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Publicado el 28 Julio, 2020 por María Victoria Valdés Rodda en Opinión
 
 

Lo que le debemos a Julian Assange

María Victoria Valdés RoddaPor MARÍA VICTORIA VALDÉS RODDA

“Solo le pido a Dios, que el dolor no me sea indiferente, que la reseca muerte no me encuentre, vacío y solo sin haber hecho lo suficiente”. No encuentro mejor motivación que estos versos de León Gieco para iniciar una defensa de la vida y la integridad de Julian Assange, expuesto a ser extraditado hacia los Estados Unidos. Consciente de la contundencia de su profesión, este hombre, que ahora se enfrenta a la posibilidad de una descomunal condena de 175 años, no dudó en dejar la zona de confort de las noticias fáciles y ramplonas para sumergirse en los turbios intríngulis del verdadero poder mundial.

Desesperada por la suerte de su hijo, Christine Assange ha solicitado su liberación, por temor a que pueda contraer el nuevo coronavirus en la cárcel de máxima seguridad de Belmarsh, Gran Bretaña. Conmueve el dolor de quien engendró a alguien que decidió asumir como suyo el decoro universal, que, como cada uno de nosotros, tuvo sus primeros pasos y balbuceos infantiles acompañado del amor maternal, ese que ahora ruega.

Conmueve el dolor de quien engendró a alguien que decidió asumir como suyo el decoro universal

Impuestos por un deber ético, en febrero de este año,  el Grupo de la Izquierda Unitaria Europea/Izquierda Verde Nórdica exigió  en Bruselas, en el Parlamento Europeo, que el acusado pudiera participar en su propio juicio al lado de la defensa, a propósito de las de filtraciones Wikileaks. De esa opinión es Clare Daly, quien, en su cuenta en Twitter, desde la misma Corte de la Corona de Woolwich, en Londres, lamentó lo que en su opinión es una violación a “los principios básicos de libertad de prensa, al derecho internacional y a los derechos humanos”.

Edward Fitzgerald, abogado defensor, por su parte, hizo resaltar  la naturaleza política de los cargos presentados por la fiscalía estadounidense, al tiempo que recordaba que entre los Estados Unidos y el Reino Unido existe un tratado por el cual queda claramente establecida la prohibición de extradición por supuestos delitos de ese tipo. En cambio, no se ha valorado, con toda la carga sensible que requiere el asunto, la libertad condicional, que la propia Ley contempla tras haberse cumplido la mitad de la sentencia a 50 semanas de cárcel, impuesta por la justicia británica.

una violación a “los principios básicos de libertad de prensa, al derecho internacional y a los derechos humanos”

El verdadero problema

Hasta las filtraciones de WikiLeaks el ciudadano común de este siglo XXI hojeaba sin demasiadas preocupaciones el libro 1984, de George Orwell, escrito en una época de horror “superada” pero que perfilaba los visos de una Guerra Fría donde el espionaje entre las potencias mundiales se convirtió en un secreto a voces. Pues bien, hasta 2010, en las megaciudades del lujo y la modernidad, como Nueva York, París o Tokio, el ciudadano común se sonreía ante las páginas de esa obra de ciencia ficción. Hubo entonces un punto de viraje frente a esa calmosa forma de vivir.

El parteaguas fueron precisamente las revelaciones de Assange, quien, a través de las tecnologías de la informática, presentó pruebas sobre la existencia del SIPRNet, un protocolo secreto de redes de enrutado de Internet, operado por el Departamento de Defensa yanqui para alojar información confidencial. El bloguero  Katu Arkonada, miembro de la Red de Intelectuales en Defensa de la Humanidad, sostiene que “las filtraciones de Collateral Murder o Irak War Logs, en abril y octubre de 2010, abrieron el camino para que en 2013 Edward Snowden (exiliado actualmente en Rusia) filtrara la información sobre los programas PRISM y Xkeyscore de la Agencia de Seguridad Nacional (NSA) estadounidense. Programas que servían para obtener y analizar de forma masiva datos y metadatos recogidos de compañías como Google, Facebook o Apple”.

“las filtraciones de Collateral Murder o Irak War Logs, en abril y octubre de 2010, abrieron el camino para que en 2013 Edward Snowden (exiliado actualmente en Rusia) filtrara la información sobre los programas PRISM y Xkeyscore de la Agencia de Seguridad Nacional (NSA) estadounidense

Aguijoneado por los develamientos de esos seres valientes, el intelectual Ignacio Ramonet publicó en 2016 El imperio de la vigilancia, el cual aborda algunas leyes de varias naciones que protegen parcialmente el “derecho” de dichos Estados “democráticos” a espiar a la gente. Los eventuales cuestionamientos morales son zanjados por el “Gran Hermano” al justificar que se actúa solo para controlar la violencia terrorista, conducente a probables asesinatos masivos. Ramonet pone, como Assange, el dedo en la llaga al llegar a la raíz del problema. Esta apunta directamente a la voracidad por las ganancias  –a cualquier costo– de las corporaciones comerciales, de las empresas publicitarias, de los partidos políticos y hasta de las autoridades globales que, tal como señala el autor franco-español, a través de la National Security Agency (NSA) norteamericana, se “constituye en el robo de datos más colosal de la historia […], que afecta a miles de millones de personas que utilizan cada día los servicios de Facebook, Gmail, Skype o Yahoo en los cinco continentes”.

