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Publicado el 19 Agosto, 2020 por Redacción Digital en Opinión
 
 

¿Más o menos Trump?

Elsa Claro

Foto en RE EVOLUCION-wordPrees.com

Por Elsa Claro

Esto no es un partido de fútbol, pero se parece, al menos en las apuestas. En favor de Donald Trump disminuyen las quinielas con el desenganche de muchos fieles. Si el sistema electoral fuera regido por el voto directo, ya sería posible vaticinar su derrota. Ser desaprobado por cerca del 60 por ciento de los norteamericanos, algo dice ¿no?

Recapitulaba The New Times por estos días que la esclavitud imperó en el diseño original de los comicios presidenciales. La asignación de votos para cada Estado se hizo tomando el otorgamiento de escaños en el Congreso a partir de las tres quintas partes de los esclavos que tuviera cada sitio. Ese esquema dio a los sureños blancos un influjo “desproporcionado en la elección de los presidentes”, recuerda el rotativo, aludiendo además a la fuerte oposición hasta la fecha a establecer el voto directo de los ciudadanos.

El sistema imperante tiende a favorecer a Donald Trump, pero él con su lujuria egocéntrica gesta un autogol. Sobre todo, por su irresponsable obrar ante la epidemia del SARS-CoV-2. En otros sucesos, su frivolidad bravucona fue criticable, pero su enfoque de la Covid-19 equivale a un incendio insaciable. Patente en los cinco millones de contagiados y las 161 800 muertes registradas cuando escribimos estas líneas.

Cálculos científicos aseguran que esa tragedia pudo tener ritmo y cuantía inferiores, si, en lugar de las majaderías empleadas desde el inicio, hubiera encarado con seriedad la pandemia. Ante lo grave y gigantesco del fiasco, inventó culpables. Mas incluso aceptando que China ocultara datos, ello no justificaría el que una vez detectado el virus en territorio estadounidense se expandiera tanto y siga prosperando.

Resultados rengos se esperan también de los paliativos para los daños económicos. En un primer momento, el Congreso aprobó un rescate de casi tres billones de dólares. Con gesto personalista, Trump ordenó la distribución de cheques con su firma, como si salieran de su bolsillo y no de los fondos federales. Politiquería usando la desgracia en su provecho.

A la altura de julio, con la emergencia sanitaria sin aplanarse, la Casa Blanca boicotea la segunda propuesta de los demócratas para otro rescate. El mandatario concluyó imponiendo por decreto la mitad del presupuesto solicitado por los congresistas e insiste en activar una prematura “normalidad”.

Lo legislado “brinda poca ayuda real a las familias. Además, estos anuncios no hacen nada para aumentar los test (sobre el nuevo coronavirus), nada para reabrir las escuelas, nada para poner comida en la mesa de las familias hambrientas, nada para evitar que los héroes (personal médico) sean despedidos por el Gobierno, nada para proteger al Servicio Postal o la integridad de nuestras elecciones, nada sobre muchas necesidades críticas del pueblo estadounidense”, afirmaron sobre la decisión minimalista del presidente la jefa de la Cámara Baja, Nancy Pelosi, y el líder de la minoría en el Senado, Chuck Schumer.

El subterfugio para la constipada cifra es evitar un aumento de la deuda nacional, superior a los 23 billones de dólares, o el 110 por ciento del PIB.  Archisabido que sin Covid-19, el déficit estatal existe hace tiempo y es una enfermedad casi incurable si se insiste en recetas inoperantes.

Las argucias de Trump para restringir las ayudas esquivan toda referencia a lo poco generoso del gasto público con los usufructos sociales (educación, sanidad, pensiones). Entretanto, la suya es una administración particularmente espléndida con el presupuesto militar (740 mil millones de dólares). No es barato mantener 900 bases en este ancho mundo, solo por conservar una impugnable hegemonía.

En paralelo, corren otros déficits, acrecentados por Trump, con el cierre de instituciones preventivas de gran ayuda en contingencias como la actual y falencias increíbles, dadas en la carencia de mascarillas y otros medios, pese a tanta riqueza malbaratada. Muy fea, por además, la insolidaridad evidenciada al piratear insumos a otros países.

¿No hay zanahorias?

La política de sanciones estadounidense es parte de esta historia. Rebasa las lindes de la convivencia política y el derecho internacional. Son castigos para someter a quienes no ceden soberanía, y llega a ser tan pertinaz que choca con sus asociados, en temas económicos (el gasoducto ruso North Stream II, los aranceles) exigiendo erogaciones para una OTAN sin sentido hoy, usando humillantes coartadas.

Alemania, Francia e Italia acaban de abandonar negociaciones para una reforma de la Organización Mundial de la Salud pues la administración de Trump quiso robarse la jefatura de esos tratos, olvidando que abandonó la OMS (antes al pacto climático, la Unesco, los acuerdos nucleares), colocándola en condición de culpable y “encubridora” de China. Los principales gobiernos del Viejo Continente parecen negados a ser testaferros de otra grosera mascarada.

La disputa abierta sobre quién va a dirigir el Banco Interamericano de Desarrollo (BID) tiene valencias parecidas. El presidente pretende nominar a un estadounidense (nada menos que a Clover-Caronne) pero en la región no aceptan, toda vez que ese cargo siempre fue ocupado por un latinoamericano y la entidad es un sujeto regional al margen de la funesta OEA. Dista de lo ideal para auspiciar el desarrollo de la zona, pero en sus propósitos fundacionales existen factores unitarios susceptibles de perecer con jefatura tan controversial.

El enfrentamiento mercantil y tecnológico con China, los hechos capciosos contra Rusia, y tantos, están en la lista de despropósitos de Trump. Desatinos nada ausentes dentro de Estados Unidos. El trato dado a quienes protestan por temas raciales, la imposición de tropas tipo carabineros chilenos actuando sin permiso de los gobernadores, las amenazas hacia quienes osen contradecirlo, están entre los hechos agravados por el brusco descenso económico. Baza contra su reelección.

El magnate conserva apoyo en los supremacistas blancos y estamentos sectarios que él aúpa ahondando la división de la sociedad norteamericana, fragmentada por corpulentas discordancias. En su favor tiene al Colegio Electoral, si como en el 2016 la mayoría de esos 538 electores le dan su voto, contra la voluntad popular. Tiene adeptos propios, sí, pero pocos en los 22 millones de personas sin trabajo, cuando los estimados de la Organización para la Cooperación y el Desarrollo Económicos  (OCDE) conjeturan que EE.UU. demorará en recuperar el empleo pre-pandemia.

Este esbozo, incompleto, basta para temer que en noviembre el dinosaurio se quede ahí.


Redacción Digital

 
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