero, 2020 por Marieta Cabrera en Opinión
 
 

Desafiando vendavales

Por MARIETA CABRERA

Ainoa, Analia y Aylin abrieron los ojos al mundo el 24 de diciembre último, en la provincia de Pinar del Río, arropadas desde ese instante por su madre, Yesenia Valle Cardoso, así como por especialistas y enfermeras de la sala de neonatología del hospital general Abel Santamaría, de la ciudad de Vueltabajo.

Las trillizas se incluyen entre las 109 707 criaturas nacidas en Cuba en 2019 (6 626 alumbramientos menos en relación con el año precedente), periodo en el que el país mostró una tasa de mortalidad infantil de 5,0 fallecidos por cada mil nacidos vivos, lo cual lo ubica entre  las 35 naciones con cifras más bajas de ese indicador y entre los primeros en la región.

Quienes vivimos en esta Isla estamos acostumbrados a recibir cada enero la grata noticia de la baja tasa de mortalidad infantil en el país, pero también sabemos que tras esa cifra hay mucho esfuerzo y constancia de  cientos de profesionales altamente calificados y, sobre todo, con esa cuota extra de sensibilidad que requiere la atención materno-infantil, un programa más que priorizado, casi mimado, entre los muchos que lidera el Ministerio de Salud Pública.

Eso explica además que en 2019, y por tercer año consecutivo, la Isla haya mantenido en 0,8 fallecidos por mil nacidos vivos la tasa de mortalidad infantil por malformaciones congénitas -mejor indicador en la región de las Américas-, fruto del desarrollo alcanzado por la genética médica comunitaria y el programa nacional de diagnóstico, manejo y prevención de defectos congénitos y enfermedades genéticas.

En el último año también se redujo la tasa de mortalidad materna -aunque directivos del sector reconocen la necesidad y posibilidad de disminuirla aún más-, y como parte del programa de atención a la pareja infértil se logró una cifra superior a los 6 000 embarazos, 2 000 más que en 2018. Tema este último en el que igualmente existen potencialidades que es preciso aprovechar al máximo, a fin de que una mayor cantidad de cubanos y cubanas puedan cumplir el sueño de tener hijos.

Y todo esto ocurrió, vale recordar, en un año que despuntó con un tornado que azotó a varios municipios de La Habana y ocasionó severos daños a las viviendas e instalaciones estatales como el hospital materno de Diez de Octubre.

Aun cuando en las instituciones del país existen planes de contingencia ante intensas lluvias, huracanes y otros fenómenos similares, lo ocurrido aquella noche del domingo 27 de enero y en la madrugada del siguiente día, reafirmó la capacidad de respuesta y el sentido del deber de los trabajadores de la salud, quienes en los primeros instantes y a riesgo de sus propias vidas preservaron las de las madres y recién nacidos ingresados en el hospital.

Luego, el traslado rápido, ordenado y seguro de todos los pacientes hacia diversas instituciones hospitalarias de la capital, en el que participaron otras fuerzas como las tropas de rescate y salvamento, fue otro ejemplo de la organización y la solidaridad de que solemos hacer gala los cubanos ante hechos de este tipo.

Y mientras avanzaban las tareas de recuperación tras los cuantiosos daños ocasionados por el tornado, el gobierno de Estados Unidos estrechó aún más el cerco contra la Isla con el claro propósito de paralizarla. Desde el mes de abril y luego con más encono, la administración Trump ejerció todo tipo de presiones contra las compañías de seguro y las navieras para impedir la llegada de combustibles a Cuba, lo que creó una situación energética tensa.

Ante este escenario adverso, prevaleció la comprensión y el apoyo del pueblo; se desempolvaron medidas para ahorrar recursos puestas en práctica en épocas de crisis; y florecieron la creatividad y el altruismo que nos identifican y nos salvan. Todos los organismos tuvieron que apretarse el cinturón, unos incluso más que otros, con la máxima de pensar como país, para que servicios esenciales como el de salud pública pudiera tener garantizado el combustible que le permitió mantener su vitalidad.

El 2020 será, como se ha anunciado, un año duro y tenso, pero de profundas transformaciones en la empresa estatal. Cuba seguirá, por tanto, desafiando vendavales y avanzando, paso a paso, por un camino  abierto con manos propias.


Marieta Cabrera

 
Marieta Cabrera