1
Publicado el 1 Septiembre, 2020 por María Victoria Valdés Rodda en Opinión
 
 

Ganancia, eterna meta del capitalismo vs Covid-19

Compartir

María Victoria Valdés RoddaPor MARÍA VICTORIA VALDÉS RODDA

Las tensiones mundiales se evidencian en esta época infausta también en el terreno de la sanidad, porque, como bien expone Jaime Chuchuca Serrano en su texto “La pandependencia y la guerra de las vacunas”, la pandemia “no es solo un concepto médico; hoy es sobre todo geopolítico, económico, filosófico, psicológico, cultural, ideológico, educativo, comunicativo, y atraviesa la estructura de la sociedad para entrelazarse con las dinámicas objetivas y subjetivas de la reproducción”.

Así que cuando Rusia informó, este 11 de agosto, que el Instituto Gamaleya, de Moscú, después de menos de dos meses de ensayos en humanos, tenía la primera vacuna contra el nuevo coronavirus, la suspicacia de sus oponentes se disparó a niveles demenciales y no faltaron declaraciones de los grupos farmacéuticos dominantes en un intento por contener la eventual distribución del candidato ruso, en desmedro de los suyos.

Por ejemplo, Stephen Hoge, presidente de Laboratorios Moderna, en alusión a un producto por ellos desarrollado, adelantó que esperaba que “en el otoño o al final de año tengamos datos que presentar a la FDA (Administración de Alimentos y Medicamentos, agencia del Gobierno de los Estados Unidos) para que tomen una decisión favorable”. Mientras que el director comercial de la empresa farmacéutica también estadounidense Pfizer, John Young, aseguraba que tenían “una línea de visión y un camino clínico claro para poder entregar hasta 100 millones de dosis de productos de vacuna a escala comercial en 2020 y hasta 1 300 millones de dosis de nuestra vacuna en 2021”.

¿Por qué esa carrera desenfrenada?

Tampoco han faltado en Latinoamérica los propagandistas interesados en probables beneficios de esos consorcios: el ministro interino de Salud de Brasil, Eduardo Pazuello, connotado hombre de negocios neoliberal, se apresuró en bendecir la vacuna desarrollada por la Universidad de Oxford y la empresa AstraZeneca, en el Reino Unido, como la mejor opción para enfrentar la COVID-19.

Pero ¿por qué esa carrera desenfrenada? Para nadie con conocimientos de política contemporánea es secreto que las corporaciones farmacéuticas generan ganancias descomunales porque sus productos, más que orientados a sanar, responden al orden esencial del capitalismo: producir mercancías y obtener altos dividendos. De ahí que en los últimos años esas grandes empresas hayan priorizado artículos para el cuidado del cutis y otra serie de lujos en franco descuido de la atención de enfermedades mortales para un Tercer Mundo que agoniza, básicamente porque su segmento prioritario de venta son los ricos, clase media incluida. Sin embargo, el SARS-CoV-2 vino a trastocar esa dinámica y ahora sí es rentable una vacuna contra un mal que nos aqueja a todos, si bien no con igual saña.

Nadie se llame a engaño: posiblemente el reclamo de la Organización Mundial de la Salud (OMS) a que las vacunas que surjan sean distribuidas gratuitamente quede en la lista de los deseos irrealizables, pues resultará harto difícil que las farmacéuticas renuncien a sus pingües ganancias, las cuales solo en 2019 ascendieron a 42 billones de dólares.

Compartir

María Victoria Valdés Rodda

 
María Victoria Valdés Rodda