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Publicado el 5 Febrero, 2020 por Eduardo Montes de Oca en Opinión
 
 

Máscaras

Por EDUARDO MONTES DE OCA

Mientras pergeñábamos estas líneas, girones del cielo de Chile estaban tachonados con el humo de los violentos, incontenidos incendios que en Australia habían calcinado unos diez millones de hectáreas y provocado la muerte a más de veinte personas y a millones de especímenes de una fauna prodigiosa en sus características endémicas. Dante, infierno, Apocalipsis dejaban de ser socorridas imágenes de la decadencia, del ocaso de un mundo, más bien del mundo, para convertirse en carne de la realidad, a despecho de los miopes ante certidumbres oreadas por diversos expertos.

Y aunque quizás los de débil vista se tranquilizaron, si llegaron a desasosegarse, gracias a la negación de la posibilidad de alguna derivación grave para el territorio latinoamericano, pues el fenómeno se encontraba en zonas de pocas precipitaciones, y al aserto de que la disminución de la radiación ultravioleta constituiría la principal consecuencia (la Dirección de Meteorología local dixit), lo cierto es que a nadie de ágil espíritu escapaba, aunque fuese en el plano de la intuición, este trasunto de la concatenación universal descubierta por grandes mentes dialécticas.

Sí, como alguien dijo –y no pretendemos la cita literal–, el aleteo de una mariposa en un confín del orbe puede despertar en otro un “inopinado” evento de dimensiones épicas. Y esto se daba en la lobreguez cernida sobre la nación sudamericana tras viajar 11 000 kilómetros, en andas de una vaguada, por el océano Pacífico. Aún más en el pronóstico de que la enorme nube recorrería el planeta, a lo que se sumaría el vaticinio de la consiguiente huella en la salud de niños, embarazadas, ancianos y pacientes con enfermedades respiratorias y cardíacas. Nadie quedará exento de tamaño “estropicio”, sostenían rotundamente instituciones tales la OMS.

Ahora, si bien los siniestros forman parte del ciclo de la naturaleza en el país-continente, la magnitud y el temprano inicio de los actuales impelen a pensar en su relación intrínseca con el cambio climático (CC) y, ojo, en las actitudes políticas. No en vano, apunta la colega Adriana Robreño, de PL, se incrementó la presión popular –multitudinarias protestas incluidas– sobre el primer ministro Scott Morrison, ferviente defensor de la minería y del uso del carbón. Pero, en rapto de vitanda obcecación, el gobernante pregonó en entrevista con el rotativo Daily Telegraph que no aceptará “objetivos irresponsables”, y se manifestó renuente a abandonar las industrias tradicionales, porque en su criterio se arriesgarían los empleos sin que estas tengan una repercusión significativa en la biota.

Cual funámbulo en la cuerda floja, el líder conservador, que no conservacionista, rechazó la sugerencia de que las emisiones de carbono de Australia, el 1.3 por ciento de las registradas a nivel global, impactan directamente en la desmesura de las igniciones, por “falta de evidencia científica creíble”, para ipso facto, en aparatosa pirueta, admitir que el CC propicia la intensificación de las deflagraciones, no sin rebatir a quienes señalan vínculos entre estas y la línea de su gabinete, configurado por el Partido Liberal.

Administración que, alineada con las posturas de los presidentes de los Estados Unidos, Donald Trump, y de Brasil, Jair Bolsonaro, se desmarcó del Acuerdo sobre el Enfrentamiento del Cambio Climático para Frenar los Combustibles Fósiles y Reducir Drásticamente las Emisiones de Gases de Efecto Invernadero (GEI), nacido del Foro de las Islas del Pacífico, en agosto del año pasado.

Nada importa que en plausibles investigaciones aparezca a guisa de conclusión que la temporada de los mentados siniestros se torna cada vez más extrema, a medida que se elevan las temperaturas –ya rozan los 50 grados Celsius- y disminuye la humedad. Sin lugar a dudas, en algunos prevalecen los intereses a corto plazo, inherentes a la esencia del Sistema, sobre el reconocimiento de la necesidad del equilibrio ecológico para la vida.

¿Grito en el desierto?

Esperemos que no. Que resulte un ariete contra la arraigada estupidez el clamor de los más de 11 000 estudiosos de diferentes nacionalidades que recientemente expresaron su preocupación ante la gravedad del CC, en una carta que, a más de exponer el entuerto, propone disposiciones drásticas para colaborar en la solución. “Lo declaramos de forma clara e inequívoca: el planeta Tierra enfrenta una emergencia climática; los científicos tienen una obligación moral de advertir claramente a la humanidad de cualquier amenaza catastrófica y de decir las cosas como son”, reza en la epístola, reseñada in extenso en la revista BioScience.

“La crisis climática se está acelerando más rápido que lo que preveía la gran mayoría de los científicos”, aseguran los firmantes, los cuales sentencian que no basta con monitorear la temperatura o las emanaciones de CO2. Se precisan acciones como una contracción en el uso de combustibles fósiles, concomitante con un llamado a la reflexión y a una nueva conciencia. Adicionalmente, acota un despacho de aporrea.org, los autores indican que se debe considerar un precio más elevado de los carburantes, para “obligar indirectamente a la sociedad a hacer uso de energías renovables”.

