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Publicado el 20 Marzo, 2020 por María Victoria Valdés Rodda en Opinión
 
 

Coronavirus: lecciones insospechadas

María Victoria Valdés RoddaPor María Victoria Valdés Rodda

Las aproximaciones de José Martí a la sociedad que le tocó vivir no han perdido vigencia y su método analítico nos puede colocar en las coordenadas correctas para evaluar el capitalismo en el siglo XXI, que sigue siendo la formación imperante y sobre el cual tienen que imponerse experiencias alternativas socialistas o emancipatorias que tratan de edificar un modelo opuesto a la lógica depredadora del capital, sustentado en la explotación de los recursos naturales y humanos.

Por eso me remito a su expresión, de 1871 (escritas para las ciencias jurídicas), de que “un detalle en el órgano es a veces una revolución en el sistema”, que en la actual etapa donde la disyuntiva se debate entre cerrar fronteras o esgrimir el salvoconducto de la solidaridad ha colocado a la humanidad ante sus propias debilidades y fortalezas insospechadas de hacer el bien. La epidemia de la COVID-19 es ese denominador común que el mundo necesitaba para darse cuenta de que estamos más interconectados de lo que suponíamos, aunque ha hecho más notorias las diferencias entre quienes optan por un sistema político enajenado con los intereses de la minoría rica, y aquellos que asumen la emancipación de los que menos tienen como credo de gobierno.

Y si bien existen datos sustanciosos sobre los contrastes entre los dos de los polos importantes del planeta, a saber, Europa y los Estados Unidos, donde la primera se supone -a partir de las estadísticas del gasto público en sanidad- ande en mejores condiciones que el Imperio, de cualquier manera desde el 2009 el gasto en salud se ha venido desplomando progresivamente. En los Estados Unidos el presupuesto de 2018 tenía una caída del 4, 42 % de la parte dedicada a la salud, en una de las naciones donde los contrastes son pasmosos a pesar de que esa realidad inobjetable no sea la más difundida: de 327 millones personas hay allí 30 millones sin seguro médico, 500 mil sin hogares, y 2,2 millones de reclusos en cárceles sin las condiciones adecuadas para enfrentar una epidemia.

Estremecen las noticias sobre las iniciativas culturales, impulsadas por los gobiernos, para que la gente afronte de la manera más equilibrada el debido aislamiento, decretado casuísticamente por cada estado soberano del planeta. Sin embargo, las preguntas no dejan de rondarme: ¿Acaso esta es la sustancia del problema? ¿No será que no nos estamos percatando de que el fallo en el sistema de salud capitalista (el órgano de Martí) esconde la esencia del sistema en general en tiempos de neoliberalismo despiadado?

La noción de calamidad colectiva y el temor de contagio nos está adormeciendo las entendederas, por lo que soslayamos lo primordial: ¿por qué llegamos aquí? Las respuestas varían, pero hay una línea que puede conducir a la clarificación del colapso en los sistemas capitalistas de salud: desde 1973 se ha ido imponiendo las doctrinas de la Escuela de Chicago en su “triunvirato neoliberal de privatización, desregulación-libre mercado y recortes drásticos del gasto público”, tal como magistralmente nos lo recuerda Naomi Klein en su libro La doctrina del shock.

Antes de que la emergencia sanitaria nos involucrara a todos, los pueblos chileno y francés, por citar solo a dos, ya venían reclamando transformaciones radicales a un vivir deshonroso y asfixiante. Por temor al peligro de esa ola rebelde, en el último encuentro de Davos los países ricos llamaron a la cordura de sus transnacionales y millonarios; a ser menos ambiciosos.

No lo hicieron por filantropía; el reclamo estuvo amparado en el sentido común de supervivencia capitalista, porque el poder conoce que una vez despierto el pueblo el miedo desaparece. No obstante, la COVID-19 es como una carretera de dos vías: en una se puede ir despacio, y en la otra alcanzar la máxima velocidad. Como yo lo veo, el capitalismo se ha dado cuenta, a propósito de la pandemia y la saturación de sus sistemas de salud, de que hay que darle esperanza a la gente en acciones epidérmicas: música, vídeos, mensajes de aliento y llamados al respeto de las medidas establecidas, y eso porque no tiene una estructuración que soporte una contingencia semejante.

Algunos analistas confían en que los países europeos retomen el llamado “Estado de bienestar”, de lo cual dudo, porque el sistema está montado ya sobre otras bases a las posteriores a la Segunda Guerra Mundial. Algo tendrán que hacer, pero eso dependerá en mucho de la movilización popular y de la activación real de la democracia para situar en primer plano las esencias y no las florituras.

