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Publicado el 9 Febrero, 2021 por Elsa Claro en Opinión
 
 

Estados Unidos: Anales imperfectos

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Elsa ClaroPor Elsa Claro

El equipo de abogados contratado por Donald Trump para su juicio político renunció cuando el magnate neoyorquino no quiso basar su defensa en la congruencia de procesar a un presidente fuera del poder, como ellos propusieron. El exmandatario ha insistido en su sonsonete como “víctima” de una elección fraudulenta.  Pero se le acusa de “incitar a la insurrección”, patentizada en el asalto al Capitolio el 6 de enero. Votaron por ese cargo todos los demócratas de la Cámara de Representantes, secundados por 10 republicanos.  Es la primera oportunidad en que se efectúa tal acusación junto con un segundo impeachment a un presidente norteamericano. Al final, puede quedar inhabilitado para cualquier puesto público futuro. Eso, cautelarmente, buscan los demócratas.

Los precedentes de este caso pueden apreciarse evaluando solo el último año de la fenecida administración. La cadena de hechos que condujo a sucesos singulares y al enjuiciamiento mismo comienza cuando apenas amanecía el 2020: Donald Trump ordenó el asesinato del general iraní Qasem Soleimani. Fue el 3 de enero, y al día siguiente dijo tener en la mirilla 52 blancos del país persa, parte de las hostilidades contra Teherán tras finiquitar unilateralmente el pacto nuclear suscrito en el 2015 por Barack Obama y varias naciones europeas. No existió sustento valedero para tal evento. Poco después del depravado hecho, se registró el primer caso de covid-19 en territorio norteamericano (21 de enero). Menospreciando las recomendaciones epidemiológicas, el 26 de febrero el presidente afirma que el virus desaparecería “como un milagro”. La autocomplaciente retórica se modifica ante el exponencial crecimiento del contagio, pero, quitándose culpas, las arroja sobre China y, a la manera de los antiguos vendedores ambulantes de potingues, recomienda productos no aceptados por la ciencia.

Sacó a EE.UU. de la Organización Mundial de la Salud, acusándola de connivencia con el gigante asiático y otras majaderías, y, al poco, estimuló una temprana apertura económica, colocando la recuperación en pro de su permanencia en el poder, por encima del mayúsculo lance humano, que ya a la altura del 26 de marzo clasificaba al país como el de más casos contagiados con el SarS-CoV-2 a escala de planeta y, para el 11 de abril, también en el de mayor mortalidad por coronavirus. En diciembre de 2020 se contabilizaban unos 19 millones de casos positivos y alrededor de 500 000 muertes.

En medio de tan aciagos sucesos, grupos extremistas estadounidenses, bien armados y con apoyo de Trump, usaron la excepcional circunstancia para exhibir su aberrada visión de las cosas. El FBI lanzó alertas sobre planes de neonazis y supremacistas blancos, que participaron en gestiones violentas y llegaron a instruir a sus miembros para, de enfermarse, contaminar a judíos y policías, a través de sus fluidos corporales o cualquier otro medio.

El clima general, excitado por el racismo y la xenofobia, se eleva cuando, el 26 de mayo se conoce la muerte del afronorteamericano George Floyd, a manos de un agente que lo asfixió estando esposado. Al día siguiente estallaron grandes protestas. En paralelo a las demandas del Black Lives Matter, se acentuaron problemas por la tardía atención a la pandemia. Hacia finales de marzo, estados como California abandonaron la incipiente reapertura de negocios ante la magnitud de los contagios y la saturación de los hospitales. El nuevo auge de la enfermedad impuso en agosto la instalación de morgues temporales en New York y la reanudación de las restricciones en todo el oeste (en Chicago, Illinois, ese mes, habían fallecido por coronavirus más de 6 100 personas, y en Los Ángeles, California, por encima de 35 000). A mediados de año, en las prisiones se registraron al menos 218 000 infectados y 1 265 reclusos y custodios fallecidos.

El otro virus

A espaldas de la enorme tragedia, avanzaba la campaña difamatoria de Donald Trump sobre el voto por correo que los demócratas y la situación misma sugerían como vehículo para emitir sufragio el 3 de noviembre. El magnate quiso posponer los comicios presidenciales, sabedor de una merma en su aprobación ciudadana, crecida por la pésima atención a la crisis sanitaria. Al no lograrlo, impulsa su campaña sobre un presunto plagio y, luego de conocerse los preliminares (23 millones de papeletas para Biden, seis millones por encima de Trump), emprende una cruzada a través de querellas judiciales, o intentando que los gobernadores revirtieran el resultado. Las autoridades estaduales se negaron.

Ni siquiera la Corte Suprema, donde había colocado jueces afines, falló en su favor, pues las acusaciones que él y los miembros de su campaña hicieron carecían de fundamento y pruebas. El 14 de diciembre, cuando el Colegio Electoral dio el dictamen definitivo, tampoco acepta su derrota. Biden obtuvo, de esa instancia, 306 de los votos y 232 fueron para Trump, quien, con amenazas y despropósitos, mantuvo la beligerancia incluso cuando varios de sus grandes valedores reconocieron ganador al candidato demócrata.

El titular del Senado, Mich MacConell, lo defendió durante el procedimiento para mantener el poder, pero concluyó tirando el guante y recomendando a los republicanos devotos no aceptar la instigación del mandatario para usar en su beneficio la votación del Congreso, en el último recuento de papeletas, el 6 de enero, fecha usada para el furibundo llamado a pelear por él. Sus adeptos respondieron con el insólito asalto al Capitolio. En sus últimas semanas en la Casa Blanca, sin reconocer su derrota, Trump procedió a promulgar indulto para sus allegados, mientras decretaba renovadas sanciones contra varios países. Igualmente, se dedicó a entorpecer el normal funcionamiento del Gobierno en ese final de su deplorable reinado. No aprobó las partidas para paliar los efectos del coronavirus y tampoco aceptó el presupuesto militar (741 000 millones de dólares para este 2021), aun siendo afín a las tendencias bipartidistas.

¿Fue una exhibición de fuerza estimulando a sus seguidores, que no le faltan (69.6 millones votaron en su favor, aunque Biden sobrepasó los récords, con 73.7 millones), o una vendetta contra quienes le pusieron en entredicho?  Una u otra respuesta anda en la base de la aproximación al encartado, tras su final retiro a la vida privada, por parte de algunas figuras republicanas, que buscan usar el espaldarazo de los prosélitos trumpistas de cara a las legislativas del 2022. Nada de sensatez. Nada de dignidad. Miedo del magnate neoyorkino a los juicios y deudas pendientes, sin el amparo del máximo poder perdido, sumado al oportunismo irresponsable de aquellos que procuran su sombra, en medio de una crisis tremenda en el Partido Republicano. Y nada le saca de su cómoda burbuja, donde la honestidad y la lucidez no hacen falta.

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