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Publicado el 20 Enero, 2021 por Pastor Batista en Opinión
 
 

Trump deja una bomba activada y lleva otra consigo

Pastor Batista, corresponsal de BohemiaPASTOR BATISTA VALDÉS

La irreverencia política del derrotado presidente norteamericano Donald Trump no solo “ha brillado” durante las últimas semanas por medio de su obstinada afirmación en torno a un fraude demócrata que ni él, ni sus partidarios, ni comisiones de trabajo han podido demostrar.

Arrogancia suya hay en la negativa para asistir a la ceremonia de asunción del gobierno por parte de Joe Biden, su sucesor, postura que la memoria electoral no había registrado allí desde el siglo antes pasado.

Por cierto, tan envenenado está el ya exmandatario que ni en su discurso final tuvo la delicadeza de mencionar o pronunciar el nombre de Biden, al hacer referencia, todo el tiempo, a un “nuevo gobierno”. Malcriadeces, en fin, según opinan muchos.

Entre ellas hay una que también atrajo la atención de todo el mundo (dentro de Estados Unidos y… en el mundo, literalmente hablando). El hecho de que para las 12:00 del día, hora del traspaso o entrega de poder, Trump haya planificado encontrarse a unos 1 500 kilómetros de Biden, significaba que tampoco se haría la entrega que suele y debe hacerle todo presidente saliente, a su sucesor, nada más y nada menos que de… la llamada maleta nuclear.

Como se sabe, consiste en una valija muy bien reforzada y protegida, que es llevada por el gobernante a todas partes, con el propósito de hacer uso de ella rápidamente, en caso de que decida lanzar un ataque nuclear estando en ese instante lejos de la Casa Blanca. ¿Interesante el maletincito, eh?

El rollo estaba, entonces, en cómo hacer ese traspaso hallándose tan lejos quienes entregan y reciben la también denominada “caja negra”.

Horas antes de ese emblemático momento, la solución parecía estar asignarle a Biden otra maleta idéntica a la que, gracias a Dios, no continuará en poder del “creyente o creído” Donald.

Para alivio de todos, Stephen Schwartz, experto en el maletín nuclear del Bulletin of the Atomic Scientists, refirió la existencia de por lo menos tres maletas de este mismo tipo, una de las cuales podría ser utilizada por el pentágono, en caso de que no fuese preparada, incluso, una nueva, para garantizar ese peldaño de la transferencia presidencial, no muy dado a publicidades.

Dicho sea de paso, informaciones acerca del asunto han aclarado que, a diferencia de lo que muchas personas imaginan, dentro de la célebre maletica no hay un botón que el dedo oprime y ¡Zas! allá va la ojiva nuclear contra el enemigo…

De acuerdo con lo publicado, los códigos nucleares y las claves que le permiten al presidente ordenar automáticamente un ataque así no están dentro de la valija, sino en una pequeña tarjeta que él debe llevar siempre consigo, en un bolsillo. ¡Oiga usted!

De cualquier modo, para algunos constituyó motivo de marcada preocupación que en algún fondillo de su flamante traje el hombre siguiera portando esa “simple tarjetica” y que, de repente, se le ocurriese hacer uso no solo de sus prerrogativas presidenciales, sino también de su febril manía de poder… mediante ella.

Por eso la líder de la Cámara de Representantes Nancy Pelosy, llegó a sugerirle al Departamento de Defensa no seguir órdenes de Trump si pretendía activar los mencionados códigos antes de retirarse de la Casa Blanca.

Podía parecer una exageración, pero, conociéndolo “como todavía no parece conocerlo el mundo, en toda su dimensión”, cualquier barbaridad podía ser posible luego de lo acontecido en el capitolio, tras la violencia instigada no se sabe si por un ser humano a quien sus padres inscribieron como Donald John, o si por una fiera salvaje, herida y pidiendo sangre.

He estado rastreando por el ciberespacio para ver qué ocurrió por fin con la curiosa maletica nuclear y, limitaciones o destrezas aparte, no he encontrado mucho.

Tampoco he insistido en hurgar, por dos sencillas razones. En primer lugar, que justo a medio día de este 20 de enero, estuviese donde estuviese Trump, su tarjeta quedaría desactivada, muerta y comenzaría a funcionar la entonces entregada a Biden.

En segundo lugar, no creo que el mayor peligro estuviese dentro de ese maletín negro, cargado por un ayudante al servicio de Trump, o en su conexión directa con todo un sistema diseñado para atacar nuclearmente, en brevísimo plazo de tiempo, a cualquier punto “oscuro” del planeta.

No sé si el lector coincidirá conmigo, pero tal vez la más cercana amenaza del repudiado expresidente norteamericano esté en las dos bombas, de efecto no menos nuclear, con que concluye su convulso mandato.

Una de ellas la ha puesto, sin escrúpulo nacional alguno, en manos de Biden y del país. Me refiero a la división, quizás sin precedente dentro de esa poderosa nación; al preocupante panorama de violencia interna y al caos reinante frente a una pandemia que, por incapacidad y subestimación gubernamentales, ha causado ya más de 400 mil muertes dentro de la nación.

La otra bomba, parece llevarla consigo, empecinado en no desactivarla por nada ni por nadie. Hablo de las intenciones que, por lo visto, mantiene para “seguir haciendo de las suyas”, llamando la atención, atrayendo partidarios, sembrando confusión, dudas, divisiones, absurdas y peligrosas esperanzas, dentro de seguidores con similares puntos de vista, aspiraciones, ambiciones y formas de actuar.

Al menos a mí me sabe a pólvora su irrenunciable intención de “nuclear” más…  acaso más hordas, diría yo, como la que cayó sobre el capitolio, solo que ahora mediante frases al estilo del “Gracias. Ha sido un honor ser presidente… Adiós, os queremos. Volveremos de alguna forma. Tened una buena vida. Nos veremos pronto”.  Y una que bien vale la pena interpretar: “…el movimiento que iniciamos recién está empezando. Lo mejor está por llegar.”

Mucho ojo con tales expresiones. Es de suponer que la nueva administración y el pueblo norteamericanos permanezcan atentos a todo cuánto acontezca y sepan qué hacer en cada momento, con absoluta autodeterminación, sin influencias o injerencias de nadie… algo que no ha engranado igual con la tradicional política de las distintas administraciones hacia el exterior. ¿Cierto o no?

Los ojos del mundo, por su parte, seguramente se mantendrán al tanto de lo que vaya aconteciendo, no porque les interese en sí, sino porque han sido cuatro años difíciles en términos de respeto, de convivencia, incluso de coexistencia, con un hombre como Trump al frente de la nación más poderosa –y agresiva- en un planeta que ha estado todo el tiempo bajo holocáusticos peligros, lo mismo encerrados dentro de una maleta negra (o de una tarjeta plástica, da igual) que en la punta del dedo índice, del bolígrafo o de la lengua de un individuo que no renuncia a ser otra vez dueño absoluto de la Tierra… y un poquito más allá de ella.

 

 


Pastor Batista

 
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