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Publicado el 17 Agosto, 2020 por María Victoria Valdés Rodda en Opinión
 
 

LÍBANO: Una gran catástrofe humana

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María Victoria Valdés RoddaPor MARÍA VICTORIA VALDÉS RODDA

Al redactr este comentario se contaban 160 muertos, cerca de seis mil heridos y centenares de desaparecidos tras la descomunal detonación en el puerto de Beirut. Este acontecimiento ha convulsionado a la de por sí muy compleja sociedad del Líbano y no pocos esfuerzos se han vertido en el intento de prefigurar el futuro del territorio, por su valor geoestratégico en el Levante.

Desde hace poco más de un año se registra un creciente descontento popular, que se patentiza en plazas y calles, con llamados a renuncias gubernamentales y, aunque pareciera que la tragedia de la explosión debe unir voluntades, lo cierto es que el pueblo ha exigido la dimisión del Ejecutivo –lo que finalmente ocurrió–, porque sostiene que el lamentable suceso del 4 de agosto fue causado por la negligencia y la corrupción. Ante esto, el presidente Michel Aoun ha jurado mano dura contra los responsables del depósito de 2 700 toneladas de un fertilizante altamente inflamable que terminó por devastar los almacenes, entre ellos los grandes silos de trigo.

En el panorama sobresalen el costo social del nefasto episodio y la correspondiente posibilidad de una hambruna, a partir de que la rada capitalina es la de mayor calado; por ella entran casi la totalidad del comercio y específicamente alimentos, 80 por ciento de los cuales se importan. A lo que se añade dos datos cruciales: la libra libanesa se ha devaluado 90 por ciento, ante la escasez de divisas extranjeras, y la deuda es de 90 mil millones de dólares, alrededor de 170 por ciento del PIB. Los precios de los víveres básicos y otros renglones han sufrido, por tanto, un aumento gigantesco.

El Plan Estratégico para el Líbano 2018-2020, del Programa Mundial de Alimentos, refiere con preocupación que el 49 por ciento de la población no tiene acceso a suficiente comida, mientras el 31 por ciento no consume productos sanos ni nutritivos. Ahora inevitablemente se incrementarán limitaciones como las mayúsculas pobreza y desigualdad de ingresos, las considerables disparidades territoriales. Y a pesar de haber contado con una asistencia humanitaria internacional de cinco mil 200 millones de dólares, el llamado país de los cedros recaba en estos momentos un colosal apoyo mundial, probablemente de menor cuantía que el necesario, como consecuencia de la pandemia de la COVID-19. Entonces, se hacen guiños de solidaridad tales los de Francia, que, si bien tiene nexos históricos por haber sido la metrópolis, se inserta en ese gran juego de poderes que se lleva a cabo entre Occidente y potencias emergentes como China y Rusia.

Al primero lo mueven intereses financieros, si es que deviene posible ordeñar todavía más a una decadente economía (el FMI seguía sin pronunciarse al momento de escribir estas líneas). Al gigante asiático lo motivan sus planes relativos a la Ruta de la Seda, mientras que a Rusia hay que asumirla como lo que es: un actor fuerte en lo militar en relación con la guerra en Siria, vecino que, dicho sea de paso, tiene fuertes vínculos de todo tipo con el Líbano. Así las cosas, resulta aventurado hacer pronósticos políticos y geoestratégicos; los acontecimientos internos se precipitan. Pero no me cabe duda de que habrá una incidencia terrible en las condiciones del pueblo, y este no espera.

 

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María Victoria Valdés Rodda

 
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