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Publicado el 26 Abril, 2020 por María Victoria Valdés Rodda en Opinión
 
 

Y el hambre ¿espera?

María Victoria Valdés RoddaPor MARÍA VICTORIA VALDÉS RODDA

Facebook me alerta de que 500 personas están “hablando” sobre el hambre en América Latina y, aunque la cifra la considero más bien baja, debo reconocer que en tiempos de COVID-19 el interés es notorio. Me explico: en nuestra región las diferencias sociales son bastante pronunciadas; por ejemplo, en Brasil –la nación de mayores potencialidades del subcontinente–, el uno por ciento más rico concentra casi un tercio de la renta (28,3%), lo que “le otorga al país el título de vicecampeón mundial de la desigualdad”. Y no lo afirma esta comentarista; son aseveraciones del último Informe sobre Desarrollo Humano de las Naciones Unidas.

Asimismo, la ONG británica Oxfam, tan dada a criticar las revoluciones de Venezuela y Nicaragua, señaló en 2018 que “cinco multimillonarios brasileños concentran la misma riqueza que la mitad más pobre del país”. Con datos semejantes uno puede explicarse un tanto la disparatada y asesina actitud del mandatario Jair Bolosnaro, quien aboga por reactivar la economía pero que no ha dictado ni una sola orden para paliar las necesidades imperiosas de sus electores pobres.

De modo que esta preocupación planetaria por los hambrientos latinoamericanos me conmueve, por las secuelas nefastas que esta pandemia debe dejar en sus estómagos vacíos, pero esas serán muertes que no se contabilizarán en las estadísticas neoliberales, porque desde que la ONU certificó, el pasado año, un estudio titulado “El estado de la seguridad alimentaria y la nutrición en el mundo 2019” muy poco se ha hecho. Salvo en sitios como la Cuba socialista, que, en tiempos aciagos, tiene a todo su aparato estatal, al campesinado y a la industria nacional empeñados en garantizar la alimentación del pueblo, a pesar del recrudecimiento del bloqueo imperial.

Pero el hecho de que acá en esta tierra liberada y resistente tengamos garantizada una alimentación adecuada, según estándares de la propia ONU, no nos vuelve indiferentes a la realidad regional. Al contrario, nos duele constatar que el nuevo coronavirus hace más daño en los 42,5 millones de personas que en América latina y el Caribe sufren hambre. “Durante los primeros 15 años de este siglo, América Latina y el Caribe redujo la subalimentación a la mitad. Pero desde 2014 el hambre ha ido aumentando”, precisó Julio Berdegué, del Fondo para la Alimentación de las Naciones Unidas (FAO). Este funcionario, que hizo el pronunciamiento antes de la incidencia de la COVID-19, alertó sobre lo impostergable de “rescatar, en promedio, a más de 3,5 millones de personas del hambre cada año desde ahora hasta 2030 si queremos alcanzar la meta de hambre cero del Objetivo de Desarrollo Sostenible”.

Dudo, sin embargo, de que esto sea ahora viable, y no porque se carezca de financiamiento; más bien por la ausencia de una clara política a favor de los pobres; a pesar de algunos amagos, como los del ejecutivo peruano de Vizcarra, que ha dado luz verde a la emisión de bonos de rescate de las poblaciones vulnerables.

Alarmas encendidas

El asunto es de cuidado, tanto que el Instituto Interamericano de Cooperación para la Agricultura (IICA) anunció “el peligro para algunos países relacionados con la importación de alimentos, lo cual representaría altos índices de vulnerabilidad, al ser economías de bajo ingreso y tener alta prevalencia de subnutrición”, difundió Rusia Today. Una vez concluya esta pandemia será necesario, advierte el sitio, “repensar el papel de los organismos de cooperación técnica y jerarquizar la mirada sobre la importancia de la agricultura y el desarrollo de los territorios rurales”. Eso en el futuro ¿inmediato?; de momento cabe preguntarse qué hacer.

Algunas claves se evidenciaron en un encuentro virtual entre el director del Centro Estratégico Latinoamericano de Geopolítica (Celag),  Alfredo Serrano; el expresidente de Ecuador Rafael Correa; la exmandataria brasileña Dilma Rousseff; el exvicepresidente de Bolivia Álvaro García Linera; el subsecretario para América y Latina de la Secretaría de Relaciones Exteriores del Gobierno de México Maximiliano Reyes; el senador de Colombia; Gustavo Petro; el senador argentino Jorge Taiana, así como la diputada chilena Camila Vallejo.

Para ellos es de vital importancia exigir la condonación de la deuda externa como requisito indispensable para afrontar la crisis del coronavirus. Según Rafael Correa, “el mundo vive una situación sin precedentes, por lo que es fundamental que el riesgo caiga sobre el capital, no sobre los seres humanos”. Mientras que Dilma Rousseff remarcó el carácter criminal de Bolsonaro al decir que “lo que ocurre en Brasil, es que retornaron con sus políticas de austeridad contra la salud y contra la vida”. Y en esos contextos se aprecia mucho más la solicitud de condonación de la deuda. Solo que no es posible esperar demasiado de los capitalistas.

