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Publicado el 13 Febrero, 2021 por Ernesto Eimil Reigosa en Opinión
 
 

Tiempos violentos del viejo Tío Sam

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Por Ernesto Eimil Reigosa

El asalto al Capitolio el 6 de enero de 2021 por una furiosa turba de seguidores del ya expresidente Donald J. Trump fue un fracaso. Pero para un creciente grupo de extremistas, milicias antigobierno, supremacistas blancos y teóricos de la conspiración sin diploma, los hechos ocurridos al este del National Mall de Washington D.C son una gran victoria.

En una encuesta realizada por PBS, la televisión pública de EE.UU., el ocho  por ciento de los preguntados admitieron apoyar el ataque. Lo que no es un número para nada despreciable teniendo en cuenta lo sensible del tema.

Para encontrar la explicación de estos sucesos no es necesario revisar mucho la historia. Según ADL, una página de internet que denuncia el odio en todas sus manifestaciones, de 2016 a 2019 los supremacistas blancos mataron a 116 personas en Estados Unidos. Y antes de eso, durante la elección presidencial de 2008, que ganaría Barack Obama, se registró un gran número de crímenes con motivos racistas.

Unos treinta años atrás encontramos, en 1992, el asalto de Ruby Ridge, Idaho, por un supremacista; en 1993, el de Waco, Texas; y en 1995 la explosión de la ciudad de Oklahoma, donde murieron 168 personas y que es considerado el acto de terrorismo doméstico más letal de los anales de la Unión. Los eventos en sí no necesitan más explicación que las imágenes que dejaron. Imágenes que en el seno de algunos grupos de odio han evolucionado y se han convertido en una forma de propaganda.

Similarmente, la invasión ocurrida a principios de mes será enmarcada por esos mismos grupos como una exitosa demostración de la salud y el vigor de la extrema derecha. Según el periódico The New York Times, varios supremacistas intercambiaron consejos en una de las redes sociales de moda, Telegram, sobre cómo reclutar a partidarios de Trump que han abandonado Twitter en busca de sitios que sean más permisivos con contenidos intolerantes.

A pesar de ello, es interesante puntualizar que un número importante de quienes participaron en los hechos del día 6 no está afiliado a ninguna organización. Los que hacen barbacoas los domingos en un soleado suburbio de casas homogéneas, encarnando uno de los más completos estereotipos estadounidenses, bien podrían ser los nuevos soldados rasos de la extrema derecha.

Algunos, o quizá muchos, de estos posibles nuevos miembros tienen formación militar, como el ya célebre Jake Angeli, el hombre con el disfraz de bisonte; otros son muy jóvenes, lo que garantizaría, en teoría, la longevidad de una ideología que está experimentando un alza en todo el mundo.

La base de violencia política que ha cultivado míster Donald J. posiblemente le sobreviva varios años. Sus esfuerzos por diseminar la desinformación, la manipulación y un cuestionamiento generalizado de las instituciones norteamericanas empoderan a un extremismo que se guía más por la emoción que por la razón.

El futuro se avizora violento y bastante movido. Ahora parece una predicción alarmista, pero no se puede subestimar la participación de estos grupos en los acontecimientos de los próximos años. Un error que ya varias veces se ha cometido. La combinación de esta polarización con varios fenómenos hace un cóctel preocupante: récord de ventas de armas de fuego, crisis económica, división de la sociedad, empeoramiento de la salud mental, aumento de la violencia basada en género y por motivos racistas, covid-19…

Sin embargo, lo cierto es que estos fenómenos están lo suficientemente expandidos en el planeta y que el auge de los extremismos no es solo una preocupación pendiente del Tío Sam. En Alemania, el 29 de agosto de 2020, sucedió un hecho similar al que se vio hace unos días en la Avenida Pennsylvania. Organizaciones de extrema derecha, cansadas de las políticas de aislamiento por el coronavirus, trataron de entrar por la fuerza en el edificio del Parlamento. Su intento falló, pero la carga simbólica del acto perdura. De acuerdo con Straits Times, Jurgen Elsasser, editor de una de las revistas más ultraderechistas de Alemania y que tomó parte en el intento de asalto al órgano legislativo germano, siguió los acontecimientos del 6 de enero como si estuviera viendo un partido de fútbol.

La administración de Joe Biden tiene mucho trabajo en este sentido. Un primer paso podría ser aprobar una ley parecida a la llamada “Acta trasnacional para revisar el supremacismo blanco”, actualmente pendiente de aprobación. Este proyecto busca analizar e investigar la actividad de grupos extremistas en el extranjero, algunos de los cuales tienen vínculos con asociaciones en suelo norteamericano.

Otra alternativa podría ser tipificar al terrorismo doméstico como un crimen federal. Aunque lo cierto es que hay ciertas preocupaciones válidas con este hipotético estatuto, incluyendo algunas relacionadas con la libertad de expresión y de reunión y el abuso de poder. Políticos hay que, apelando al juego sucio, podrían acusar de terrorismo doméstico a rivales o a personas que amenacen sus intereses. La transparencia y la supervisión de terceros deben convertirse en componentes esenciales de cualquier nueva legislación que se presente.

Aunque la mayor parte de las amenazas de terrorismo viene de dentro del territorio estadounidense, se espera que en el futuro se fortalezcan las relaciones trasnacionales entre grupos de extrema derecha. Esta noción cobra sentido si tomamos en cuenta que estas organizaciones suelen estar más unidas por aquello a lo que se oponen que por lo que representan.

El totalitarismo es un invento ya viejo, pero cada cierto tiempo renace y adopta nuevas formas. Tiene la capacidad de superar muros impensados y de unir diferencias que de antemano parecieran irreconciliables. Recordemos que Enrique Tarrio, uno de los más prominentes líderes de la organización supremacista blanca Proud Boys, es un hombre negro, de ascendencia cubana.

Las ideas de ese cariz se basan en la premisa de negar al otro. La identidad de una comunidad, como la de un individuo, nace por la diferencia. El nudo de la ética se encuentra precisamente en esa diferencia. La filosofía encontró la respuesta hace ya tiempo: debemos dejar de pensar en la falsa seguridad que promete el totalitarismo y comenzar a buscar la manera de vivir la inseguridad en el respeto recíproco, sin la ansiedad de la autodefensa.

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Ernesto Eimil Reigosa

 
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