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Publicado el 27 Enero, 2020 por Luis Toledo Sande en Opinión
 
 

José Marti. Crecer con el hechizo

Por LUIS TOLEDO SANDE

A menudo se oye o se lee que es necesario “humanizar a José Martí”, “bajarlo del pedestal en que se le ha colocado como estatua”, mostrar que fue “un ser humano más”. En tal reclamo pueden mezclarse diversas perspectivas. Sin avalar desenfoques sobre la significación de Martí –y los ha habido no solo de carácter meliorativo–, no pocos autores que merecen la mayor atención han reaccionado con argumentos de peso: ¿cómo humanizar a quien tuvo virtudes y poder de influjo para humanizarnos, para abonar la condición humana en general, e incluso de otros seres humanos también extraordinarios?

Entre esos autores, el de estas líneas recuerda ahora en especial a Cintio Vitier, quien hizo una eminente contribución al conocimiento de Martí. Supo llegar a lo profundo del combatiente revolucionario, poeta y pensador que, no obstante sus pudores, su vocación de humildad, su empeño en no lastimar a nadie con su grandeza, no podía ignorar que la tenía. En carta rimada le expresó a un amigo: “Viva yo en modestia oscura;/ Muera en silencio y pobreza;/ ¡Que ya verán mi cabeza/ Por sobre mi sepultura!”.  Y de tanta valía ella misma como Vitier, e inseparable de él, Fina García Marruz prodigó luces como la sostenida al decir con estas o muy parecidas palabras: “Cuesta mucho merecer ser subido a un pedestal, para que venga alguien por capricho a querer bajarlo de ahí”.

Con sabiduría y humor criollo, José Antonio Portuondo, maestro que debemos recordar para no incurrir en la ignominia del olvido ingrato, solía citar un refrán al que atribuía origen mexicano: “Todos estamos hechos del mismo barro, pero no es lo mismo bacín que jarro”. Acaso no exista otra respuesta más eficaz que ese juicio para oponerla a quienes se resistan a reconocer y aceptar la grandeza ajena, no solamente la de Martí.

Con la luz, aunque mate

Él se mostró consciente de que la grandeza le impone un precio también elevado a quien la tiene. En Yugo y estrella, uno de los poemas donde sintetizó su programa de vida, ratificó su decisión de erguirse sobre la opresión, sobre el yugo, para que se viera mejor en su frente “la estrella que ilumina y mata”. La explicación de semejante fuerza dual la pone el poeta en labios de su madre, en un diálogo a la vez fictivo y vitalmente real, en el que ella le advierte cuando él nace: “Esta, que alumbra y mata, es una estrella./ Como que riega luz, los pecadores/ Huyen de quien la lleva, y en la vida,/ Cual un monstruo de crímenes cargado,/ Todo el que lleva luz se queda solo”.

Él abraza, hace suyo ese peligro como cuestión de honor, y deja también en los labios maternos la explicación de su actitud: “Pero el hombre que al buey sin pena imita/ Buey torna a ser, y en apagado bruto/ La escala universal de nuevo empieza”, mientras que “El que la estrella sin temor se ciñe,/ Como que crea, ¡crece!” Tal fue, es y será su caso.

Martí creció en vida, y no ha dejado de crecer desde su muerte en combate. Si no se quedó ni se quedará solo, se debe a que hizo de su grandeza un carbón al servicio del bien común, con la misma resolución con que demandó que, tratándose de la libertad y la justicia, incluso el arte ardiera. Así corroboró la importancia que le reconocía a esa dimensión de la creatividad humana. Al valorar la obra del pintor ruso Vasili Vereshchaguin, exigió: “¡Todo al fuego, hasta el arte, para alimentar la hoguera!”

