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Publicado el 24 Febrero, 2020 por Eduardo Montes de Oca en Opinión
 
 

El hervidero latinoamericano

Por EDUARDO MONTES DE OCA

Quien desee un vívido panorama contemporáneo de América Latina bien puede acercarse a la digital RT. Allí, con envidiable capacidad de síntesis, la escritora y periodista Cecilia González nos hace presenciar las calles ocupadas por ciudadanos que se oponen a los cacareados ajustes. Razón por la cual son reprimidos por militares y agentes del (des)orden, que retoman el más temible de los protagonismos, ese que provoca una estela de muertos y heridos. Sin duda, “el neofascismo pelea un lugar”.

También, impensadamente para los que pretenden reducir la multifacética, contradictoria vida a su pálido reflejo en encorsetados manuales, según nuestra fuente “la atacada democracia se defiende en las urnas, en elecciones que demuestran que ninguna fuerza política llegó para quedarse. Las sociedades castigan las crisis económicas. Se cansan de gobiernos con largos años en el poder. Cambian el voto. La polarización se recrudece”.

En ese contexto, suena a demagogia proclamar que las masas nunca se equivocan. ¿Por qué entonces a ratos rechazan en el sufragio a partidos y movimientos que, yerros aparte, se esfuerzan por una distribución equitativa? Difícil responder. Aún quedan muchas aristas, incluso psicológicas, por considerar. Lo cierto es que a la postre, comprendiendo el error del espaldarazo a la derecha, inducido mayormente por obra y gracia de la manipulación politiquera y mediática de esta, esas muchedumbres suelen, en una suerte de mea culpa implícito, exaltar a aquellos que habían relegado después que les franquearan el camino de la reivindicación histórica. Recordemos la Nicaragua que en su momento validó por segunda vez al sandinismo, y reparemos en la Argentina reconciliada con el kirchnerismo, hoy representado por el dueto de Alberto Fernández, en calidad de presidente, y Cristina Fernández, de vice.

Pero lo que más resalta en este variopinto escenario es que el área geográfica se halla en ebullición, trasuntada en “revueltas” que no cejan a pesar de las sangrientas arremetidas que sufren –Chile,  Honduras, Colombia…–, que se aquietan cuando los Ejecutivos renuncian a un haz de medidas draconianas –Ecuador–, o que adquieren la calma precedente a la tormenta –¿Bolivia?–. ¿Los principales motores de estos levantamientos? Quizás el más significativo resulta expuesto con agudeza por Alicia Bárcena, secretaria ejecutiva de la Cepal, en artículo publicado en IPS, agencia informativa que sigue el tema con encomiable atención. Para la funcionaria, la necesidad del despliegue de la democracia, las libertades, el multilateralismo, la paz, la igualdad, los derechos humanos y la sostenibilidad se basa principalmente en el hecho de que la zona, abismada en el período de menor crecimiento en 70 años –para 2020 se prevé alrededor de un anémico 0,5 por ciento-, continúa siendo la más desigual del mundo.

Por supuesto que “el problema no es tan solo la pobreza. La desigualdad es la causa principal del desencanto que atraviesa a la ciudadanía de la región ante una clase política atónita que no alcanza a entender que el modelo de desarrollo presente es insostenible. Los rezagos estructurales en esta segunda década han quedado más evidentes que nunca en materia de productividad, de extractivismo, de evasión fiscal, de abusos y corrupción. Los gobiernos han optado por medidas de austeridad con recortes en el gasto social y baja inversión, limitando además los derechos laborales”. De tal manera se han “transversalizado los abusos”, que el tráfico de influencias entre el poder económico y el político se ha generalizado.

Urgente, por tanto, “hacer del conocimiento y la comprensión de la desigualdad una prioridad de los Estados y los organismos internacionales. Es necesario renovar el pensamiento y la métrica sobre las desigualdades. Es necesario dejar atrás los convencionalismos en la medición de las desigualdades, medir en serio la riqueza y la extrema riqueza, no solo la pobreza y la extrema pobreza. Ir mucho más allá de los coeficientes de Gini medidos a partir de encuestas de hogares en las que no están las grandes fortunas. Incorporar la desigualdad en la propiedad y no sólo en el ingreso”.