Dado que el metano, los hidrofluorocarbonos, el hollín colaboran en la destrucción del bosque –que habrá que repoblar–, se limitarán con la mayor brevedad, pues solo así se conseguirá mitigar en 50 por ciento, si no eliminar, el calentamiento global. No piden, los peritos, que la especie se convierta totalmente en vegana, pero sí que modere la ingestión de alimentos de origen animal.

Deviene asimismo imprescindible revisar el enfoque económico (economicista) que persigue incesantemente el crecimiento y distingue solo el PIB como indicador, algo que acabaría con la existencia del homo sapiens. “Las emisiones de CO2 –resume la cohorte de especialistas preocupados– siguen subiendo, la temperatura sigue subiendo. Hemos sabido esto por 40 años y no hemos actuado”.

Claro que eso de que “no hemos actuado” no atañe a todos. Una porción de terrícolas ha luchado, lucha con denuedo. Empero, a todas luces, aquí se procura inducir una más coordinada y ecuménica batalla por la supervivencia, justificada no exclusivamente por los calores de fundición, la desaparición de especies, el deshielo de los polos, las sequías, los más inconcebibles meteoros… Un informe de la Cruz Roja y de la Media Luna Roja revela que hacia 2050 más de 200 millones de personas podrían requerir ayuda humanitaria -según la Organización Internacional para la Migración, 1 500 millones se encontrarían desplazados-, como resultado de los desastres relacionados.

Pesimista, el escenario. La cantidad de víctimas mortales acarrearía para 2030, de una u otra manera, unos ¡20 mil millones de dólares al año! Resquicio para la esperanza, el hecho de que con la voluntad concertada el número de seres urgidos de la mano solidaria se constreñiría a 68 millones alrededor del último período citado, e incluso a diez millones en 2050…

De cal y de arena

Contrapuestas a quienes se baten a brazo partido con el caos en curso, las élites de poder han gozado de tremenda habilidad para perpetuarse en sus desatinos. Convengamos con Ángel Cappa en que el mecanismo siempre es el mismo. “Si surge un movimiento o lo que fuere que cuestiona seriamente el sistema (neoliberalismo actualmente) primero se lo combate con todos los ‘argumentos’: difamación, demonización, represión. Si los palos y el ensuciar con todos los medios a los oponentes no da resultado, se pasa a la segunda etapa”, consistente “en domesticar y asimilar la rebeldía integrándola en el sistema. Finalmente, las aguas vuelven a sus cauces y el poder continúa en el trono y el sistema fortalecido ‘democráticamente’ con la incorporación ‘crítica’ de los rebeldes”. Algo que el meditador conceptúa como trueque de careta “para seguir igual”.

Ello, específicamente hablando de la vigesimoquinta Conferencia de las Partes en la Convención Marco de la ONU sobre el Cambio Climático (COP25), efectuada hace poco en Madrid, ya que al presidente Sebastián Piñera “se le derrumbó el neoliberalismo en Chile, donde se iba a celebrar”.

¿Por qué la ríspida crítica? El articulista de Rebelión apunta elementos sospechosos… perdón: develadores, tales el que se autoproclamen a la cabeza de la brega contra el CC principales empresas contaminantes –muchas, patrocinadoras del encuentro–, las cuales aluden al proceso como originado por natura, y no contentivo de un importante elemento histórico-social, económico, político. Se resisten, esas compañías, hasta a una mera ojeada a la fatal maximización de ganancias en que se empeñan.

“Es también enternecedor ver los spots publicitarios de Iberdrola, Endesa, Coca Cola y demás depredadoras, mostrándonos qué bonita es la naturaleza y qué daño le hace la emisión de gases tóxicos. Es como si Jack el Destripador hiciera campaña para eliminar a los asesinos en serie”. Conforme a nuestra fuente, “los líderes del mundo se hacen presentes para discutir y aportar sus brillantes ideas para solucionar lo que ellos contribuyen a empeorar. Y así renuevan la farsa.” Ellos y los grandes medios de comunicación silencian, ocultan el motivo principal: la propia formación explayada en los cuatro puntos cardinales.

Opinión con la que comulga, en la digital La Haine, Daniel Tanuro. “En el marco de estas cumbres los gobiernos tratan –¡como mucho!– de resolver la cuadratura del círculo: evitar el cataclismo al mismo tiempo que garantizar la acumulación de capital y continuar con el régimen neoliberal (dicho de otro modo, el régimen necesario a la acumulación en un contexto de reducción de la tasa de beneficio y de sobreproducción generalizada). Por ello, más allá de los protocolos, de los impuestos sobre el carbono, de las cuotas intercambiables, del desarrollo limpio, de la finanza climática, de las COP anuales y de toda esa parafernalia, la acumulación capitalista, como un autómata, continúa llevando a la humanidad hacia el planeta horno de forma imperturbable. Un cuarto de siglo después de Río, de COP en COP, el cataclismo se acerca. La COP25 no va a revertir la tendencia”.

