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Publicado el 18 Junio, 2020 por Eduardo Montes de Oca en Opinión
 
 

Crisis sobre crisis, el mundo

Por EDUARDO MONTES DE OCA

Uno, que tanto defiende la rotundidad de la palabra, titubea ante el dilema de si ella o la imagen en cuanto a grado de significado cuando se topa con fotos como las de Reuters que ojea al concebir el texto: largas filas, “atascos” de buques petroleros esperando –más bien desesperando– entrar en puerto ante las costas de California y de Singapur –imaginamos que en otros muchos puntos–, por obra y gracia de la acumulación del producto en los almacenes y la escasez de más sitios donde conservarlo hasta la reanudación del flujo de los pedidos acostumbrado, o cercano a este.

La agencia Bloomberg precisa que, un lunes de finales de abril –la fecha exacta no importa: la escena se repite como un mantra–, en el estrecho del mencionado enclave oriental estaban anclados unos 60 tanqueros, en vez de los 30 o 40 habituales, procedentes de las refinerías de la región, ubicadas en Corea del Sur y China. Semejaban embarcaciones de la desmemoria, arracimadas aguardando unas dos semanas –antes eran cuatro o cinco días– para descargar el “oro maldito”, que no “oro negro”, solicitado por alguien con pinta de “mesías”.

Siendo puntillosos, digamos que se observaban alrededor de 30 transportes entre Los Ángeles y Long Beach y la bahía de San Francisco, con unos 20 millones de toneles. El especialista Reid l’Anson aseguraba a NPR que “normalmente son cinco millones de barriles ‘flotando’ en la zona, pero con la drástica disminución de los autos en las carreteras por la pandemia del coronavirus y aeronaves volando, la gasolina y el combustible para aviones apenas están en demanda y la situación ha provocado la escasez de almacenamiento en tierra”. Y apostillaba: “No hay ningún otro lugar al que puedes llevar ese crudo… a nivel global, nadie necesita el crudo ahora mismo”.

Sucede que, por la paralización de las actividades económicas, “sobra” el “alimento” fósil. Y en medio de las debacles de la salubridad, ambiental, comercial, civilizatoria… –ya la humanidad se encarga de clasificarlas, como acucioso taxonomista– se coaligan quizás las más distinguibles: la crisis de la COVID-19 y la del hidrocarburo. Y si estas dos están la mar de relacionadas, otro factor importante determina la segunda. Echando mano a un tropo de Prensa Latina, “los tambores de guerra que resuenan en el mercado petrolero global” hundieron el precio de la unidad a niveles récords en casi 30 años y arrastraron a las bolsas a la baja, en lo que muchos denominan lunes negro (a principios de marzo). En ese contexto, fijemos una expresión: “los tambores de la guerra”.

Oferta obesa, demanda enjuta

Raúl Zibechi no lo duda. En artículo aparecido en Sputnik, sostiene que el encontronazo responde a la búsqueda de supremacía en el importante renglón. Búsqueda en que a ojos vista todo vale, pues “incluso los medios conservadores y proestadounidenses del mundo consideran la actitud de Arabia Saudí [AS] como un chantaje para forzar a Rusia a negociar un acuerdo de reducción de la oferta. Riad chantajea a Rusia con desatar la ‘estrategia del caos’”. Haciendo brotar sin tasa el hidrocarburo.

No es para menos. Tras hacer un paneo por la compleja coyuntura que afronta la nación árabe en los planos doméstico –intrigas palaciegas por el poder– e internacional –aislamiento, entre otros motivos “por la brutal intervención en la guerra en Yemen, que ha causado una tragedia humanitaria sin precedentes donde 16 millones necesitan asistencia sanitaria urgente”–, el conocido experto trae a colación una tercera cuestión, básica para la lógica expositiva de estos renglones:

“Desde 2014, la monarquía había establecido una alianza con Moscú para defender su cuota de mercado [y una hegemonía que data de hace casi 80 años] ante el avance del petróleo por fracking de Estados Unidos y Canadá. Los dos mayores productores formaron la OPEP+ para coordinar la política de producción y de precios para detener la expansión de la cuota de mercado del crudo norteamericano. Pero Rusia, que ha llegado a superar a Arabia Saudí en producción de petróleo, ha sido durante todo este tiempo un competidor directo del reino saudita por el trono del petróleo”.

O sea que, a todas luces, ha constituido esta una asociación por conveniencia. Y espoleados por los vaticinios de expertos, tales los del grupo Goldman Sachs, acerca del sostenido abaratamiento en los próximos meses por debajo de los 30 dólares, como consecuencia de la conmoción de la COVID-19, “los países de la OPEP, liderados por Arabia Saudí, propusieron a Rusia una reducción aún mayor del bombeo, estimado en 1.5 millones de barriles diarios. En este punto, los saudíes pretendieron actuar del mismo modo que ante el avance del petróleo del fracking, es decir, con un estilo monárquico autoritario de imponer a sus aliados una determinada línea”.

