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Publicado el 19 Enero, 2021 por Irene Izquierdo en Opinión
 
 

No es un filme de ficción, ni una historia de happy end

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Irene Izquierdo RiveraPor IRENE IZQUIERDO

En su casa de la zona rural de China, una anciana llora el fallecimiento de su esposo. Habían estado juntos más de 40 años y, ahora, “se nos fue en pocos días”; en Brasil muchos maldicen a Jair Messias Bolsonaro, por la forma en que ha atendido –o no ha atendido- las complejidades de la enfermedad. En Estados Unidos, se hace viral en las redes un video que la doctora Susan Moore subió antes de morir; en él denunciaba a un colega del Indiana University Health North Hospital, por no atender con el rigor que exigían las complicaciones de la enfermedad, adquirida en el desarrollo de su trabajo; además de apreciar en el profesional actitudes discriminatorias.

No son halagüeñas las noticias que llegan de Europa; a África le han endilgado mutaciones que ya corren por el mundo de la misma forma que la sangre por el mapa del cuerpo. En Sudamérica reina la preocupación –y no en igual medida la ocupación- por el aumento vertiginoso de los casos. Al Norte, está hoy el epicentro. Y la situación es tal, que Las Américas aportan más del 44 por ciento de los nuevos diagnosticados a nivel mundial.

En Cuba, pese a los esfuerzos y recursos invertidos, vemos con mucha preocupación cómo se eleva la curva del rebrote, que en las últimas jornadas establece récord de contagios cada día.

¡Cuántos estragos ocasiona ese “virus asesino” –como le califican algunos-, llamado coronavirus SARS-CoV-2! Un “visitante” no deseado, y mucho menos invitado, un virus tan transmisible como letal, que no conoce límites geográficos, porque es capaz de ir hasta donde el hombre lo lleve; que no discrimina sexo, color, estatus, ni edad, para estampar su huella, creando ansiedad, dolor y muerte.

Cada día son mayores los desvelos. ¿Qué hacer? Nadie puede quedar cruzado de brazos: los científicos trabajan intensamente, opinan, comparten saberes y no descansan.

Por ejemplo, el 10 de diciembre de 2019, el científico británico Peter J. Ratcliffe recibió –junto a sus colegas norteamericanos William G. Kaelin y Gregg L. Semenza- el Premio Nobel de Medicina y Fisiología, por su importante investigación acerca de “cómo las células sienten y se adaptan al oxígeno disponible”. Se suponía que el tiempo posterior a la entrega del lauro sería para festejar y disfrutarlo, pero no fue así. Un médico, un científico de su talla no podía permanecer indiferente al manto gris que comenzaba a ensombrecer el mundo.

Y comenzó a trabajar, pero también a preocuparse por la forma de enfrentamiento al mal, habida cuenta de que, en la misma medida en que se le enfrentaba, se aprendía. Pero desde un principio las cifras han sido alucinantes.

Durante una entrevista concedida a BBC News, el Doctor Ratcliffe expresó: “Como todo el mundo, estoy triste por lo que está sucediendo, de alguna manera siento frustración, pero ante todo preocupación”. Corría entonces el mes de abril de 2020. Los números no habían llegado a la magnitud de hoy.

Luego de varias reflexiones en torno al asunto, expuso: “Algo positivo es que desde ahora en adelante la gente sabrá cuán importante es reaccionar de forma veloz ante la amenaza de otra epidemia, no sólo en lo que se refiere a la detección de casos sino de segregación de los mismos”.

¿Cómo? Valdría preguntarse, si todos tenemos noticias de cuán complicada se ha tonado la situación en la generalidad de los países y, pese a que los investigadores y otros profesionales no descansan, el virus ha comenzado a hacer uso de un “mimetismo” inusitado

Imagino que los realizadores de filmes de catastrofismo; esos que tratan de bloques creadores de virus en laboratorios, que luego expanden para dominar a la especie humana; o aquellos en los cuales aparece un mal capaz de borrarlo todo, y muchos más, estén mirando con mucho asombro esta película de la vida real: la del coronavirus SARS-CoV-2, mondo y lirondo, con un “guión” que le lleva  una gran distancia a lo imaginado por ellos.

