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Publicado el 11 Diciembre, 2020 por Pastor Batista en Opinión
 
 

Yo confío

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Pastor Batista, corresponsal de BohemiaPASTOR BATISTA VALDÉS

Es un hecho real que Cuba entera se fue a la cama este 10 de diciembre, amaneció el 11 y ha continuado con el tema de la reforma salarial y de precio entre los labios.

Resulta lógico que así ocurra. No por anunciada, e incluso por esperada, la medida deja de tener un alto impacto en todos los sectores de la población. En quien trabaja, porque se pregunta si con los ingresos que devengará a partir de ahora podrá satisfacer las necesidades básicas. En quien no aporta ni un chícharo, porque desconoce, a ciencia cierta e incierta, si las canalitas visibles o subterráneas que le permitieron vivir sin trabajar hasta ahora podrán mantenerle igual status.

Percibo, sí, expectativa, incertidumbre, duda en una buena cantidad de ciudadanos. Pero también advierto bastante claridad y confianza en otros: no pocos.

¿Zona de duda?, como en la pelota: el asunto del desabastecimiento que hoy registra la red de tiendas a donde se supone deba concurrir la población no solo con el formal propósito de gastar el multiplicado dinero que empezará a percibir –y que debe circular, nunca estancarse- sino también con la real necesidad de adquirir productos y bienes imprescindibles para el sostén de cada familia.

Que en dichas unidades haya más (e incluyo, desde luego, cafeterías, restaurantes, hoteles…) depende, en mi inexperto criterio, de dos cosas.

Una de ellas es que el país pueda importar, y todos sabemos que para lograrlo se requieren grandes sumas de divisas que no caen del cielo, en medio, por demás, del bloqueo más bruto y brutal que haya conocido la humanidad. No lo vea usted como frase o excusa: ¡Es así!

El otro asunto, determinante, estratégico a mi modo de ver, se sustenta en lo que la nación sea capaz de lograr por sí misma, internamente, en virtud de nuestros propios esfuerzos, sacando desde el máximo fruto que da la tierra hasta el zumo de la industria, algo que, en mi también muy personal opinión, tampoco ha estado ocurriendo como potencialmente se puede.

Ojalá –y en eso coincido con mucha gente optimista- los cambios en que se adentra Cuba conlleven a que todos sintamos, además de motivaciones, la necesidad objetiva, casi obligada, de trabajar y de aportar.

Llevo años preguntándole a amigos, conocidos y desconocidos ¿de qué vive una familia en cuyo seno nadie trabaje? Hagámonos esa misma interrogante a escala de país.

Y ojalá, también, de forma paralela aseguremos mecanismos de organización, de control y de institucionalización que permitan poner fin a vicios, deformaciones y prácticas muy nocivas, cuyas raíces deben ser arrancadas de cuajo ya, como suele hacer el guajiro con la mala yerba o con el invasivo marabú, para evitar que se sigan ramificando.

El Presidente cubano Miguel Díaz-Canel Bermúdez, el Primer Ministro Manuel Marrero Cruz, el Presidente de la Asamblea Nacional del Poder Popular Esteban Lazo Hernández, ministros y altos dirigentes políticos y gubernamentales han hecho hincapié en el imperativo de evitar que cualquiera se adjudique el violatorio derecho a estar elevando precios a su libre albedrío.

También han dejada clara la indicción para enfrentar con rigor a quienes incurran en esa praxis con fines de lucro personal en detrimento de la población y de la economía nacional.

Hágase pues. Si todos coincidimos en que eso es justo, necesario, estratégico, nada impide llevarlo a la práctica, porque, además, para ello no hay que comprar en el exterior la voluntad, ni las razones, ni los mecanismos de organización o de exigencia. Esos los tenemos aquí, de auténtica producción nacional.

Si esta fuese la primera prueba que nos pone la historia, la vida, quizás tuviera cierta lógica que algunos se inquieten en extremo. Pero hemos rodado tanto, entre tanta y tanta tempestad quienes peinamos canas o no tenemos ya cabello que peinar, e incluso esos miles de jóvenes que en plena década de 1990 usaron zapaticos “chupaorine” (hechos con recortería de tela y suela de cámara de autos), que nada debe ni puede quitarnos el sueño.

Y nadie interprete las líneas anteriores como preludio oral de un retroceso a la situación vivida a inicios del Período Especial. Nada de eso.

Temor a que coyunturalmente sobrevengan expresiones de inflación, puede haber. Tampoco sería la primera vez. Volvamos la mirada a distintos momentos de los años 60, 70, 90… del pasado siglo y seamos objetivos y sinceros con nosotros mismos.

Miremos el mundo que nos rodea, pandemia incluida, más allá de nuestros límites marítimos, aéreos, y sigamos siendo honestos con nosotros mismos. Sentémonos con nuestros hijos, sobrinos, nietos, hablémosles con la razón de la verdad, con los argumentos que tampoco es preciso adquirir en ultramar e infundamos esa seguridad que nunca nos ha faltado como pueblo y que no es abstracta.

Si lo hacemos, veremos que no hay por qué desesperarse, aunque billetes sucios y almas no precisamente limpias obren para eso y mucho más.

Usted, que lee y conserva la capacidad de razonar de forma serena y madura, tiene todo el derecho a reaccionar del modo que desee o escoja. Yo, desde un prisma muy, pero muy personal, alimentado, eso sí, por la herencia de mis generaciones pasadas y antepasadas, sanguíneas unas, familiares todas, simplemente digo: Yo confío.

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