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Publicado el 9 Enero, 2021 por Pastor Batista en Opinión
 
 

Turba sobre el Capitolio: Guarimba a lo “género oeste”

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Pastor Batista, corresponsal de BohemiaPor PASTOR BATISTA VALDÉS

   Desde que tengo uso, razón y curiosidad por lo que acontece, he conocido, decenas, cientos de veces, cómo Estados Unidos convierte cualquier punto geográfico del planeta –e incluso más allá de él- en laboratorio para experimentar.

No me circunscribo  únicamente a las cerca de 800 bases militares diseminadas por todo el globo terráqueo, dentro y fuera de cuyo perímetro el lector podrá imaginar, o quizás ni tenga idea acerca de la cantidad y tipo de ensayos que ha realizado con armas de todo tipo… y con qué propósitos.

Tampoco me remito, nada más, a la incalculable gama de pruebas que esa poderosa nación debe haber hecho en torno a sustancias, virus, bacterias, microbios, toxinas y todo lo que venga bien para hacer mal allende los mares, entre seres humanos… enemigos.

Me refiero, también, a experimentos con el fin de acreditar o confirmar claramente lo que conciben, diseñan y sugieren sus llamados tanques pensantes cuando, desde la pupila imperial, algo no anda bien en “oscuros” lugares de este mundo.

Nadie ignora que entre las fórmulas y recetas más recurrentes están desde las (otrora) solapadas formas de injerencia en asuntos internos, chantajes, presiones… hasta el aliento directo y perceptible a la subversión, el secuestro de líderes (recordemos lo que ocurrió con Chávez, en Venezuela), la incitación al desorden, a la ingobernabilidad, al caos, para justificar intervenciones armadas, sin olvidar una de las alternativas preferidas: el golpe de estado.

Lo que sucedió en el Capitolio norteamericano –asaltado e invadido por una verdadera turba de extrema y extremista orientación- se me antoja un poco el boomerang que retorna, el cuervo que viene pidiendo ojos, la certificación -quizás por primera vez con tal magnitud dentro de casa- acerca de lo ensayado, recetado e inyectado en glúteo ajeno.

Ya la reacción social tras el impune asesinato de George Floy le había demostrado al mandatario de la Casa Blanca y a sus aves de rapiña que el horno no estaba precisamente para galletitas.

Pero el poder de don dinero envilece tanto y sitúa tan por encima de todo, que Don Donald no solo ignoró aquella clara señal, sino que escogió de manera “fantástica” las más increíbles formas de autodefensa, caprichos de por medio, empecinado en convertir en triunfo la derrota que a modo de sepulcro él mismo se había cavado.

Poco le importaba seguir violando cuanta ley o figura jurídica y constitucional hubiese instituido el paradigmático sistema que supuestamente él debía representar y encabezar. Poco le importaba poner y disponer, a su antojo; embarrar cada vez más su propia imagen, incluso dentro de partidarios que, por muy fieles, algo de sentido común llevan o deben llevar dentro.

Así, en medio de esa “creída creencia de autopoder supremo” le echó mano a una de aquellas opciones encomendadas y re-comendadas por su política para todo el que, arrodillado ante Washington, se vea perdido a pie de urnas: la acusación de fraude.

¿Acaso no se ha cansado de hacerlo la, tan venerada por él, oposición venezolana? ¿Fue o no lo que hicieron lacayos del imperio en Bolivia contra el presidente constitucional Evo Morales?

¡Allá va pues, tal imputación, también contra Joe Biden y los demócratas!  No interesa que ello significara un cubo de lodo, o de algo peor, sobre la mediáticamente inmaculada faz de la nación.

Insatisfecho aún, o consciente de que tal cuento no encontraría suficientes oídos (recordemos que muchos e incluso prominentes republicanos empezaron a abandonarlo) el hombre terminó convocando o alentando una solución que, al menos a mí, me deja un incuestionable sabor a guarimba. Guarimba a lo género Oeste, desde luego.

Es la impresión que sigo teniendo al ver imágenes de lo acontecido o al releer párrafos como este, escrito por Caroline Conejero en el sitio digital de Hoy:

“Hubo disparos, lanzamiento de botes de humo y enfrentamientos con los agentes del Capitolio, muchos con las armas en la mano, para contener el empuje de los manifestantes, que les sobrepasaban en número. También se sucedieron escenas insólitas de atacantes que recorrían las estancias haciéndose fotos, colgados de los balcones y posando entre el humo de los botes disparados entre cuadros y piezas de arte históricas.”

Aun cuando el show puso en escena a figuras como la de un sujeto  desnudo de la cintura hacia arriba, pintoreteado y con cuernos de búfalo (identificado en redes como Q-Shaman, que enarbola ideas de extrema derecha y promueve la peligrosa teoría de conspiración QAnon ), voces como la de Charles Ramsey, exjefe de Policía de Washington, no han titubeado en catalogar la invasión como “lo más cercano a un intento de golpe de Estado que este país haya visto”.

Por ahí ronda también el criterio de  Steven Levitsky, politólogo estudioso de los procesos democráticos y presidenciales en Latinoamérica, al definir los hechos protagonizados por partidarios de Trump como “un intento de autogolpe” por parte del desmejorado inquilino de la Casa Blanca.

Para entonces, ya se le habían ido a pique turbias esperanzas a la usanza de la develada por The Washington Post, acerca de la conversación telefónica de Trump con Brian Raffensperger, secretario de Estado de Georgia, a quien sin el menor escrúpulo le propuso: “Lo único que quiero hacer es esto. Solo quiero encontrar 11 780 votos, que es uno más de los que tenemos porque ganamos el estado”.

   Salidos por la culata,  esos y otros disparos han situado en posición tan incómoda e insalvable al saliente mandatario que republicanos continúan desertando de los rieles por donde se descarrila Trump, mientras demócratas han pedido que el vicepresidente Mike Pence inicie trámites rumbo a la destitución de Donald o que el Congreso se encargue de hacerlo, a pesar de que Biden ha mostrado discreción en el asunto.

Resumen: en regresivo conteo para nuevas artimañas, el saliente gobernante ha tenido que “cambiar la bola”, masticar su arrogancia y tratar de lavarse la manos al fingirse  “indignado” por el “atroz ataque al Capitolio” y por la “anarquía, violencia y caos”.

De cualquier modo, ha dicho que no irá a la ceremonia del 20 de enero, tal vez por despecho, quizás para seguir atrayendo atención e implantando récords, o quién sabe si debido a que estará muy ocupado, preparando nuevas “guarimbitas”, exportadas primero en idea e importadas ahora en recompensa, con más cuernos de búfalo, pieles salvajes, salvajes que no respetan pieles, armas, asaltos y otros ingredientes, al estilo, repito, de su propio Oeste.

 

 

  

 

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