Implicaciones para el periodismo

Cada país determina con soberanía las normas y leyes que rigen su sociedad; sin embargo estas no deben estar de espaldas al derecho internacional. Es conocida la rica historia de la jurisprudencia estadounidense. En ese sentido, los periodistas de ese país Amy Goodman y Denis Moynihan muestran preocupación porque el caso Assange podría asestar allí un gran golpe a la libertad de prensa. Ambos sostienen que el “Congreso no podrá hacer ninguna ley […] que limite la libertad de expresión, ni la libertad de prensa”, pues así lo refrenda la Primera Enmienda de la Constitución de los Estados Unidos. En esta oportunidad, no obstante, denuncian que “por primera vez, un editor está siendo procesado en virtud de la Ley de Espionaje, que data de la Primera Guerra Mundial”.

“por primera vez, un editor está siendo procesado en virtud de la Ley de Espionaje, que data de la Primera Guerra Mundial”

En un inicio, el australiano fue acusado formalmente por el delito de intentar ayudar a un informante del Ejército estadounidense (Chelsea Manning) a ingresar en un sistema informático militar. Luego, el Departamento de Justicia emitió una acusación adicional, en la que se sumaron 17 cargos más, por violar la Ley de Espionaje. Ante esta realidad, el Comité editorial de The New York Times admite que “los nuevos cargos podrían tener un efecto escalofriante sobre el periodismo estadounidense tal como se ha ejercido durante generaciones”.

Mientras el mundo desarrollado se debatía por cuál crema de afeitar decantarse o ante qué nueva cadena de hamburguesas sucumbir, los acontecimientos de inmensa parte de la humanidad transitaban por una estela de desgracias “impublicables”. “Si de algo es culpable Assange es de habernos abierto los ojos ante los crímenes de guerra estadunidenses –nos dice Katu Arkonada–, de ponernos delante los manuales de tortura de Guantánamo, o el video Collateral Murder, donde helicópteros AH-64 Apache abrían fuego en las calles de Bagdad y masacraban a 11 civiles, entre ellos dos colaboradores de Reuters”, los iraquíes Namir Noor-Eldeen y Saeed Chmagh. Este crimen, perpetrado en 2007, estuvo en el centro de atención de la agencia de noticias británica, la que le ha solicitado en varias oportunidades al Pentágono que se pronuncie con veracidad sobre los hechos. Únicamente el vídeo filtrado por WikiLeaks evidenció toda la trama.

“los nuevos cargos podrían tener un efecto escalofriante sobre el periodismo estadounidense tal como se ha ejercido durante generaciones”

Mas no fue este un episodio aislado; la plataforma de denuncia creada por el australiano develó también en esa misma época que los militares de la cárcel de Guantánamo se regían por un manual secreto, contentivo de instrucciones para los interrogatorios de los presuntos terroristas (igualmente explicado en el libro Terapia de Shock, de Naomi Klein). Se les proponían técnicas psicológicas como negarles el sagrado Corán o las visitas de los funcionarios de la Cruz Roja, para “explotar la desorientación y la desorganización que siente un detenido recién llegado”.

En el artículo “Wikileaks humilla al Cibercomando”, el abogado argentino Mario Ramón Duarte defendió, tempranamente en 2010, a Assange al calificar de que “con su audaz estrategia de coordinación entre los medios tradicionales y los llamados medios sociales, Wikileaks ha ganado la primera gran batalla de la ‘Era de Información’ contra los mecanismos que en las últimas décadas han utilizado los Estados Unidos y sus aliados gubernamentales y mediáticos para influir, controlar y coaccionar a todo el planeta”.

Los más de 250 000 informes de las oficinas diplomáticas de Estados Unidos en el mundo son para este experto “un golpe demoledor” tanto para la política imperial norteamericana como para “los medios tradicionales” que fueron “domesticados”. Y “ahora estos saben que tienen que adaptarse a la nueva era, la del ciberespacio, con sus millones de fuentes autónomas de información, que han resultado ser una amenaza decisiva a la capacidad de silenciar en la que se ha fundado siempre la dominación”.

