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Publicado el 29 Marzo, 2020 por María Victoria Valdés Rodda en Opinión
 
 

COVID-19: No son tiempos de exclusiones

María Victoria Valdés RoddaPor MARÍA VICTORIA VALDÉS-RODDA

Es como si de repente el mundo se hubiera convertido en un gran video juego o, más bien, como si este hubiera salido de los límites estrechos de la consola para extenderse más allá de la realidad virtual, dando paso –para corporizarse en las decisivas disposiciones del momento- a dos bandos antagónicos: los buenos y los malos. Salvo que, en este caso, el malo no sería la epidemia, esa que nos golpea a todos por igual, sino a un reducido número de mandatarios y gobiernos que, obcecados en su propia maldad y codicia, no reparan en que la guerra del momento es literalmente por la vida.

De eso se ha dado cuenta incluso el Grupo de los 20 o G20 – los países más ricos–, que en videoconferencia acordó estrechar la cooperación en una operación inédita. No es objetivo central de estas líneas analizar las debilidades del capitalismo y la demostrada preponderancia del socialismo si de salud pública se trata. A los revolucionarios nos corresponde esclarecer las causas para la erradicación de las injusticias que nos aquejan, pero quiere esta comentarista concentrar sus energías en destacar ese sentido común por el bien colectivo que lucen hoy las llamadas naciones punteras.

De cualquier manera, sostengo que el único camino futuro a seguir en la perspectiva histórica del planeta tendrá que llevarnos a una formación socioeconómica cuya regla, y no excepción, deberá ser inexorablemente la solidaridad y la distribución equitativa de la riqueza social. Como decía la comprometida Rosa Luxemburgo (que murió abrazando esa causa), la disyuntiva esencial solo puede ser una: socialismo o barbarie.

Una vez más quedó demostrado que el ingenio humano puede hacer grandes cosas si la balanza de la sensatez y la compasión guía. Así, esta nueva cumbre del G20, sin sede en ningún lugar, utilizó la tecnología, pero no una amparada en las últimas novedades armamentísticas o para sustraer mayores dividendos a la plusvalía, sino en una que, gracias a los soportes digitales, se puso al servicio del entendimiento de los principales líderes mundiales.

Se enlazaron China, Rusia, los Estados Unidos, Argentina, Australia, Brasil, Indonesia, Francia, Sudáfrica, Corea del Sur, India, Reino Unido, Italia, Japón, Canadá, México, Arabia Saudita, Turquía y la UE. También hubo pases con algunos “invitados” de España, Jordania, Singapur y Suiza, así como la Organización de las Naciones Unidas (ONU), el Banco Mundial y otras organizaciones internacionales, y de los países que presiden algunas organizaciones regionales.

Xi Jinping, presidente de la república Popular China, destacó como un imperativo que “la comunidad internacional fortalezca la confianza, actúe con unidad y trabaje junta en una respuesta colectiva”. Abogó por la cooperación internacional y el necesario fomento de “una mayor sinergia para que la humanidad toda, como una sola, pueda ganar la batalla contra la COVID-19”. Asimismo, propuso una reunión de ministros de Salud del G20, tan pronto como sea posible, para mejorar la compartición de información, fortalecer la cooperación en medicamentos, vacunas y control de la epidemia y reducir las infecciones transfronterizas.

Con la debida autoridad ganada por la eficacia contra esta terrible y despiadada enfermedad, Xi exhortó a implementar políticas fiscales y monetarias fuertes y efectivas, a coordinar mejor la regulación financiera y a juntos mantener estables las cadenas mundiales industriales y de suministro. “Lo que China hará en este sentido es incrementar su provisión de ingredientes farmacéuticos activos, productos de uso cotidiano y suministros contra la epidemia y otros suministros para el mercado internacional”.