No va a revertirla, no, concuerda el comentarista de La Jornada Alejandro Nadal, el cual rememora que a pesar de que antes de esa cita, y durante ella, muchas organizaciones y algunos países juraron y perjuraron redoblarían los intentos de atenuar las nefastas emanaciones de gases de efecto invernadero, “cuatro años después de cumplido el Acuerdo de París, las emisiones de GEI siguen aumentando. Tenemos ya un cuarto de siglo discutiendo y negociando un verdadero régimen regulatorio para enfrentar la amenaza del cambio climático. Este esfuerzo no ha fructificado y no parece que las cosas vayan a cambiar pronto. La COP 25 recuerda la época de los sainetes que frecuentemente hacían reír al público en los teatros madrileños, porque terminaban en un grandioso fiasco. Sólo que esta vez el fiasco se traducirá en tragedia”.

Ah, la conciencia…

Prístinamente lo trasmite David Pavón Cuéllar, en texto aparecido en Revolución 3.0 –de donde lo toma Rebelión–, al abordar la Amazonía en llamas. “El fuego no cae del cielo. Viene de la codicia de quienes lo encienden. Sabemos que los grandes ganaderos y terratenientes, apoyados por el presidente brasileño Jair Bolsonaro, queman los bosques para convertirlos en pastizales y en tierras cultivables que a su vez producen todo aquello que se vende para ganar dinero. De lo que se trata es de enriquecerse a costa de lo que nos rodea. No importa que se acabe con todo mientras que se obtenga una jugosa ganancia económica. Es así como funciona el capital”.

Pavón coincide con una miríada de analistas de izquierda en la denuncia: “Empujándonos a la sobreproducción y al sobreconsumo, el capitalismo ha deforestado más y ha extinguido más especies en un par de siglos que el homo sapiens en doscientos mil años. Hay que entender bien que no somos nosotros, en general y en abstracto, los que estamos devorando el Amazonas y todo lo demás. Es lo que se quiere que pensemos para culparnos de lo que ocurre y para convencernos de que resulta inevitable, pero lo cierto es que existen innumerables ejemplos de convivencia armoniosa entre la naturaleza y la humanidad. Lo destructor no es lo humano, sino eso monstruoso que es el capital”.

Por tanto, el planeta y el capitalismo no pueden coexistir. Son mutuamente excluyentes. “Debemos elegir o el capital o todo lo demás, o la bolsa o la vida, o el fin del sistema o el fin del mundo”. Dilemas que suponen determinada posición en una liza en la que se está decidiendo el destino general, sin excepciones. En ese campo de aceros entrecruzados, hallamos dos posiciones: la de quienes reparan únicamente en el valor del dinero, los neoliberales y neofascistas que aprecian la naturaleza como recurso y mercancía, “los capitalistas pirómanos que ahora se llenan los bolsillos al incendiar el planeta”; y la de “las víctimas y los bomberos”, que padecen el incendio y tratan de apagarlo, habida cuenta “que viven de la tierra y conocen otros valores que el pecuniario”.

El enfrentamiento representa una inequívoca expresión de la lucha de clases, remite a intereses, deseos e ideales contradictorios; además, a niveles socio-económicos a los que evidentemente no pueden reducirse. “Los de arriba, los estratos y los países más opulentos, son aquellos en los que se concentra el capital. Son también, por eso mismo, los que más contaminan y más calientan el planeta. Son ellos los que más consumen, los que más generan basura, los que más conducen automóviles privados y los que más viajan en avión o en cruceros. Sabemos, por ejemplo, que el 10 por ciento más rico de la población mundial emite hasta 11 veces más gases de efecto invernadero que el 50 por ciento más pobre. Sin embargo, como también sabemos, son los de abajo los que sufren las más graves consecuencias de la emisión de esos gases y del resultante cambio climático. Sólo esto ha hecho que la brecha entre los ingresos de países ricos y pobres aumente 25 puntos porcentuales . Los de abajo, como de costumbre, pagan las facturas de los de arriba. Los países pobres han debido incluso convertirse en los vertederos de los países ricos. Reciben su basura plástica y electrónica, pero también sus industrias más contaminantes”.

Aseveraciones estas que validan con creces una temprana observación de Marx –traída a colación por Joaquim Sempere en lahaine.org–,  quien,  en el libro III de El capital, caracteriza la sociedad sin clases, el comunismo, no simplemente como una sociedad libre de explotación y de inseguridad, sino asimismo como una palestra en la que “los seres humanos regularán conscientemente su metabolismo con la naturaleza”.

La última frase demuestra hasta qué punto el Prometeo de Tréveris había concienciado “la dimensión ecológica de la vida humana, del papel destructivo del capitalismo respecto a la dimensión ecológica de la vida humana”. Y bastaría para reafirmar la alternativa a la barbarie.


Eduardo Montes de Oca

 
Eduardo Montes de Oca