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Publicado el 25 Marzo, 2021 por María Victoria Valdés Rodda en Opinión
 
 

China-Rusia vs EE.UU.: Concurrencia estratégica

María Victoria Valdés RoddaPor MARÍA VICTORIA VALDÉS-RODDA

La teoría política, aquella referida a las relaciones internacionales, establece que las estrategias responden a los objetivos fijados. Por eso cuando usted se asombre ante alguna actitud del actual presidente estadounidense, Joe Biden, porque le pudiera recordar a la del impresentable Donald Trump, sepa que esto se debe precisamente a que ambos buscan “hacer grande a América otra vez”. Y en el contexto del siglo XXI eso pasa por contener a la República Popular China (RPCH) y a la Federación de Rusia.

Si bien es cierto que la retórica incendiaria y racista del magnate inmobiliario devenido mandamás en la Casa Blanca nada tiene que ver con la imagen pausada y calmosa de Biden, los dos no se resignan a que su nación vaya perdiendo la condición de líder. Ahora ese puesto lo van copando otros: China gracias a su inteligente ascenso comercial y tecnológico, y Rusia por la fortaleza armamentística, así como por ser vanguardia en dirimir conflictos iniciados precisamente por Washington.

Quiero no obstante centrar mi análisis en lo ocurrido en la cumbre que estadounidenses y chinos celebraron en Alaska los días 18 y 19 de marzo, aunque inevitablemente deberé tocar las relaciones entre chinos y rusos, y de estos con el todavía más poderoso imperio de la Tierra, dada su profunda ascendencia cultural, entendida esta más allá del arte, o sea, la que incluye a la política internacional.

¿Deshielo?

Con el propósito de conocer qué piensa la academia cubana al respecto, Bohemia contactó en exclusiva a Eduardo Regalado, especialista del Centro de Política Internacional. Este considera que “el encuentro se da en un período de plena contención, donde se fueron eliminando todos los espacios que existían de cooperación y por lo tanto se impuso una tensión de parte de la administración  Trump, pero también al encuentro le antecede la emergencia de China, que se manifiesta por ejemplo en cómo le hizo frente a la pandemia, en cómo ha liderado la cooperación internacional para combatirla y cómo tiene una propuesta de desarrollo de colaboración, expresada en la Franja y la Ruta de la Seda. A esto hay que agregarle otro elemento, que se refiere al avance chino desde el punto de vista tecnológico, recuérdese la 5G y la inteligencia artificial”.

Y continúa Regalado: “Este encuentro es el primero a cargo de la actual administración estadounidense y por lo tanto es el momento en que se define cómo se van a dar las relaciones bilaterales. Los Estados Unidos se presentaron con un lenguaje altisonante, de contención, de agresividad, de injerencia en los asuntos internos y de violación de las normas protocolares –máxime siendo el anfitrión, precisa la comentarista–. Mientras que China se presentó defendiendo su plena soberanía e incluso con un tono alto, como no se había visto en intercambios anteriores. En este evento se puso de manifiesto la competencia estratégica entre ambos países, de un Estados Unidos que va cediendo paso en su dominación y hegemonía mundial, y la emergencia de una nación a pasos acelerados hacia un liderazgo internacional. Pero, a pesar de este inicio tenso, se abrieron puertas a la colaboración, dados los elementos de intereses comunes. Al final, China quedó como un interlocutor de mayor peso, demostrándole a los Estados Unidos lo que vale”.

El cuartico está igualito

A partir de la realidad anterior, y post Alaska, y ateniéndonos a la tesis que planteo al inicio, enriquecida por los argumentos de Eduardo Regalado, la puja por venir entre los dos colosos de estos tiempos se materializará en lo que llamo –desde lecturas especializadas– “concurrencia estratégica”. El diccionario admite varias acepciones que, curiosamente en el caso chino-norteamericano, se dan en una sola unidad: cooperación, rivalidad o emulación, competencia y confluencia. A simple vista parece un colosal disparate, pero tratándose de las relaciones internacionales, todo o casi todo puede suceder. Mientras intenta coaccionar a China, Joe Biden declara estar abierto a acuerdos medioambientales, a una misma mirada sobre Corea del Norte o sobre Irán.

En apariencia –solo en pose, retórica y modales– es distinto a Trump; ambos sueñan similar rescate, uno que los vuelva a colocar a la cabeza del mundo. Al repasar la actual agenda estadounidense en este tema comprobamos que siguen los aranceles trumpianos, también las líneas de presión en torno al Mar de China meridional o en Taiwán, con sus buques de guerra, los tristemente célebres acorazados (¿recuerdan el Maine en Cuba?); por otro lado, se han duplicado las restricciones a la venta de componentes tecnológicos a Huawei, así como la insistencia en supuestas violaciones chinas de los derechos humanos en Xinjiang y Hong Kong. Y para doblegar a Beijing, Biden hace lo que los EE.UU. hacen siempre: comprar lealtades. Esta vez a través del mecanismo QUAD, el cual involucra a varios vecinos del gigante asiático.

Nada ha cambiado, porque lo mismo el anterior mandatario que el actual califican al temido oponente de  “competidor estratégico”. En realidad, lo es, y eso al Tío Sam le cae gordo.

A buen paso relaciones chino-rusas

No es casual que Biden asegure que Vladimir Putin, el hombre fuerte del Kremlin, sea un “asesino”, por un crimen que se le imputa sin ninguna prueba real. Biden necesita desmarcarse de su antecesor, al menos en esto, porque Trump simpatiza mucho con el presidente ruso, y luego – lo que es esencial–, la Federación de Rusia, una vez superado el trauma de la caída de la URSS, retoma centro en esferas en las que tradicionalmente sobresale: su ejército y sus diplomáticos. Elementos que ocasionan urticaria a Washington, debido muy particularmente a sus ambiciones en el Oriente Medio. El total apoyo ruso a Siria es el más claro ejemplo.

Hay que añadir otro factor crucial: China y Rusia abogan por el multilateralismo en las relaciones internacionales, y en los organismos que las expresan. Como el tan controvertido Consejo de Seguridad de la ONU, donde más de una vez, mediante sus escaños permanentes, le han dicho No a los yanquis. Tanto Moscú como Beijing saben que juntos van más lejos en sus empeños de desarrollo, fin último de las dos sociedades, aunque sus preceptos ideológicos difieran. A las puertas del XX Congreso del Partido Comunista Chino, el país necesita estabilidad, por eso en política exterior Xi Jinping, presidente de la RPCH, ha pedido dejar de lado las ideas dominantes para enfrentar exitosamente objetivos beneficiosos para el planeta y para todos los que lo habitamos.

Llamado al que se acoge Putin. De ahí que el 23 de marzo los cancilleres ruso y chino, Serguei Lavrov y Wang Yi, acordaran enfrentar juntos las medidas ilegítimas y coercitivas unilaterales rubricadas por Biden, reactivando su Convenio de Amistad por cinco años. Pero este es tema para un futuro comentario.


María Victoria Valdés Rodda

 
María Victoria Valdés Rodda