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Publicado el 1 Abril, 2020 por María Victoria Valdés Rodda en Opinión
 
 

Restaurar la democracia

María Victoria Valdés RoddaPor MARÍA VICTORIA VALDÉS RODDA

Este 19 de marzo se acaban de cumplir nueve años del primer bombardeo de la Organización del Tratado del Atlántico Norte (OTAN) contra la Libia de Muammar al-Gaddafi. Ante lo presentado por algunos como evidencia de la Primavera Árabe en esa nación del norte de África –posteriormente se demostró que fue un proceso contrarrevolucionario–, el Consejo de Seguridad de la ONU aprobó, en pleno, una zona de exclusión aérea, solicitada con insistencia por los Estados Unidos. Con el tiempo, la comunidad mundial ha debido admitir que aquella decisión fue un error de grandes dimensiones.

En su momento, la politóloga iraní Nazanín Amirian había denunciado que se trataba de un plan “sospechosamente parecido al de Irak, otro Estado árabe desarrollado, al que destruyeron para apoderarse de su oro negro”. Las reservas petroleras libias, de gran calidad, eran y siguen siendo de las mayores del continente, y en la época de Gaddafi su costo de producción no llegaba al dólar por barril, con lo que se obtenían ganancias de hasta 100 dólares. De ese lucrativo negocio estaba excluido Washington, lo que le sabía muy mal y no tuvo reparos en aplicar su vieja patraña del “caos constructivo”. Sin embargo, las cosas se han salido del esperado carril, incluso para las transnacionales.

Tras la intervención de Occidente, las diferencias tribales, que habían logrado ser neutralizadas por el inteligente esquema de poder popular, comenzaron a reactivarse, dando lugar al verdadero caos y al terror por los que ahora transitan los libios cada días: de un lado el Gobierno del Acuerdo Nacional de Trípoli, reconocido por la ONU, y del otro, las fuerzas del este, lideradas por el mayor general Khalifa Haftar. A eso se le añade la penetración de grupos como el Estado Islámico y otras peligrosas filiaciones fundamentalistas.

En reconocimiento de la verdad, tanto las Naciones Unidas como Europa en su conjunto, y el propio Washington, han intentado, a la luz del desastre allí creado por ellos mismos, “reunir a los libios, frenar la interferencia exterior y preservar la unidad del país”, empeño por dos años del enviado de la ONU Ghassan Salameh, quien renunció por problemas de salud.

¿Será esa la actitud colectiva de la comunidad internacional? No, de ningún modo, empezando porque el conflicto genera, de un lado, flujo de migrantes hacia la Unión Europea (según la Acnur, unos 300 000), y del otro, la diseminación de cédulas terroristas en África subsahariana y en el Oriente Medio, lo cual, a la larga, y también en el corto plazo, imposibilita la extracción de los apetecidos recursos naturales. Acá no debemos olvidar el enorme manto acuífero bajo las arenas del desierto; tampoco las reservas de gas natural, de más de 1.49 billones de metros cúbicos.

Después de cálculos políticos erróneos, Moscú ha venido corrigiendo el tiro y por eso se ha empeñado en aupar acciones conciliadoras entre las partes contendientes, aunque de momento sin demasiado éxito. Pero la vida está colmada de lecciones y es en este contexto que el canciller ruso, Serguei Lavrov, luego de logrado un consenso entre las partes, declaró que “se confirma que este conflicto no tiene solución militar y solo el pueblo de Libia decide el destino del país con la necesidad de un alto al fuego sostenible”. Ojalá los tiempos de pandemia, dolorosamente a pesar de su costo humano, propicien el entendimiento y la paz libios.


María Victoria Valdés Rodda

 
María Victoria Valdés Rodda