En el ejercicio de la “profesión más noble del mundo”, el periodista australiano asumió el reto de la verdad profunda, la que subyace en las decisiones hegemónicas de quienes presumen de ser los más fuertes del orbe. De hecho, lo son, pero no imbatibles. Assange sabía a qué se enfrentaba porque el Centro de Contrainteligencia del Ejército estadounidense elaboró un documento secreto –filtrado y publicado por WikiLeaks– donde se calificaba a la web de denuncia como “una potencial amenaza a la protección de las fuerzas, las operaciones de contrainsurgencia, la seguridad operacional y de seguridad de la información del Ejército de los Estados Unidos”.

Pero su conciencia habló más alto, porque como él mismo confesara un día, “cada vez que somos testigos de una injusticia y no actuamos somos más pasivos ante su presencia y con ello podemos llegar a perder toda habilidad para defendernos y para defender a quienes queremos”.

“cada vez que somos testigos de una injusticia y no actuamos somos más pasivos ante su presencia y con ello podemos llegar a perder toda habilidad para defendernos y para defender a quienes queremos”

Nada de indiferencia

Previamente a la llegada de la COVID-19 a Europa, e incluso en medio de esa contingencia sanitaria, miles de personas de Gran Bretaña y de otras partes del Viejo Continente decidieron agruparse en torno a una iniciativa que clama por la liberación del activista. En las redes sociales circula el siguiente mensaje: “Instamos a todos los periodistas a hablar en defensa de J Assange en este momento crítico. Los tiempos peligrosos exigen un periodismo sin miedo #JournalistsSpeakUpForAssange”. Esta campaña involucra hasta el momento mil 200 comunicadores de 98 países, cifra que deberá ir incrementándose cuando el sentido de solidaridad se instale en el razonamiento colectivo. La nueva pandemia no debe sustraernos de las causas nobles que han quedado pendientes. Hay, asimismo, numerosas páginas de Facebook como Free Julian Assange y decenas de miles de llamados en Instagram por la vida del honorable informático.

En tanto su compatriota, Phillip Adams, ha colectado en Internet 365 000 firmas pidiendo a las autoridades de Camberra un mayor involucramiento, por considerar que “Julian Assange es un ciudadano australiano y como tal es responsabilidad primordial de este Gobierno protegerlo y asegurar que sus derechos humanos no son violados”.

La nueva pandemia no debe sustraernos de las causas nobles que han quedado pendientes

Sirva, pues, la advertencia del Imperio de la vigilancia, de Ramonet, para que las amenazas que pesan sobre Assange no devengan una cuota más de la impunidad con que el imperialismo estadounidense se arroga la potestad de intimidar a los pueblos. Lo que hace también en áreas de una importancia estratégica: la información, la cual, a tenor con la Cumbre Mundial sobre la Sociedad de la Información, debe ser libre.

Tomar el control

En el portal de la Organización de las Naciones Unidas para la Educación, la Ciencia y la Cultura (Unesco) se señala que, de acuerdo con la Resolución 56/183 de la Asamblea General de la ONU, la Cumbre Mundial sobre la Sociedad de la Información (CMSI) se llevó a cabo en dos fases, una en 2003 y la otra en 2005. De cualquier manera, se trató de un “foro en el que múltiples partes interesadas, incluidas las organizaciones internacionales, los gobiernos, el sector privado y la sociedad civil pudieron discutir las oportunidades del nuevo ambiente de información y comunicación, así como afrontar retos como la desigualad en el acceso a la información y la comunicación llamada ‘brecha digital’

necesidad de una Carta de Internet, donde, a semejanza de la de las Naciones Unidas, se establezcan normas globales sobre los derechos digitales, su defensa y garantía, en un ejercicio democrático y digno de la realidad y su reflejo. Se lo debemos a Assange

Entre sus muchos postulados, esta entidad de la Unesco defiende la libertad de expresión y el acceso universal a la información como “piedras angulares de las sociedades del conocimiento integradoras”, por eso ha aprobado una serie de documentos y acciones, como el Foro de la Gobernanza de Internet (Internet Governance Forum – IGF) y el Grupo de las Naciones Unidas sobre la Sociedad de Información (UN Group on the Information Society–UNGIS). Pero todavía dista bastante para que ambos puedan cumplir con su cometido, porque la información es manipulada, cuando no tergiversada u ocultada, a conveniencia de los intereses empresariales, en primer lugar. Tampoco podemos olvidar las manipulaciones que de ella hacen no pocos políticos para adueñarse del mando de cadenas de poder geoestratégicos; los de Estados Unidos descuellan entre todos.

Es así como el analista franco-español nos insta a crear una hoja de ruta que proyecte otras formas de resistencia y de denuncia por medio de herramientas de seguridad informática, propiciadoras de una circulación transparente y segura de la información, y apuntando a una revolución fundamental: la necesidad de una Carta de Internet, donde, a semejanza de la de las Naciones Unidas, se establezcan normas globales sobre los derechos digitales, su defensa y garantía, en un ejercicio democrático y digno de la realidad y su reflejo. Se lo debemos a Assange.


María Victoria Valdés Rodda

 
María Victoria Valdés Rodda