Dijo también que el gigante asiático seguirá impulsando la reforma y la apertura y contribuirá a una economía mundial estable. Exhortó a restablecer la confianza en la recuperación económica mundial. Para ello indicó que deben reducirse las tarifas, eliminarse las barreras y especialmente facilitarse el flujo sin trabas del comercio.

Hubo entonces consenso en que el nuevo coronavirus, además de matar, ensombrece la economía, las finanzas y la política mundiales. De modo que se trazaron estrategias para compartir información de forma oportuna, garantizar suministros médicos y brindar asistencia a los países en desarrollo, especialmente a los menos desarrollados, así como explorar las medidas de prevención y control conjuntas.

A pesar de este acuerdo, las interrogantes – al menos las mías– se centran en cómo si las fronteras de muchas naciones están cerradas y en algunos casos colindan con zonas de alta peligrosidad por los conflictos asociados al terrorismo o a la descarada guerra por el petróleo. Supone esta redactora que se decrete una “cuarentena” a la guerra física. Y ¿qué hay de los bloqueos y las sanciones unilaterales? ¿Acaso este tipo de genocidio no se ha cobrado la vida de miles de personas? Cuba lo sufre desde hace 60 años y, junto a otras naciones, encabeza una digna batalla por su erradicación en esa especie de virus que se llama imperialismo yanqui. Este, en una actitud vergonzosa, y pensando del mismo modo con que acostumbra a actuar, acusó a los médicos internacionalistas y al Gobierno cubano de lucrar con el sufrimiento ajeno. La mayor de las Antillas ya le dio una ejemplar respuesta.

Únicamente quien sea oportunista en política puede pensar que los demás son iguales. Por ejemplo, en el artículo “El imperio cobarde se embosca en el coronavirus para invadir a Venezuela”, de Luis Alfonso Mena, y publicado por TeleSur, se denuncia que “el señalamiento judicial del genocida imperio estadounidense contra el Gobierno de la República Bolivariana de Venezuela, que pone precio a las cabezas de sus principales líderes, se produce luego de que fuera descubierto un plan de mercenarios para ingresar armas a Venezuela desde Colombia, en desarrollo de una nueva trama conspirativa y criminal contra el presidente Nicolás Maduro”.

El articulista pone énfasis en lo que ya sabemos quienes estamos prevenidos contra la Casa Blanca: “Se trata de una ruin y falaz estrategia de Trump porque ve perdida su reelección, pues lo están derrotando el desplome de la economía gringa, el grave crecimiento del desempleo que afecta a millones de norteamericanos y la eficaz respuesta del Gobierno del presidente Maduro frente al coronavirus”. En el momento de redactarse este comentario Venezuela registra un total de 107 afectados por el virus.

Mientras, en nuestra propia región, el supuesto coloso moderno, la nación más poderosa de la Tierra, los Estados Unidos, no ha podido frenar la pandemia, en primer lugar, por el negacionismo de Donald Trump. Hablaron más fuerte sus afanes de negociante de no perder la bolsa así le vaya en ello la vida, como nos lo ilustraban “los muñequitos” que pasaban por la tele cuando éramos niños. Este viernes, 27 de marzo, según la Universidad de John Hopkins, se habían confirmado más de 82 mil casos positivos, de ellos han fallecido mil 70 personas.

Empero, el “sol no se puede tapar con un dedo, de modo que el Congreso norteamericano (casi en total contienda contra Trump) se decidió a desembolsar los recursos imprescindibles, de manera que aprobó un proyecto de Ley de estímulos de dos billones de dólares. Ojalá logren curar la gran herida que como sistema imperialista tiene el cuerpo de esa nación, dado los altos niveles de privatización de la salud. Espero que el pueblo estadounidense salga adelante, pero la sociedad norteamericana también está moldeada por seres casi “invisibles”: ¿qué pasará con los indocumentados que realizan trabajos poco remunerados aunque con una alta contribución a su PIB (como los recolectores agrícolas de California)? y ¿qué pasará con los niños presos en jaulas? ¿Será que a golpe de filantropía los van a devolver al seno de sus familias? Sería lindo creer que sí.