Aquellas películas como, por ejemplo, Contagio, Estallido, Apocalipsis -donde lo que ocurre no es un sueño, sino “el infierno”, como dijo alguien-, y más recientemente Virus, en dos partes, inspiradas en la pandemia, constituyen para los espectadores motivo de miedos pasajeros, porque todos están conscientes de la ficción. Pero la COVID-19 no. Esta enfermedad tiene al mundo en jaque, desde hace más de un año.

Los datos a nivel mundial reportaban, hasta el 14 de enero 189 países, con 93 millones 107 mil 493 los casos confirmados de COVID-19;  21 millones 252 mil 687casos activos y un millón 993 mil 467 fallecidos, para una letalidad de 2,14.

La región las Américas aporta el 44,29 % del total de casos reportados en el mundo, porque suma 41 millones 237 mil 636 de casos confirmados, 11 millones 68 mil 831casos activos y 952 mil 195 fallecidos, para una letalidad de 2,3.

Los números de Cuba –contenidos en los comentarios anteriores- han ido en ascenso, y solo en las tres últimas jornadas registra la elevada suma de mil 602 nuevos casos. En lo que va de enero la cifra de fallecidos asciende a 14; son datos que,  en verdad, alarman, los más altos computados desde que se detectó el primer enfermo en esta Isla caribeña.

Los números ilustran y también pueden llegar a abrumar cuando no se les entiende bien. Pero hay hechos, acciones que hablan por sí solas; basta que miremos en derredor nuestro para percatarnos de cuánto empeño pone el Gobierno cubano para acortar la transmisión del virus y preservar cada vida.

Por un momento, dejemos a un lado el hecho de que el virus tiene una elevada transmisibilidad, y en el mundo existen millones de contagios; hagámonos la siguiente pregunta  ¿por qué el mal continúa en aumento en Cuba? ¿Qué pasa?

Quienes siguen la trayectoria de la enfermedad en la Isla, conocen del empeño del Estado y de su constante preocupación y ocupación para reducir la enfermedad y sus consecuencias;  saben de los protocolos existentes, las investigaciones de los científicos, los candidatos vacunales, la dedicación del personal de la Salud y las vidas rescatadas de la enfermedad -un detalle que no se puede obviar, porque es realmente así-, de los 17 mil 096 contagiados, 12 942 se han salvado, lo que representa algo más del 77%. Todo eso habla por sí solo.

Entonces, hay algo más, y es lo relacionado con el individuo y su responsabilidad. Es verdadera la frase: “todos los excesos son malos”. Y aquí se cumplen, el exceso de confianza; los excesivos deseos de fiestear; el excesivo cariño cuando alguien viene del exterior… En esta lid lo único que ayuda -y de verdad- es el exceso de cuidados, con el uso del nasobuco, con el distanciamiento social y con las normas higiénico-sanitarias establecidas.

No es difícil llegar al convencimiento de que hay personas a las que les da lo mismo estar en cuarentena que en la normalidad –y digo esto, porque el transmisor del virus es el hombre-; no les importa que la multa sea mil, de dos mil o tres mil pesos… “¡Total!”, pensarán ellos, “¡quiero vivir a mi manera!”. Lamentablemente, hay momentos en que no se puede, porque vivir en sociedad exige de una disciplina que redunde en bien de las mayorías, aunque no dejen de respetarse las individualidades.

¿Qué necesidad tienen los padres de poner en riesgo las vidas de sus hijos por irresponsabilidad? ¿Acaso de nada valen los llamados de alerta, las explicaciones, y toda la ayuda que brinda el doctor Durán?

Si un grupo de personas es indiferente, el rebrote no se detiene. El transmisor del mal es el hombre, y el virus se detecta cuando ha escogido como hospedero a un cuerpo humano con conducta negligente, que luego llega a este, al otro y al de más allá, regando coronavirus como si fuera pólvora en busca de un fósforo.

De esa manera no sería ocioso desempolvar y colocar en blanco y negro la ley de propagación de epidemias y aplicarla con mucha más severidad, porque el coronavirus SARS-CoV-2, no es producto de la ficción de un realizador de filmes de catastrofismo, sino una historia contra la cual se lucha día a día, y nunca tendrá un final feliz, por la cantidad de vidas que ha marcado o se ha llevado.

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Irene Izquierdo

 
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