Línea que plantea al Estado euroasiático un gran problema, entre otras razones por la diferencia climática con su rival de hogaño, que tiene la posibilidad de interrumpir y reanudar la extracción a discreción sin sufrir pérdidas, mientras que en las condiciones de Siberia la reactivación del proceso acarrearía colosales gastos. Y de ahí que, frente a la negativa de Moscú de hundir aún más los montos, la ciclópea compañía Saudi Aramco dio el consabido giro completo, medida con la que, insistamos, ansiaba “eliminar competidores, algo que suena sencillo, pero es difícil de concretar”.

Rememoremos que, si bien los tres señeros en el sector son EE.UU., Rusia y Arabia Saudita, la última está perdiendo cuotas de mercado, y, aunque tiene margen aún, dados sus menores costos, ello no basta. Como señala El País, anota Zibechi, “la monarquía parece haber olvidado su fracaso anterior: ‘A los inversores la situación les recuerda demasiado a 2014, cuando los saudíes abrieron el grifo para tratar de expulsar a parte de los productores de fracking de Texas y el botín obtenido fue mucho menor de lo esperado: quebraron muchas firmas dedicadas a la obtención de crudo por fracturación hidráulica, pero Washington acabó saliendo reforzado como primer productor mundial’”.

Hoy día podría estar ocurriendo algo similar, por supuesto. “El mismo diario español reconoce que las finanzas públicas de Rusia son ‘suficientemente sólidas como para convivir con los precios actuales’. En efecto, Rusia se viene preparando desde hace tiempo para enfrentar eventualidades como las actuales, previendo una escalada de tensiones en el mundo”.

De entre las medidas, Evgueni Biatov menciona en Sputnik una muy significativa: “Rusia ha cuadruplicado las reservas de oro en la última década. ‘Solo en 2018, el valor del oro depositado en el búnker de su banco central aumentó un 42% hasta los 109.500 millones de dólares, según datos de Bloomberg’”.

Asimismo, dispone de un mercado de hidrocarburos asegurado. El gasoducto Fuerza de Siberia suministra gas al norte de China desde la región de Yakutia. Conforme a “la BBC, el llamado ‘acuerdo del siglo’ entre el grupo Gazprom de Rusia y la Corporación Nacional de Petróleo de China implicó una inversión de 55.000 millones de dólares”. Por ello, deviene impresión generalizada que el vasto territorio está apercibido para una circunstancia tensa y difícil, y que no será puesto de rodillas. Además, acotan miríadas de peritos, no en balde en los últimos años se han fortalecido cofrades como el “dragón” e Irán, y ganará quien muestre más resistencia.

Por lo pronto, Europa y los Estados Unidos se están negando a comprar el carburante a Riad, que se enfrenta a dificultades para encontrar nuevos clientes. Lo peor es que al parecer el entuerto no se resolverá con brevedad, por la universal escasez de instalaciones de acopio. Ello, unido a la recesión explayada, integra un binomio lóbrego para los sauditas, augura The Wall Street Journal.

En última instancia

Pero hay quien profundiza más. Y esgrime el argumento de que como trasfondo del colapso se erige “una guerra económica mundial entre Rusia y Estados Unidos”, de consecuencias atizadas por la pandemia, claro. Desde esa óptica, la primera estaría tratando de expulsar de la palestra crematística el petróleo y el gas de esquisto (o de lutita), que, declarado sea de paso, afrontan una disminución y, tras el derrumbe de los importes, se podrían convertir en mercancías completamente irrentables.

Así que para no pocos, entre ellos Behrooz Abdolvand, conocedor consultado por Sputnik, el desplome se ha convertido en un desastre para… los EUA, que están derivando en el gran perdedor de la puja, a expensas de la “política mercantilista de Trump”, quien con ella “preparó una base económica para una crisis económica mundial y una guerra económica mundial. Y ahora vemos ecos de esos eventos”.

Cuando pergeñábamos esta columna reparábamos en aseveraciones de Alberto Rodríguez García en RT. Es el nuestro un orbe despiadado en que “el mercado existe para que el grande pueda comer al pequeño. El precio del barril de petróleo ha caído, y el panorama no es nada esperanzador. El margen de beneficio cada vez es menor y muchos proyectos ni siquiera pueden cubrir el coste, por lo que solo el más preparado sobrevivirá. Y el momento demostrará si ‘el pez grande’ realmente lo es o si el poder que vemos no es más que la proyección de una sombra amplificada por el fulgor de su ocaso”.

Empero, más allá de las lucubraciones acerca de naciones vencedoras y derrotadas –por cierto, a la postre, AS daba su brazo a torcer y se avenía a deprimir la producción–, coincidamos con Claudio della Croce (CLAE/estrategia.la) en que quedan abiertas cardinales interrogantes sobre el futuro: ¿hacia dónde se moverá la economía universal?, ¿qué procesos de reorganización social advendrán?, ¿responderán estos a las necesidades de las “muchedumbres” o seguirán beneficiando a las élites?

Aquí agreguemos una aseveración optimista. En un ámbito de crisis sobre crisis, podría cristalizar –¿por qué no?– un tiempo de cambio revolucionario. Y por supuesto que de nosotros dependería.


Eduardo Montes de Oca

 
Eduardo Montes de Oca