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Publicado el 29 Marzo, 2021 por Maryam Camejo en Opinión
 
 

América Latina: El discurso mediático de linchamientos

Mariam Camejo-Foto de autoraPor MARIANA CAMEJO

Acosados por las fantasías vivimos hoy. Ya lo dijo el filósofo Slavoj Zizek, y esto no es un equívoco. El ecosistema digital que transformó la cotidianidad con pantallas interviene de forma significativa en cómo entendemos nuestro entorno y la política no escapa de ello. Los espacios, discursos y narrativas camaleónicos aprenden a adaptarse y lo hacen rápido. Dado que esa actualización depende en gran medida de capacidades tecnológicas y por tanto de financiamiento, la derecha, siempre pudiente, influye en qué se dice sobre la izquierda y cómo se dice.

El discurso mediático de linchamiento y descrédito contra las causas de la izquierda en América Latina tiene características explícitas que lo delatan, pero también un suelo y un techo como marco que lo acoge: estar comprometido con las grandes causas sociales deviene concepto atávico y ya superado. Esta idea se aviene a la necesidad de la derecha de dejar a los sujetos en terreno de nadie, lo cual es muy conveniente para momentos electorales. Dentro de esos límites claros para construir narrativas, todo líder popular es llamado peyorativamente populista o dictador y las luchas sociales son escenario propicio para corrupción. Sí, de pronto la izquierda es corrupta por excelencia.

Ejemplos clásicos de los tiempos actuales serían Lula y todas las causas amañadas que se le imputaron, Cristina Fernández o Rafael Correa. No es fortuito que sea precisamente corrupción el delito que se les adjudique. Encontramos la lógica si pensamos que las bases sociales de estos políticos eran en primer lugar los sectores pobres y vulnerables. Robarles a ellos mientras declaraban ayudarlos resulta una traición de tal magnitud que podía acabar definitivamente con su credibilidad. Pero aunque eso es en sentido potencial, no se alcanzó realmente, habida cuenta que siempre se pierde alguna cota de electorado.

La falacia de ese discurso de descrédito es que parte de un principio de mundo post-ideológico que no es tal. Si bien se juega con las condicionantes que signan la era de la posverdad, la intensidad de la pulsión entre ideologías se demuestra con la polarización de posiciones. De forma cíclica, en América Latina, cada vez que en momentos electorales el discurso mediático de la derecha se impone, el pueblo se resiente con las políticas neoliberales, la priorización de los privados y la desprotección de las mayorías. Pensemos en el gobierno de Mauricio Macri, en Argentina, o en el de Jair Bolsonaro, en Brasil.

Evidentemente, un objetivo importante de ese discurso de linchamiento es destruir la imagen de los políticos. Una muestra muy reciente de la narrativa derechista y de cómo asume el legado de sus homogéneos fuera del continente es lo que se ha identificado como el efecto espejo: tras la acusación de Biden a Putin de que era un asesino, Iván Duque, presidente de Colombia, hizo lo mismo con Nicolás Maduro.

El caso de Venezuela constituye uno de lo más claros ejemplos de arremetidas mediáticas. No solo se combinan el descrédito a las causas de izquierda y sus figuras prominentes sino también el cerco diplomático, las sanciones económicas y la organización de atentados en terreno interno como avanzadilla de una intervención militar norteamericana, cuyas tropas más cercanas y disponibles se encuentran en zona colombiana. Si bien en la nación bolivariana hace tiempo se intenta un golpe de Estado, en Bolivia se patentizó.

Estas acciones, que combinan medios locales con foráneos, junto a la mano “amiga” de la Organización de Estados Americanos, creó una matriz de opinión muy hostil hacia el gobierno de Evo Morales, coronada con la llegada al poder de Jeanine Áñez, que ahora está sufriendo las consecuencias. Pero lo resaltable aquí en términos del discurso es cómo la democracia se convierte en una categoría a esgrimir desde la derecha, pero una democracia concentrada en la libertad de expresión de manera explícita, y a favor la oligarquía.

Los mismos resortes que se entretejen para minar los gobiernos de izquierda, como el lawfare (judicialización de la política), pasan a ser apropiaciones de la narrativa mediática derechista para acusar a la izquierda de hacer lo mismo; una estrategia usadísima en la escena internacional, como acaba de hacer Biden con Putin: te acuso de lo que soy.

El talón de Aquiles de este discurso mediático es que instrumentaliza estos principios selectivamente para los países que interesan. Haití está en una situación cada vez más grave en términos de violencia, corrupción, derechos humanos, etc. Pero los mass media no están ensañados con ese país. A veces apenas se convierte en noticia o relatoría de acontecimientos desagradables. A nadie le interesa intervenir, no parece importar la democracia, la libertad de expresión de sus ciudadanos o el derecho a la vida. ¿Qué pasó? ¿Se olvidaron de mirar a Haití?

En 2012, Ignacio Ramonet presidió un conversatorio en la Universidad Piloto de Bogotá donde explicaba que los “latifundios mediáticos” privados en Latinoamérica, porque concentran canales de televisión, estaciones de radio, periódicos y revistas, han declarado una guerra a muerte a los gobiernos progresistas de la región debido a que en su lucha por pagar la deuda social mediante un Estado redistributivo pretenden desconcentrar el poder de la palabra impulsando una información pluralista que afecta sus intereses corporativos.

En la actualidad, comentaba, “los medios de comunicación se utilizan como arma de combate y su propósito es el de defender sus intereses de casta. Ya no actúan como medios sino como auténticos partidos políticos. Si antaño se exigía la reforma agraria porque la tierra era un elemento de poder, ahora se hace necesario una reforma a la concentración de los medios, los denominados latifundios mediáticos”, por cuanto de “la calidad de la información depende la calidad de la democracia. No puede haber opinión pública si no hay medios de masas”.

En aquel mismo espacio Ramonet calificó de “descarado y caricatural” el comportamiento de los “latifundios mediáticos” en la región, que, por defender sus oligopólicos intereses corporativos, vienen desplegando una intensa campaña para desestabilizar los gobiernos que no les son afines a sus conveniencias lucrativas.

Estas maquinarias de comunicación protagonizan hoy las llamadas guerras no convencionales o híbridas. Como constructoras de la realidad simbólica pueden influir sobremanera en la percepción pública de las gestiones de gobiernos. Ellas también nos exponen a esa fantasía por la que somos acosados a través de las pantallas y que nos presentan ideales de vida que supuestamente trascienden las ideologías. Se trata de una impostura que agudiza cada vez más la polarización u ofrece la opción acomodaticia de la apatía política frente a los “corruptos de izquierda”.  Nada hay más aprovechable para el discurso de la derecha que la capitalización de esa apatía y la fomentada decepción. Y por si fuera poco, ya han demostrado que no pretenden dar tregua.


Maryam Camejo

 
Maryam Camejo