Del reconocimiento de la grandeza de Martí y su servicio a la patria y a la humanidad han dado pruebas personas de las que solemos llamar comunes –lo mejor de su pueblo, y de otros pueblos del mundo–, así como grandes individualidades: intelectuales, artistas, políticos, héroes que se han sentido orgullosos de tomarlo como brújula para su conducta y su pensamiento, estética incluida. Lo han hecho sin la pretensión de igualarlo en acto de irracional imitación, pero sí de hallar en él una guía, un modelo a partir del cual trazar valoraciones, y pensar y actuar.

Nombres como los de Rubén Darío, Gabriela Mistral y Pedro Henríquez Ureña en el terreno literario, o de Julio Antonio Mella, Fidel Castro y Ernesto Guevara en el político, bastan para ilustrar lo dicho. Ellos y otros le imprimen a la explicación de ese hecho una diversidad que sería impensable si en Martí no se hubieran adunado en grado portentoso la política y la belleza, el pensamiento revolucionario y la ética, los valores sustentados y la conducta con que los personificó en su vida diaria. Sin asomo de soberbia pudo afirmar: “Yo vengo de todas partes,/ Y hacia todas partes voy:/ Arte soy entre las artes,/ En los montes, monte soy”.

Solamente alguien de tal estatura y tal plenitud podía lograr el grado de unidad revolucionaria que el movimiento patriótico cubano alcanzó en torno a él. Mereció y se ganó el respeto de viejos combatientes como Máximo Gómez. Encantaba a quienes lo oían en la tribuna o en la conversación cotidiana o leían sus textos. Mientras marchaba por los campos de Cuba en guerra, fascinaba a niños y adolescentes a quienes su palabra y su capacidad de enseñanza y ternura deslumbraban, como antes habían hecho y no han dejado de hacer desde entonces con los lectores y las lectoras de La Edad de Oro y otros texto suyos. Era el combatiente mambí de alma estética a quien la noche bella no dejaba dormir, porque generaba en él la tensa vigilia creativa que le propiciaba regocijarse a fondo, con las maravillas naturales de su patria, hallándose como se hallaba en plena campaña, y con el riesgo de la muerte cerca.

Ejercía, sí, un hechizo ante el cual lo mejor y más digno que puede hacerse es disfrutarlo, tratar de aprender de él, puesto que no es un constructo que venga de falsedad alguna, de fantasía. Se fundó en la realidad, sobre la mayor consecuencia entre el decir y el hacer. Desde esos cimientos continúa dando frutos cuya esencia mayor es la limpieza, la honradez, la combinación de belleza y ética. Imantación de tal naturaleza puede conducir a un respeto como el sugerido por el joven materialista y aguerrido Mella al expresar que sentía ante Martí “la misma emoción, el mismo temor que se siente ante las cosas sobrenaturales”.

Pero, lejos de paralizarse ante Martí, Mella abrazó la tarea no solo de interpretarlo honradamente al servicio de la patria. También procuraba que la recta interpretación del Maestro constituyera una fuerza básica en la lucha necesaria para dar continuidad –en nuevas circunstancias y en las heredadas del pasado– al proyecto emancipador martiano. Urgía hacerlo para alcanzar la independencia, la soberanía y la dignidad por las que Martí había luchado, y de las cuales la intervención imperialista de 1898 privó a Cuba.

Toda interpretación seria del legado martiano, ya sea hecha en lo más ostensiblemente político, con voluntad de rigor científico, o por los caminos de la creación artística y literaria, sería fallida tanto si la dominara la parálisis como si renunciara al respeto que la vida, la obra y el pensamiento de Martí merecen. Así y todo, la interpretación –por muy seria y acertada que sea– será un fruto acreditable a quien la acomete, y no se debe confundir mecánicamente con el legado que se interpreta.

¿Romper el hechizo?

En un teatro habanero se ha estado viendo una creación dramática de Carlos Celdrán sobre textos de Martí –quien amó ese arte–, concebida para mostrar escenas de su vida, según las ve el dramaturgo. Con el título Hierro, que viene de un poema de Versos libres y vale también para expresar la consistencia integral de la vida del héroe, recorre momentos de su larga y fértil etapa neoyorquina. No se intenta aquí ni remotamente el análisis abarcador y a fondo que la obra merece, sino apuntar apenas algunos elementos vinculables con lo que viene tratándose en este artículo.

