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Publicado el 15 Abril, 2020 por María Victoria Valdés Rodda en Opinión
 
 

Solidaridad, única tabla de salvación

María Victoria Valdés RoddaPor MARÍA VICTORIA VALDÉS RODDA

Higiene sistemática –con un lavado de manos a fondo– y el debido aislamiento social son “medicinas” efectivas. Dos acciones simples, pero de difícil observancia para gran parte de la humanidad. Vista bien las cosas, quienes podemos enfrentar la COVID-19 como “Dios manda” somos aquellos que vivimos en zonas confortables, urbanizadas, con todos sus servicios asociados. Y no se trata de lujos, sino de las condiciones mínimas indispensables de vida, como tener un techo decente o estar bajo el amparo de un sistema de salud preocupado y ocupado en librarnos de cualquier mal. Entonces, mundo, ¿qué nos pasó?; ¿por qué esa alta letalidad a diestra y siniestra? ¿Quién se encarga de los cientos de féretros acumulados en las avenidas de Guayaquil? ¿Acaso en la Europa mediterránea la gente no tenía estándares seguros a golpe de tarjetas de crédito? ¿Acaso en la mega metrópoli de Nueva York las oportunidades de éxito no doblaban la esquina? Espejismos y nada más de una imaginada realidad de buen vivir, asentado en un supuesto conveniente orden económico mundial.

¿En dónde estábamos parados? Sin restarle “méritos” al nuevo coronavirus, su propagación encontró un excelente caldo de cultivo, porque el régimen social imperante en este planeta hiperconectado es superdesigual, incluso para las poblaciones con relativo confort hogareño y laboral. Y hasta los que vivimos en sistemas distributivos o socialistas nos hemos visto arrastrados en una hecatombe de proporciones similares a las de una guerra.

Llegados a este punto, no es necesario demasiado esfuerzo para imaginar el calvario adicional que el nuevo coronavirus supone a los sin techo, a los ultra pobres, a los migrantes, a los refugiados, a los atrapados en los conflictos interminables, a los de empleo informal, a los pueblos invadidos o marginados, a los indígenas… y así en un largo y doloroso etcétera. Las anteriores categorías no pertenecen al más allá de otra galaxia; todas caen bajo la sombrilla del capitalismo contemporáneo.

¿Volveremos entonces a la “normalidad” de clase media o de una clase trabajadora acomodada? ¿Seguiremos duros de corazón e impasibles ante las secuelas negativas de lo hasta ahora visto como correcto? ¿No corregiremos el tiro del egoísmo y las mezquindades políticas? ¿Dejaremos que “las batallas por las mascarillas”, como las que se han dado entre tradicionales socios, nos distingan en futuras anécdotas? ¿Proseguiremos acumulando bienes innecesarios, o comulgando con el ecocidio?

Lo cierto es que todavía hay “hábitos” que persisten a pesar de la pandemia como indescriptible obcecación de quienes se sienten superiores a los demás, en buen grado punto de partida de lo que vivimos en conjunto por la COVID-19. El bloqueo imperial contra Cuba sigue intacto. El peligro pérfido de una invasión yanqui contra Venezuela se acrecienta, las medidas unilaterales contra Irán no han mermado, el terrorismo de Estado del sionismo israelí recrudece métodos racistas contra los palestinos, miles de niños africanos se acuestan con hambre… Abultada es la relación de barbaridades cometidas en nombre de la democracia, la paz y hasta del desarrollo. ¿Continuaremos en la modorra del encantamiento, como la serpiente al son de la flauta de su “domesticador”? ¿No haremos nada?

La vida por encima del capital

La situación ha propiciado un más articulado pensamiento colectivo, potenciando lo que Charles Wright Mills llamó la “imaginación sociológica”. Y no únicamente desde los medios de prensa y académicos dominantes. Voces de izquierda se alzan mancomunadamente a la vanguardia de esta lucha por la salud de todos. La Articulación de Movimientos Sociales y Populares, ALBA Movimientos, declaraba este fin de semana “Es tiempo de que pongamos la vida antes que el capital”.

Con claridad meridiana el texto considera que “lo que aparece como una excepcionalidad momentánea (la COVID-19) tal vez sea la nueva etapa de la crisis del capitalismo […]. Esta pandemia es producto del neoliberalismo, del hiperconsumismo, de la destrucción de la salud pública, de mega-concentración de las corporaciones farmacéuticas, de la economía del descarte y de la nueva geografía del poder en las ciudades de la desigualdad”.

ALBA Movimientos recuerda la realidad de base que sustenta el desastre epidemiológico actual: “En el mundo 2 153 mil millonarios poseen más riqueza que 4 600 millones de personas (un 60 por ciento de la población mundial). 700 millones de personas viven en situación de pobreza extrema o moderada pese a tener empleo”. Al referirse a América Latina y el Caribe advierte que el 20 por ciento de la población concentra el 83 por ciento de la riqueza. El uno por ciento de los propietarios de la región posee más de la mitad de las tierras agrícolas. Hay 140 millones de personas descartadas del trabajo formal, que se ganan “el pan día a día en la Economía Popular”. Considera que el modelo civilizatorio del capital, expresado en el neoliberalismo, pone en riesgo al planeta.

En un sentido amplio documenta que ya se avizoran distintas posibles salidas. “Algunos hablan de una vuelta al proyecto keynesiano de estado de bienestar y estatización de sistemas de salud y empresas; otros plantean los eternos mecanismos de rescate tradicional al gran capital, combinados con la distribución masiva de renta universal, al tiempo que se prevén agendas de control social y ajustes en favor del mercado propios de un momento de shock colectivo, el capitalismo de desastre operando una reconfiguración civilizatoria”, ahonda el llamamiento.

Ante el escenario casi apocalíptico, y recordando a Fidel Castro en su amplia visión política, ALBA Movimientos exhorta a debatir varias propuestas: “renta universal, condonación de deudas públicas internacionales, estatización de la salud y servicios básicos, suspensión de pago de intereses, impuestos al gran capital, socialización de medicinas y vacunas”. Por sobre todas las soluciones, enfatiza en “repensar y reorientar el modelo de desarrollo” y dar paso a otro paradigma.

El mejoramiento humano, sin embargo, no llegará por sí solo. Carlos Marx en su momento habló de la violencia como “la partera de toda sociedad vieja preñada de una nueva”; a lo mejor esta pandemia ha colocado a la solidaridad y a la cooperación como actores decisivos y de transformación para estos tiempos históricos, sin desconocer el largo aliento de la lucha de clases. En la disyuntiva cierta entre vivir o morir, que no es de ciencia ficción, de alguna manera cada uno de nosotros resulta receptor de los aplausos, repartidos a los cuatro vientos en homenaje a quienes identificamos por unanimidad como los héroes: el personal de la salud. Pero ellos y nosotros merecemos más que palmas batientes. Nos merecemos un futuro seguro y justo. De momento, y como un paso importante para ese mejoramiento humano, urgen las redes de cooperación. Asumirnos en nuestra complementariedad universal. China, Rusia y Cuba, a contracorriente de los cercos y de las medidas coercitivas, demuestran que se puede, que la salvación no es quimera.


María Victoria Valdés Rodda

 
María Victoria Valdés Rodda