La batalla no será fácil, aunque no puede anticiparse la derrota si no se emprende. Los ricos, arropados en el traje neoliberal, no van a ceder fácilmente. Tanto es así, que “la primera medida anunciada en Chile para combatir la pandemia por parte del gobierno represivo de ultraderecha de Sebastián Piñera fue informar que el examen de detección del virus tendría un costo de 20 mil pesos, alrededor de 25 dólares. Así mismo permitió que las empresas farmacéuticas impusieran precios abusivos sin control a las medicinas e insumos médicos. Es el capitalismo neoliberal a ultranza que se sostiene mediante la represión y el terrorismo de Estado”. Es esta una visión del analista internacional Sergio Rodríguez Gelfenstein en su artículo “Coronavirus, el capitalismo contra el mundo”, que yo comparto.

Esta nueva enfermedad, para decirlo con la escritora, poeta, periodista, Cecilia Zamudio, “le viene de perlas a los grandes capitalistas para justificar la recesión económica ante los ojos de una población alineada por los medios masivos encargados de confundir y ocultar las verdaderas causas del colapso económico, colapso que cíclicamente genera el capitalismo dadas las características inherentes a su misma lógica depredadora”.

Pero hay un peligro latente y que me motivó a este comentario. Cada mañana leo las noticias y con la avalancha dedicada a la COVID-19 no puedo menos que recordar a Julius Fucik cuando pidió al mundo a estar alerta. Porque, como excelentemente advierte Ángel Maestro en Red Roja, “El coronavirus es el chivo expiatorio de los nuevos recortes y privatizaciones, incremento de impuestos indirectos y de beneficios fiscales para el capital y, sobre todo, nuevos rescates de bancos con sistemas públicos”. Y aquí de nuevo Martí. El órgano nos puede indicar, por deducción, al sistema.

¡Cuánta diferencia entre los Estados Unidos y Cuba! Nosotros, pequeños y supuestamente aislados, destinamos –y estas son cifras de la Asamblea Nacional, que tomamos de Cubadebate- el 51 por del presupuesto de gastos de la actividad presupuestada “a los sectores de Educación y Salud (más de 55 millones de pesos cada día), lo que garantiza la prestación gratuita de estos servicios y respalda una matrícula de más de 1 millón 761 mil estudiantes desde la enseñanza preescolar hasta el nivel superior, 226 millones de consultas médicas y el aumento de las prestaciones de la asistencia social que favorecen más de 90 mil núcleos. El presupuesto de la seguridad social representa el 17 por ciento de los gastos de la actividad presupuestada, lo cual implica erogar diariamente, como promedio, más de 18 millones de pesos.” También se asignó a la cultura y los deportes el 4,6 por ciento. Se trata de una elección política, de una voluntad ciudadana de “con todos y para el bien de todos”, sin que medien credo, sexo, religión, ideología.

Totalmente distinto a lo que hace la Casa Blanca, que, en su agresividad imperial, nos cerca y castiga por ser leales a los amigos. Amigos como la República Bolivariana de Venezuela, cuyo ministro de Relaciones Exteriores, Jorge Arreaza, ha denunciado que las medidas coercitivas ilegales y unilaterales que los Estados Unidos ha impuesto sobre su país son una forma de castigo colectivo que, de acuerdo con la Convención de Ginebra de 1949, es una política que inflige daños a toda una población, siendo por tanto un crimen de guerra que ha dado como resultado dificultades para adquisición oportuna de medicamentos.

Entonces, en ese escenario aparentemente insalvable, vuelve Cuba y su principio del internacionalismo a enviar médicos y ayuda, igual actitud asumida con Gran Bretaña, Italia y cualquiera otra que nos necesite, ya que no nos mueven únicamente las afinidades ideológicas, sino esencialmente las humanas.

Y la solidaridad no solo es una virtud cubana, por supuesto. Mientras el secretario de Comercio de los Estados Unidos, Wilbur Ross, especulaba el 31 de enero acerca de que el brote de coronavirus ayudaría a crear empleos en su país, porque China estaría colapsando, ha sido ejemplar la actitud del personal de salud, del Ejército y del pueblo del gigante asiático, que pudo levantar un hospital en 10 días en plena ciudad matriz de la COVID-19, y los kits de prueba de la enfermedad Made in china han volado a Italia, Irán y otros confines del mundo.

Los detalles hablan de las grandes cosas, en ambos sentidos. En el bien, las acciones altruistas de cada uno de nosotros, como individuos y como sociedades. En el mal, si dejamos que el capitalismo inunde al mundo de la peor enfermedad: el egoísmo.


María Victoria Valdés Rodda

 
María Victoria Valdés Rodda