En ese sentido, coincido con el análisis de la periodista brasileña Eliane Brum, que en Resumen Latinoamericano expresó lo que sigue: “Nosotros, los que hoy estamos vivos, nunca nos hemos enfrentado a una amenaza como la del nuevo coronavirus. Si tantos repiten que el mundo nunca más será el mismo, ¿cuál es el mundo que queremos? Que nadie se engañe: mientras enfrentamos la pandemia, esa respuesta ya se está disputando. Es la que determinará el futuro próximo. Luchar por la vida que el virus amenaza es la necesidad imperiosa de la emergencia. Pero también hay que hacer algo todavía más difícil: luchar por el futuro pos virus. Si no lo hacemos, recuperar la ‘normalidad’ será regresar a la brutalidad cotidiana que es solo ‘normal’ para unos pocos, una normalidad arrancada de las vidas de muchos a quienes diariamente les dejan el cuerpo exhausto”. Aquí el hambre duele más.

Y continua en una línea de pensamiento inobjetable: “La interrupción de lo ‘normal’, causada por el virus, puede ser una oportunidad para diseñar una sociedad basada en otros principios, capaz de detener la catástrofe climática y promover la justicia social. Lo peor que nos puede pasar después de la pandemia es precisamente volver a la ‘normalidad’. Las grandes corporaciones ya empiezan a moverse para garantizarse el control de lo que está por venir. La semana pasada, Donald Trump recibió a las compañías petroleras en la Casa Blanca. No fueron para discutir cómo salvar a los más pobres de los efectos de la pandemia. En el Reino Unido, las compañías aéreas están presionando para obtener subsidios gubernamentales y, por supuesto, la desregulación. Tampoco se reunieron para tomar el té y discutir inversiones en el área social. Ante el nuevo coronavirus, incluso bastiones de la prensa liberal, como la revista The Economist y el periódico Financial Times, ambos nacidos en la cuna del capitalismo, han anunciado que es necesario dar un paso atrás. Una mayor intervención del Estado y políticas como la de ofrecer una renta básica y la de tasar las grandes fortunas, anteriormente consideradas “exóticas”, se han incluido en el nuevo contrato social en el mundo pos pandémico. Conceder un poco para garantizar que nada cambie en esencia es un viejo truco”.

Venezuela y Cuba salvan

Ambos países deben luchar a brazo partido contra sendos bloqueos irracionales y ajenos al más elemental sentido de justicia. Pero qué se podía esperar de los Estados Unidos, cuyo presidente ha recomendado utilizar desinfectantes químicos de esos que se usan para limpiar por “el increíble efecto en los pulmones”. Por cierto, ¿dará el paso al frente para probarlo?

Así, Caracas es una de las plazas ejemplarizantes de cómo actuar en medio de esta contingencia sanitaria mundial aun a contrapelo de las sanciones asesinas. MisiónVerdad nos ilustra: “Con el fin de fortalecer la cooperación bilateral en el tratamiento del Covid-19, los ministros de Salud de la Federación de Rusia y de la República Bolivariana de Venezuela sostuvieron una videoconferencia”. En la cita se recalcó que “Venezuela cuenta con más de 30 millones de habitantes y hasta el día de ayer (23 de abril de 2020) se han certificado 311 casos de Coronavirus, con 10 fallecidos, lo que representa una tasa de letalidad de 3,2 por ciento, una de las más bajas del continente”. Cifra posible gracias a las medidas preventivas implementadas en el país, con la orientación de la Comisión Presidencial, encabezada por el jefe de Estado, Nicolás Maduro.

Cuarentena social, colectiva y voluntaria, la obligatoriedad en el uso de mascarillas y la limitación de las actividades siguen siendo de las principales acciones preventivas tomadas por el Gobierno venezolano. “En la reunión destacaron la importancia de conocer la experiencia y estrategia rusa en el tratamiento del Covid-19, en vista de que Rusia tiene la tasa de mortalidad más baja por la pandemia a escala mundial; además de las investigaciones sobre el desarrollo de la vacuna con la aprobación de la Organización Mundial de la Salud (OMS)”.

De cualquier manera, es necesario hacer resaltar los esfuerzos de Venezuela, de su pueblo y de sus legítimas autoridades, porque en palabras de la vicepresidenta ejecutiva de la República Bolivariana de Venezuela, Delcy Rodríguez, “el ilegal bloqueo financiero y económico que mantiene el gobierno de los Estados Unidos (EE.UU.) impide la compra de medicinas y alimentos, afectando de manera directa la vida de millones los venezolanos”. “Con todo, la Revolución Bolivariana salva en salud y en seguridad alimentaria.

Igual sucede con la llamada Isla de la Libertad, la que se crece todos los días en estos más de 60 años de bloqueo yanqui, el cual no le impide, ni impedirá, tender su mano a través del contingente médico Henry Reeves, que ya está también en Honduras. Según medios noticiosos del país centroamericano, el 23 de abril, con la colaboración de la brigada de solidaridad cubana, “se comenzaron las pesquisas en la zona de Villanueva, un centro poblado en el departamento de Cortés, donde se produce la mayor parte de la actividad productiva de Honduras”.

Voces de izquierda de ese país advierten de que esta experiencia debe extenderse hacia otros rincones, porque la población económicamente activa se concentra fundamentalmente en labores en el sector informal. Ese que en América Latina y el Caribe es el fermento para el hambre y la desesperación. Al momento de escribir estas líneas, el 25 de abril de 2020, la región acumulaba un contagio de 188 mil personas, con la muerte de miles de ellas. Esperemos que, con el paso de los días, nuestros gobiernos reaccionen proactivamente no solo a favor de los que enferman por la coyuntural situación, al menos en el tema de la pandemia, porque la epidemia del hambre parece ser que pica y se extiende.


María Victoria Valdés Rodda

 
María Victoria Valdés Rodda