Hasta con temor podía asistirse a la mencionada representación teatral, no solo por la riqueza del tema, sino por cierta propensión de nuestra época a considerar que nada es sagrado y la historia no pasa de ser una sucesión de máscaras y relatos, una tendencia que ha dado ya algún fruto enfermo en la propia Cuba. No se habla de una orientación casual, sino inducida, que se ubica en las maquinaciones con que en las últimas décadas la academia estadounidense ha pretendido poner sobre la vida real –para manipularla más fácilmente al servicio de la voracidad imperialista– los velos de una pretensa posmodernidad.

Pero no es ese el caso de la obra teatral aludida. El espectador sale del teatro con la noción de que el dramaturgo –de reconocida trayectoria profesional– mantuvo una ostensible voluntad de respeto, aunque eso no baste para aceptar acríticamente la totalidad de sus propuestas. En el programa de mano el propio autor del empalme textual y de la puesta en escena expresa su criterio de que, para representar a Martí, conviene “romper el hechizo” –que brota de su obra, de su significación–, y ejemplifica lo productivo de esa ruptura con lo alcanzado por Fernando Pérez en su película José Martí. El ojo del canario.

No repetirá aquí el articulista la defensa ni las observaciones discrepantes que en su momento hizo acerca de ese logro cinematográfico. Ahora apunta no más que –aunque funcionara en la obra del destacado cineasta como recurso dramatúrgico– difícilmente del niño modosito y miedoso con que en la cinta se representa a Martí pudiese derivarse no solo el luchador corajudo que muy pronto se reveló en él, sino también el ser hiperactivo que a tantos asombró en su tiempo.

Testimonios confiables hablan de los ágiles movimientos en que se expresaba la intensidad de alguien incansable, que vencía con creces las limitaciones de su cuerpo y vibraba constantemente en función de las ideas que defendía. Al servicio de ellas desplegaba una actividad para la que no alcanzaban las veinticuatro horas del día. Entre otros detalles curiosos se cuenta que a menudo subía las escaleras saltando peldaños. En general, buscaba aprovechar al máximo cada minuto, cada paso en su existencia, porque “a las estrellas, según dice el verso latino, no se sube por caminos llanos”, como escribió él mismo parafraseando a Horacio. De lo contrario no habría podido crear en una vida relativamente corta la obra colosal que legó a su patria y al mundo.

A ese hombre inquieto se alude textualmente en la puesta de Hierro, pero no aparece en el ritmo con que se le representa en el escenario. Podría ser acaso un desafío invencible para la dramaturgia y la actuación, pero no un dato fortuito o banal, sino consecuencia derivada de una vida extraordinaria, que no por gusto ni por capricho de nadie ejerce el hechizo que brota de él, en especial para quienes saben y quieren ver con los ojos con que él veía.

De uno de sus seminales cuadernos de apuntes viene esta luz: “Por el amor se ve. Con el amor se ve. El amor es quien ve. Espíritu sin amor, no puede ver”. Probablemente sea difícil traducir esa clarividencia a términos técnicos, incluso cuando se parta de la voluntad de actuar con amor. Es grande, nadie lo dude, el hechizo que Martí ejerce, y no entenderlo a fondo, o proponerse romperlo como si tal cosa, puede conducir a imprecisiones, al margen de la posible buena voluntad con que cada quien procure desempeñarse, y de la esfera en que se lleve a cabo el desempeño.

En Hierro quedan algunos caminos truncos que dificultan la comprensión del mensaje, o lo arriman a la parcialidad. Uno es, por ejemplo, la discrepancia entre Martí y Enrique Collazo, la que no se comprende si se ignoran elementos imprescindibles para saber que nació de la impugnación pública de Martí, no a ese general patriota, sino al libro A pie y descalzo, de Ramón Roa. Solo que este permaneció oculto tras la confusión manipulada para que la crítica de Martí pareciese lo que no era: una andanada contra los oficiales mambises que permanecían en La Habana. A Martí lo defendió su vida, su limpieza moral.

