1
Publicado el 1 Julio, 2020 por Delia Reyes Garcia en Opinión
 
 

El Caballero de París con nasobuco

Por DELIA REYES GARCÍA

“Uno aprende que estás de paso, y el tiempo es invaluable…”, reconoció conmovido el crítico de cine y periodista Joel del Río, al ser entrevistado para la miniserie documental Selfies. Rostros en la pandemia, del realizador Arturo Santana. Dicen los más acérrimos machistas que los hombres no lloran, pero Joel no tuvo prejuicios al expresar sus sentimientos con lágrimas en los ojos, porque “vivir es lo más importante”.

Este hombre, como muchos otros enfermos, pudo reponerse a la COVID-19 que ya ha quitado la vida a más de medio millón de personas en el planeta. En Cuba, a pesar de los desvelos de médicos y enfermeras, y del permanente chequeo por parte de las autoridades del Gobierno y el Partido, han ocurrido –hasta el momento de redactar estas líneas– 86 decesos.

Aunque el Ministerio de Salud Pública, respaldado por los medios de comunicación, ha lanzado una verdadera cruzada para informar y alertar a la población sobre los peligros del SARS-CoV-2, en no pocos lugares de La Habana es apreciable la falta de percepción de riesgo que aún campea entre nuestros compatriotas.

Imágenes como esas se repiten. En la Plaza de Marianao van a vender carne de cerdo. La noticia corre como pólvora. La población comienza a hacer cola desde la noche anterior. Los más avispados se encargan de hacer una lista. A la mañana siguiente, horas antes de que abra el mercado, comienza a formarse el tumulto. La indicación de guardar distancia física cae en saco roto.

En el establecimiento Oro Negro de San Miguel, cada vez que van a sacar pollo, detergente, o cualquier otro producto deficitario en la red minorista, se forma igual avalancha. Las personas se amontonan unas encima de otras.

Las necesidades –reales, perentorias– que enfrentamos ante la escasez de alimentos y otros bienes, nos hacen olvidar que el coronavirus es un enemigo invisible, y como se ha detectado en las pesquisas realizadas, más de la mitad de los casos contagiados, son asintomáticos. Cualquiera puede tener la enfermedad sin saberlo, y transmitirla de manera inconsciente. En una cola eso puede ser fatal.

Además de quebrantar la disciplina en cuanto al distanciamiento imprescindible en los espacios comunes, hay otros lugares de la capital donde parece que ya pasaron las tres fases posCOVID-19. Las personas jugando dominó en las esquinas, niños correteando en las calles, música por lo alto, fiesta y pachanga… Incluso, no pocos, sin el nasobuco. Allí brillan por su ausencia los agentes del orden, las organizaciones políticas y de masas, y la conciencia ciudadana.

Es cierto, muy cierto, que en la capital todos estamos ansiosos por darle vuelta a la página y que lleguen tiempos mejores. Pero eso no será posible si mantenemos ese accionar irresponsable y gregario.

Solo recordar que La Habana acumula la mayor cantidad de las muertes por la COVID-19, y es la única provincia del país que no ha podido comenzar la etapa de recuperación tras la pandemia. El presidente de la República, Miguel Díaz-Canel Bermúdez, precisó al anunciar las medidas recuperativas que según los modelos matemáticos y epidemiológicos, el epicentro y la cola de la pandemia están en la capital, y este territorio demorará más que el resto para llegar a las diferentes fases.

De nosotros mismos depende, en buena medida, el que podamos caminar otra vez por el malecón, subir al mirador del Cristo de la bahía y contemplar una urbe que se mueve, o acostarnos en la arena de Santa María para que nos bañen las olas y el sol.

Tenemos que exigirnos –y exigir– que se cumplan las medidas sanitarias, en una ciudad donde hasta el Caballero de París, si reviviera, andaría La Habana con nasobuco.

 


Delia Reyes Garcia

 
Delia Reyes Garcia