Los argumentos están a la mano. En Chile, por ejemplo, con un PIB per cápita de 25 000 dólares al año, la mitad de los trabajadores recibe un sueldo inferior a los 550 dólares al mes y prácticamente todos los servicios impactan en los salarios. “En términos de patrimonio, el 1% más rico detenta el 26, 5 % de la riqueza,  y el 10% más rico concentra el 66,5%, mientras el 50% más pobre accede a un magro 2,1% de la riqueza del país”. Y claro que la desigualdad, puntualiza Bárcena, no solo se manifiesta en el ingreso, sino en una multiplicidad de ámbitos, tales el trabajo decente, la educación, la salud, el acceso a servicios básicos de calidad y a la protección social, en el uso de nuevas tecnologías, en la participación política y en el derecho a vivir en un medioambiente limpio…

Ahora, erradicar la “cultura del privilegio que caracteriza a América Latina y el Caribe” precisa no únicamente “abordar la desigualdad en el ingreso y en la distribución de la riqueza, así como la evasión fiscal, que representa 340 000 millones de dólares al año en la región (6,7% de su PIB). Requiere abordar a fondo la igualdad de género, porque las mujeres tienen menos posibilidades de participar en el mercado laboral, debido a la alta carga de trabajo doméstico no remunerado. Su tasa de actividad es 24,2 puntos porcentuales inferior a la de los hombres. Las brechas en capacidades humanas menoscaban el desarrollo pleno de las personas y son ineficientes: 40% de los jóvenes de 20 a 24 años no concluyeron la secundaria y persisten las desigualdades étnicas”.

Así finaliza la directiva de la Cepal el sonado texto, al que suma otros en los que se declara  dolida y preocupada ante el statu quo: “Tras años de tendencias a la baja con políticas progresivas sociales y laborales, en la región hay aún 184 millones de personas viviendo en la pobreza, de las cuales 62 millones viven en la extrema pobreza”. Surge entonces la concepción de un remedio puntual. No abandonar a nadie a su suerte significa centrar la atención en la diferencia entre los grupos de población y las áreas de residencia. “La pobreza es 20 puntos porcentuales más alta en las zonas rurales, mientras que la tasa de pobreza entre los niños y adolescentes hasta los 14 años es 19 puntos porcentuales más alta que entre los 35 y los 44 años”.

Esta realidad origina enorme malestar en las poblaciones del subcontinente y demanda a las autoridades “escuchar sus voces y construir propuestas de desarrollo que los incluya a todas y todos, que se asienten en sus derechos y que reconozcan igual dignidad a cada una y cada uno”, porque, insiste, “el actual estilo dominante de desarrollo es inviable y produce, además, un desarrollo escaso y distorsionado por tres motivos fundamentales: porque produce poco crecimiento, porque genera y profundiza desigualdades y porque es ambientalmente destructivo […] Un estilo de desarrollo que alentó expectativas de movilidad social y progreso y por ello, ante su fracaso, hay gran exasperación, impaciencia y desencanto hacia toda la clase política, especialmente en los jóvenes.

“Lo hemos dicho y lo repetimos: la desigualdad es ineficiente, se reproduce y permea el sistema productivo […] Es hora de replantear los pactos sociales y superar un modelo económico […] que prioriza el interés privado sobre el público, el capital sobre el trabajo, la acumulación sobre la redistribución, el crecimiento sobre la naturaleza, los privilegios sobre los derechos, la diferenciación social sobre la igualación, las jerarquías sobre las relaciones horizontales”.

No en vano –y apelamos al lenguaje más descarnado de la izquierda–, no obstante la dosis de enajenación insuflada por la abrumadora propaganda del Sistema, que copa casi todos los medios de comunicación, las instituciones, los espacios culturales, las “plebes” intuyen –se constata en la orientación de los “disturbios”– al responsable de sus males. Se alzan porque están hambreadas, arruinadas, hartas de los engaños de los gobernantes, ayunos estos de proyecto alternativo. Desesperadas, se insobordinan, aun sin nombrarlo, contra el neoliberalismo, hogaño con su faz más totalitaria, con muros que separan naciones y etnias, la supremacía del poder ejecutivo y el judicial, la desinformación en andas de las redes sociales, y la embestida contra los derechos humanos –como compendia el teólogo de la Liberación Frei Betto–. Se encrespan ante los “ajustes”, la desnacionalización del patrimonio público, la dictadura de los mercados financieros, y las inherentes miseria y desigualdad.

Si se nos recabara nuestra opinión, refrendaríamos la vertida por Daniel Campione en la digital Rebelión: menester, la recuperación de la Tesis XI de Marx, en su plena dimensión de comprender el mundo para transformarlo. Lo cual exige la búsqueda de nuevas articulaciones que cuestionen el régimen explayado, desde todos los ángulos: entre ellos, el de la explotación y la alienación de los trabajadores –para borrar en lo posible las equivocaciones a que nos referíamos arriba–.

Se trataría de lograr que la apuesta por un orbe socialista y comunista devenga la bandera de “los marginados por cualquier razón, de los asqueados por múltiples motivos de un orden social injusto”. ¿Imposible meta? Precisamente tal la consideraron en su momento las élites planetarias frente a las revoluciones Cubana, Bolivariana. ¿Por qué no consultar a  las víctimas de las sangrientas represiones en Chile, Bolivia, Ecuador, Colombia…, en buena parte de la hirviente América Latina?


Eduardo Montes de Oca

 
Eduardo Montes de Oca