El asunto –que ha sido objeto de interpretaciones insuficientes cuando no tendenciosas– lo ha tratado el autor de este artículo en A pie, y llegaremos. Sobre la polémica Martí-(Roa)-Collazo, texto publicado en el Anuario del Centro de Estudios Martianos (1986) y en su libro José Martí, con el remo de proa (1990).

A otra altura

Hay caminos que no parecen quedar truncos en Hierro por casualidad, ni es seguro que por los límites del tiempo razonable para una puesta en escena de estos días. Más bien se intuyen en función del propósito de dar como hechos no solo la posible relación de pareja entre Martí y Carmen Miyares en los años finales de la vida del primero, sino también asumir que Martí fue el padre biológico de María Mantilla. Esa afirmación no nació en la puesta en escena comentada: viene de murmuraciones y hasta se ha querido calzar con argumentos “científicos” que han merecido serias refutaciones; pero desborda los propósitos del presente artículo.

En Hierro, en un diálogo escénico entre Martí y Carmen Miyares –alusivo a comidillas que en el siglo XIX fueron usadas en especial con el afán de denigrar al dirigente y minar la unidad patriótica que estaba consiguiendo– ella habla de una recriminación que le ha hecho por carta una prima suya, Victoria Smith, que la acusa de tener relaciones con Martí. Este, al oírla, le dice que responderá la acusación, y ella le pide que no lo haga. En la puesta en escena todo queda ahí, pero esa “solución” dramática no se corresponde con la verdad.

De tal manera, al margen de cuál haya sido la intención del dramaturgo, se le da continuidad a algo hecho por personas a quienes mucho cabrá agradecer en la salvaguarda de la papelería martiana, pero –aunque decían hacer lo contrario– contribuyeron a rumores indebidos y abonaron el cotilleo irresponsable. Mientras propalaban otras versiones, ocultaron el borrador epistolar, que se conserva y en los últimos años se ha publicado y glosado varias veces –aunque siga habiendo quienes prefieran soslayarlo– donde Martí refuta los rumores en términos que no debe pasar por alto quien intente tratar el tema seriamente, cualquiera que sea el partido que desee tomar frente a él.

Aunque no se conozca si el borrador llegó a tener curso de carta, en ese texto Martí le dice a la prima de Carmen Miyares: “Ni Carmita ni yo hemos dado un solo paso, que no hubiera dado ella por su parte naturalmente, a no haber vivido yo, o que en el grado de responsabilidad moral, de piedad, si V. quiere, que su situación debe inspirar a todo hombre bueno, no hubiera debido hacer un amigo íntimo de la casa, que no lo es hoy más de lo que lo fue cuando vivía el esposo de Carmita”. Y añade: “V. no tiene el derecho de suponer que lo que mi cariño me obligue a hacer por la mujer de un hombre que me estimó y sus hijos huérfanos es la paga indecorosa de un favor de amor. Por acá, Victoria, en estas almas solas, vivimos a otra altura”.

Tenga cada quien las ideas que se crea con derecho a tener sobre el tema, pero no oculte las palabras de Martí. En general, más que tratar de romper un hechizo forjado sobre los fundamentos de la realidad y el merecimiento, vale tratar de crecer aprendiendo de él. Eso es válido para interpretaciones de todo tipo, incluidas las de índole artística. En cualquier caso, se debe considerar el derecho a ejercer la crítica sobre las interpretaciones, así como sobre la crítica misma, que es otro modo de interpretación. Nadie ha de sentirse autorizado a dar como verdades absolutas, indiscutibles, lo que haya razón bastante para considerar que no puede presentarse sino como conjetura o especulación. Máxime si se trata de entender a seres especiales que vivieron, o viven, “a otra altura”.


Luis Toledo Sande

 
Luis Toledo Sande