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Publicado el 2 Septiembre, 2020 por Redacción Digital en Opinión
 
 

Elecciones en EE.UU., entredós y tira bordada

Elsa Claro

Foto en RE EVOLUCION-wordPrees.com

Por ELSA CLARO

El 5 de septiembre de 2018 se divulgó una carta suscrita por un alto funcionario de la administración de Donald Trump. Dejando en claro no estar relacionado con ninguna tendencia de izquierda, se quejaba de lo muy difícil que era trabajar con quien tiene “un estilo de liderazgo irreflexivo, conflictivo, mezquino e ineficaz. Esa conducta errática sería más preocupante si no existieran héroes anónimos en y alrededor de la Casa Blanca” atajando los despropósitos y la carencia de moral, sin principios defendibles en la toma de decisiones del presidente.

Ni esa andanada ni sucesos confirmatorios posteriores impidieron que el Senado republicano resguardara al arrogante y díscolo mandatario cuando fue puesto en picota pública por los demócratas, de quienes se afirma no llevaron tan lejos como era posible el intento de hacerle un juicio político. Al propio tiempo, tiene el apoyo de grupos como QAnon, popularizado a través de las redes sociales, que ponen ruta a su favor solapando, con datos falsos, el mal manejo de la Covid-19, o diseminando falsedades contra figuras demócratas notables. Es un colectivo asentado en teorías conspirativas irracionales. Que el mundo está regido por pedófilos adoradores de Satanás, por ejemplo, y Trump está encargado de liquidar el control de esos impíos sobre la política y la prensa.

Si no constituyera una corriente en desarrollo, empeñada en reelegir al gobernante, y si él no la hubiera elogiado públicamente, carecería de relevancia, pero imposible subestimarla de cara al 3 de noviembre. No es la única fuerza extremista con simpatía hacia el jefe de Estado. Dispone también del entusiasta aval de los supremacistas blancos, a quienes volvió a justificar, mientras calificaba las pródigas manifestaciones de violentas, delincuenciales.

El jefe de la Casa Blanca ha adulterado los hechos tantas veces, que viendo su plataforma y la de QAnon o los no siempre encapuchados kukuklanezcos se hace difícil decidir quién influye sobre quién. Esos prolegómenos reinaron en la Convención Republicana, con sede presencial en Carolina del Norte e intervenciones virtuales, donde fue desplegado un catálogo de recursos retorcidos y autobombo ridículo, loado en tono salaz en sectores afines. Con una elevada dosis de megalomanía, él –sus hijos y los principales cofrades– divinizó su gestión, y aseguró que, en un segundo mandato, proseguiría en su empeño de bajar los impuestos a las grandes fortunas, del proteccionismo y de lograr esa “América primero” que en sí significa “Después de mí el diluvio”.

Como era de esperarse, cargaron la mano contra Joe Biden y su partido, sin dejar fuera a Kamala Harris, elegida para una eventual vicepresidencia demócrata, que la elevaría como la primera mujer en ese cargo y que de momento –puede que igual luego– es la pizca de sal y pimienta que le faltaba al circunspecto Biden, obligado por el SARS-CoV-2 a una campaña algo sosa. El leitmotiv republicano estuvo centrado en convencer de que la plataforma y las intenciones del candidato demócrata son “un caballo de Troya para [instalar] el socialismo” en Estados Unidos. Así se precisa en un spot de la campaña ultraconservadora.

Tras del partido opositor “están las mismas organizaciones que han destruido países como Cuba o Venezuela”. Ideas de este cariz se repiten en variantes poco imaginativas y fueron propuestas por Kimberly Guilfoyle, presidenta del comité de finanzas de Trump, o por Victory, pareja de Donald Trump Junior, secundadas por otros ultras, que califican de medidas radicales y nocivas propias de regímenes autoritarios las promesas de mejoras en los sectores educacional, sanitario, o cierta mesura con respecto a los emigrantes y un aumento del salario mínimo.

Asimismo, insisten en hacer creer a la ciudadanía la falsedad de que Biden le quitará sus derechos a la Policía, cuando lo planteado es prohibirle, eso sí, el abuso con frecuencia letal contra afrodescendientes y latinos. “Parece que no quieren proteger a los ciudadanos del crimen, sino a los criminales”. Sintético y efectivo, el criterio fue expuesto por los McCloskey, un matrimonio de Saint Louis, Missouri, que criticó el inexistente esfuerzo de los demócratas en dañar las fuerzas del orden. Ambos se dieron a conocer tras amenazar con sus armas a manifestantes pacíficos. Trump los usó en su convención, y horas después, por si acaso, determinó enviar tropas federales a Kenosha, Wisconsin, donde un agente disparó siete veces por la espalda a Jacob Blake, de 29 años. De nuevo la justificación, tuiteando: “No permitiremos el saqueo, los incendios provocados, la violencia y la anarquía en las calles estadounidenses”. Miedo a ajenos o connacionales y agresividad superlativa como política de Estado para aplastar la exigencia de derechos legítimamente exigidos.

El otro lado de la Luna

Diferente –ya se sabrá cuánto– aparece la plataforma demócrata. Esta prevé amplias inversiones en infraestructura y crear empleo. Apoya una vieja aspiración de gratuidad en las universidades públicas y otros niveles de enseñanza para familias de insuficientes ingresos. Defiende mantener o ampliar servicios sociales estancados o instituciones científicas suprimidas por Trump. “Después de todo este tiempo”, aseguró Biden, “el presidente aún no tiene ningún plan. Yo si lo tengo”. Y, como relativa novedad, quiere que las empresas y el mal acreditado uno por ciento de los ciudadanos privilegiados “paguen su parte” a la sociedad con tasas impositivas adecuadas. A Trump le molesta esa oferta. Sería uno de los “perjudicados” por su condición de magnate en activo.

“No dejen que les quiten su poder. No dejen que les quiten su democracia”, dijo Barak Obama en su respaldo a Biden, enfatizando la condición de persona estable y decente del aspirante y su capacidad de gestionar tiempos muy difíciles, no ya por la agobiante pandemia, el triste récord de contagiados y fallecidos, sino por los desajustes económicos, la enorme deuda federal, la rebeldía sociorracial desatada. La Harris, elegida entre un grupo de mujeres prominentes, no tira tanto hacia las mejores salidas de varios males acumulados, con la visión más progresista cuyos exponentes son Bernie Sanders o Elizabeth Warren, pero la senadora jamaiquino-hindú aporta al dúo propuesto para hacerse cargo del país en los próximos cuatro años noción del ordenamiento jurídico, tan escorado por los ultraconservadores del entorno de Trump, y pudiera agregar dinamismo a la fórmula si llega a la Casa Blanca.

Dicen que los demócratas funcionan mejor cuando atraviesan por etapas críticas. Si triunfan en noviembre, deben apañárselas en medio de una fuerte realidad y de compromisos arriesgados. Tampoco hay que engañarse: aunque la propuesta liberal revista cariz positivo comparada con el más de lo peor, si es Donald Trump el agraciado no se olvide que los dos aspirantes son sujetos del sistema o, como se suele aseverar, dos caras de la misma moneda, aunque un lado arañe soez y el otro use –más o menos, y para ciertas cosas– elegantes guantes de seda.


Redacción Digital

 
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