0
Publicado el 8 Marzo, 2021 por Elsa Claro en Opinión
 
 

EE.UU.-EUROPA: Juntos pero no tanto

Elsa ClaroPor Elsa Claro

Fuere en la Kyoto de la era Heian o en los emplazamientos posteriores recreados por el japonés Akira Kurosawa en su afamada película, la metáfora del texto original permite o provoca enfoques diversos sobre una trama siempre dramática. Vulgarizando, si fuera un juego de pelota, el lanzador estaría recibiendo señales confusas.

En este caso, personajes y naciones son los más descollantes. Estados Unidos, por supuesto, en trance de unir sus cristales rotos. Europa, fracturada por el Brexit, también quiere recomponer su propia vajilla, violentada por la golpiza que le diera Donald Trump. En esos registros Rusia y China están encasilladas con carácter más de  enemigos que de simples competidores. En los sumarios republicanos se estampó ese criterio, y, en otro tono, aparece de nuevo en la Guía Estratégica de Seguridad Nacional, publicada el 3 de marzo por la nueva administración.

El documento tiene pinceladas de realismo interesantes. “También reconocemos que la competencia estratégica no excluye, ni debe excluir, la posibilidad de colaborar con China cuando sea nuestro interés nacional”, dice el texto, tras admitir en otro párrafo que el gigante asiático es el competidor por excelencia, capaz de combinar poder económico, diplomático, militar y tecnológico para plantear un serio desafío. A su vez afirma que Moscú está resuelta a aumentar su influencia en la escena mundial y debe ser sofrenada.

Lamentablemente, las ya deplorables relaciones de Estados Unidos  y de la UE con Rusia se deterioran cuando bien pudiera propiciarse el entendimiento entre iguales. Ocurre, y es significativo, que las alianzas occidentales no tienen la solidez de otros momentos y el camino para materializar los propósitos estadounidenses no es tan asfaltado como desearían. El Viejo Continente, bastante subordinado a Washington desde la postguerra, no tiene la misma ductilidad ante su poderoso aliado. Luego de soportar con relativo estoicismo las irritantes bravatas del anterior presidente, o influido por aquella incómoda posición, está decidido a quitarle eslabones al encadenamiento trasatlántico.

La idea de dotarse con un sistema de seguridad propio, no dependiente del paraguas estadounidense, cobra bríos tras los empellones de Trump y, en el trayecto, se adicionan intereses de orden económico. Uno en esa perspectiva está en que los europeos, mayoritariamente, no prefieren el gas de esquisto norteamericano, caro y no tan viable para sus estándares, teniendo a las puertas el gas ruso.  Y como, en diciembre de 2019, EE.UU. promulgó amenazas contra toda empresa involucrada en el casi concluido gasoducto Nord Stream 2, hubo naturales reacciones contra ese pretendido extraterritorial. Después, como se asoció ese asunto con el hipotético envenenamiento del opositor ruso Alexéi Navalni, desde Bruselas advirtieron de que ese tema lo enfocan desde otras perspectivas, castigando sí, pero sin afectar la terminación ni la puesta en marcha del suministro energético.

¿Fractura con respecto a un “enemigo” común?  No exactamente. Europa ha estado acompañando a Washington en las multas económico-financieras a Moscú, pero ha perdido bastante con esta política y requiere una visión de mayor pragmatismo. Que unas 100 empresas participen del gigantesco viaducto submarino protegidas por la legislación europea, y con un beneficio neto posterior, influye en las decisiones. Trump no fue capaz de medir las consecuencias que él mismo habría adoptado como empresario, si el affaire fuera a la inversa; la administración de Biden, con otro proceder, parece capaz de reanalizar lo hecho por su antecesor, y  busca, también por mejores rutas, restaurar vínculos.

Pero la fractura de la relación transatlántica llevó a que en la última cumbre europea resultara reafirmado el propósito de  disminuir sustantivamente la subordinación militar a Estados Unidos, y, tal como en su momento se adoptó una moneda común para protegerse de los altibajos del dólar y los dañinos  efectos de los especuladores, dotarse de su propio resguardo estratégico, aun manateniendo  fidelidad a la OTAN.

En el segundo semestre de 2020, Alemania ejerció la presidencia rotativa de la UE y le dio un fuerte avance al proyecto teórico que da basamento a la nueva iniciativa militar, concebida en varias líneas: desde mejorar la producción de armas, aviones y otros ingenios bélicos, hasta lo concerniente a las tropas. Según el informe anual de la Agencia Europea de Defensa, en el Continente se invierten 186 000 millones de euros en ese frente, cifra que fue creciendo en el último decenio, pese a las quejas de Trump y a las atemperadas solicitudes del nuevo Ejecutivo norteamericano. Se colige que esta parte del propósito disminuiría la compra de armamento a Washington,  para horror del complejo industrial aliado.

Si se suman los presupuestos nacionales de defensa en el Viejo Mundo, se tiene tres veces más la cantidad que gasta Rusia en iguales menesteres y por vecindad e intereses mutuos diversos sería lógico un entendimiento que contribuiría al peso regional  de los 27 y su efecto estabilizador internacional.

Nuevos retos

Y como  no todo el monte es de orégano, la recién estrenada diplomacia estadounidense proyecta que, mientras recompone sus vínculos con Europa, “entablará un diálogo significativo con Rusia y China sobre una serie de desarrollos tecnológicos militares emergentes que implican estabilidad estratégica”. Botón  de muestra, el ya extendido Tratado de Reducción de Armas Estratégicas, para el control de los misiles atómicos intercontinentales.

Ahora, los deseos europeos de soberanía en seguridad pudieran sucumbir o dilatarse nuevamente.  El Consejo de Ministros de Defensa de la OTAN de febrero pudiera constituirse en  reinicio de la cooperación político-militar entre Estados Unidos y Europa. Con esa circunstancia o sin ella, lo imprecisos mensajes  actuales  parecen darle suficiente peso a lo dicho por Vladimir Putin en el Foro Económico de Davos a inicios de este año: “Existe la posibilidad de un colapso histórico en el desarrollo mundial, a partir de una lucha de todos contra todos, con intentos de resolver contradicciones urgentes mediante la búsqueda de enemigos ‘internos y externos’, con la destrucción no solo de los valores tradicionales (…) ‘como la familia’, sino también las libertades básicas”, incluyendo el arbitrio de ciudadanos y estados.

Muchas  veces en la historia hubo concertaciones necesarias y hasta urgentes, ventajosas, para todas las partes. La actualidad está exigiendo acercamientos y cordura parecidos si se pretende sanar, al menos un poco, los estragos que un poder inmenso, en manos de un extravagante irresponsable, entronizara en su país y en el resto del planeta, agravando males, cuando todos tienen arreglo.

 

 

 


Elsa Claro

 
Elsa Claro