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Publicado el 30 Noviembre, 2020 por María Victoria Valdés Rodda en Opinión
 
 

COVID-19: Mal común, responsabilidad común

Organismos de las Naciones Unidas reclaman a los ricos pensar primero en los pobres

María Victoria Valdés RoddaPor MARÍA VICTORIA VALDÉS RODDA

Pasado este 20 de noviembre, Día Internacional del Niño, el  UNICEF, organismo de las Naciones Unidas encargado de velar por la infancia en cada rincón del orbe, dio a conocer que se propone suministrar para 2021 dos mil millones de dosis de la vacuna contra el coronavirus a 92 países, en una operación “histórica y gigantesca”, noticia divulgada por la cadena rusa RT.

La tarea involucrará a 350 grandes aerolíneas y empresas de transporte. Sin embargo, su relevancia radica en los destinatarios: nada más y nada menos que el futuro de la humanidad, o sea, nuestra descendencia, y no una cualquiera, sino la de aquellos siempre preteridos a la hora del “¡sálvese quien pueda!”.

El enorme operativo estará dirigido hacia la África esquilmada, al Asia de los significativos contrastes y a la América Latina sumida en un pasado neoliberal ramificado en una deficiente salud pública. Aun con semejante pretensión del UNICEF, la Organización Mundial de la Salud (OMS), en la voz de su director general, Tedros Adhanom, alertó sobre la posibilidad de que los más ricos pisoteen a los más pobres del planeta “en la estampida por conseguir las vacunas contra la Covid-19”. También la India y Sudáfrica han requerido de la Organización Mundial del Comercio (OMC) que apruebe la exención temporal de una serie de patentes que protegen la propiedad intelectual de medicamentos esenciales en manos de las transnacionales farmacéuticas.

Y ese es el pero que siempre aparece cuando se intenta homogenizar ante crisis comunes la desigual distribución de la riqueza: la OMS acotó que para gestionar la accesibilidad a los fármacos autorizados “se requerirá de cuatro mil 300 millones de dólares inmediatamente y otros 23 mil 800 millones para el 2021”. ¿Cómo obtenerlos en una contracción económica pocas veces vista o con el lastre de la salida de EE. UU. de la OMS (julio 2020), en un acto prepotente, negándole contribución monetaria?

Hay señales de actitudes responsables y mancomunadas: en la última reunión del G-20, entidad proclive a mirarse en su propio espejo, este 23 de noviembre los jefes de Estado y Gobierno de las naciones más poderosas acordaron en la declaración final “no retroceder ante ningún esfuerzo para garantizar un acceso igualitario a las vacunas y hacer frente al coronavirus SARS-CoV2”. Más allá de la suspicacia pertinente al aludir a un grupo que ha expoliado al mundo, hay que ser cautos, aunque justos, a tenor con el momento terrible que todos compartimos.

Al concluir esta nota, comprobamos con dolor la apabullante cifra de más de 60 millones de contagiados a nivel mundial. De estos, más de un millón no pudo rebasar el mal. Actualmente hay un rebrote de la enfermedad, con los Estados Unidos a la cabeza. Lacera la dignidad humana saber que todavía en la ciudad de Nueva York hay miles de cuerpos de fallecidos en camiones refrigerados, porque no se les ha podido sepultar. Tampoco en la nación más rica del mundo los niños están a salvo de este virus, en medio de una propagación no vista desde antes de la vacuna contra la poliomielitis en 1955. Por su parte, la Unión Europea le sigue en contagios con una ola que peligra con la alegría de las Fiestas decembrinas. Además, ya circulan previsiones sobre una parálisis económica mayor que la llamada Gran Recesión de 2008, por lo que muchos en Facebook exclaman: “¡Acaba de irte 2020!”


María Victoria Valdés Rodda

 
María Victoria Valdés Rodda