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Publicado el 15 Diciembre, 2020 por María Victoria Valdés Rodda en Opinión
 
 

ISRAEL-EE.UU.: Unidos en las fechorías

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María Victoria Valdés RoddaPor MARÍA VICTORIA VALDÉS RODDA

Un nuevo vino sale al mercado mundial con sello terrible: Pompeo.

En loor del secretario de Estado norteamericano. ¿Qué hay de reprochable en un producto que lleva al nombre de un mandamás no precisamente dueño de algún viñedo en California? Infortunadamente la cosecha que da origen al rojo líquido se encuentra en la Cisjordania ocupada por colonos hebreos.

El comercio de Israel representa el 58 por ciento de su PIB. El territorio es famoso por los diamantes, los vehículos motorizados, los alimentos, las bebidas, los productos de inversión.  También sus armas ligeras sirven para atizar guerras locales africanas y ajustes de cuenta mafiosos, aunque igualmente cubren su propio mercado para ejercer intimidación contra el pueblo palestino, al que roba sistemáticamente tierras y esperanzas.

Rapaz, violento, colonialista, así se proyecta desde 1967 el Estado sionista, el cual no representa los valores reales del judaísmo ni la memoria de las víctimas del Holocausto. En un acto sin precedentes, Mike Pompeo visitó el bíblico suelo. Y para certificar la legitimidad de la usurpación, visitó los Altos del Golán, ocupados a Siria, y la Cisjordania palestina, colmada en 60 por ciento por más de 12 mil asentamientos y granjas ilegales israelíes. En una de ellas, en Psagot, se mostró feliz al respirar el aroma de las bodegas de Shaar Binyamin. “Una parte significativa de las uvas con las que se hace el vino provienen de una tierra saqueada”, acusó la organización judía anticolonización Paz Ahora.

¿Por qué viajó Pompeo a Israel justo antes de entregar su cartera en la diplomacia? Su jefe, Donald Trump, en su intento por dificultar la gestión de la próxima administración, envió un recado: los productos elaborados en la zona C, bajo la bota sionista, al exportarse hacia los EE.UU. deberán llevar la etiqueta Made in Israel y no en Cisjordania. No pudo ser más cínico el argumento: “Las nuevas pautas aseguran que las marcas del país de origen para los bienes israelíes y palestinos sean consistentes con nuestro enfoque de política exterior, basado en la realidad”.

Ciertamente, concuerdo, hay un contexto objetivo. Sin embargo, este pudiera ser diferente si la Casa Blanca, la de todos los tiempos, hubiera plantado cara a los crímenes de sus amigos sionistas, cuya influencia se evidencia en la nación norteña en disímiles instituciones, incluido el Congreso, a través del lobby judío.  Es esta la verdadera razón por la cual no prospera un Estado palestino. Circunstancia totalmente otra si el yanqui codicioso, con marcadas apetencias geoestratégicas, no suministrara a su aliado del Oriente Medio baterías de misiles o el Domo de Hierro –escudo protector–, sufragado por Washington con más de 700 millones de dólares.

La propia Agencia de Estados Unidos para el Desarrollo Internacional (Usaid), cuyo injerencismo resulta sobradamente conocido por los cubanos, sostiene que la ayuda financiera a Israel asciende a tres mil millones cada año. En esa línea de amparo al “matón del barrio”, EE.UU. lo entrena en inteligencia y espionaje. Fisgoneo que rinde frutos en arremetidas selectivas, como el atentado que, a finales de noviembre, acabó con la vida del científico Moshe Fakhrizadeh, especialista del pacífico programa nuclear de Irán, al que tanto temen Israel y su compinche yanqui, dado el ejemplo de soberanía y firmeza que emite a sus vecinos de un eventual Levante rebelde contra todos los vinos imperiales.

 

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María Victoria Valdés Rodda

 
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