La atinada medida, aunque tardía, se concentra entonces en la propia nación: destinará 500 mil millones de dólares a las industrias más afectadas. Una suma similar realizará pagos directos de hasta tres mil dólares a las familias. Otros 350 mil millones de dólares se verterán en préstamos para pequeños negocios, 250 mil millones de dólares de ayuda al desempleo y otros 75 mil millones de dólares para hospitales.

En tanto los estadounidenses se “ponían las pilas” para intentar minimizar los daños inflingidos por un villano nada racista, ni elitista, porque arremete sin miramientos, el alter ego de Trump, el presidente de Brasil, Jair Bolsonaro, soltó una frase que pasará a la historia de los disparates: “A los brasileños no les afectará el coronavirus porque pueden sumergirse en una alcantarilla y no les pasa nada”.

Imagino el estupor y la rabia con que muchos de sus compatriotas de a pie, esos que viven involuntariamente en zonas marginadas –casi cloacas– deben de haber recibido tamaña irresponsabilidad de quien se supone los debe proteger. A estas alturas estoy convencida de que millones de hermanos del coloso sudamericano deben de lamentar la hostilidad desatada por el gobierno de Bolsonaro contra los médicos cubanos. En Brasil han muerto unas 77 personas. Las estadísticas, concentradas en los cómputos operativos que demanda la salud mundial, no nos dicen en cambio si son ricos o pobres. Estoy convencida de que el hacinamiento y las precarias condiciones diarias son factores de riesgos. No es lo mismo enfermarse siendo “favelado” que contraer el COVID-19 en un apartamento de Copacabana.

Estamos ante la peor tragedia epidemiológica en muchos siglos, con ramificaciones atroces en todos los ámbitos de nuestras sociedades. Y si lo asumimos metafóricamente como un videojuego este no se termina cuando se apaga la consola. Sigue las 24 horas sin interrupción. De modo que “los malos” debían pensarse sumergidos ellos mismos en las posibilidades de contagio. Tal vez así puedan comprender, o al menos aceptar, que los bloqueos, las desigualdades sociales y el egoísmo es un bumerán, porque la “aldea global” es cierta, no es una alegoría simplista sobre la globalización, que, dicho sea de paso, nació del propio desenvolvimiento de las relaciones económicas capitalistas.

Ya lo dijo Antonio Guterrez, secretario general de la ONU: esta guerra de la COVID-19 nos atañe a todos sin distingos, por lo que es prioridad cerrar filas por la vida. Ejemplo de ello lo sigue dando, en el Oriente Medio, Siria, también sancionada por Washington. Esta semana continuaron las acciones de Damasco para contener la pandemia con campañas de esterilización y limpieza en barrios, mercados, calles e instituciones. Esfuerzo descomunal, porque allí se libra una guerra contra el terrorismo, lo cual demuestra la importancia de la voluntad política de un gobierno y un estado.

Y aunque los enfoques maniqueos no funcionan para evaluar la realidad, que, tal como dijo alguien una vez, es más rica que cualquier fantasía, la COVID-19 ha evidenciado quiénes son “los buenos” y quienes “los malos”. Sin embargo, no es este un “juego” elegido por propia voluntad. Aquí el punto que nos dará la mayor victoria no será matar o cercar a los otros, no destruir sus campos, sus fábricas, impedir sus comercios, ni cerrar fronteras ni de detener a sus puertas a los necesitados.

El premio radicará en seguir vivos, pero para ello se deberán trocar tanto las armas de los chantajes como la de los misiles por los kits de prueba, por los abrazos de humanidad, por la compasión amiga y por el lógico razonamiento de que en esta ocasión no se cumple la primera parte del proverbio de que “solos llegaremos más rápido”. Como único se vence es estando todos juntos. Únicamente así llegaremos más lejos en el tiempo


María Victoria Valdés Rodda

 
María Victoria Valdés Rodda