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Publicado el 19 Marzo, 2021 por María Victoria Valdés Rodda en Opinión
 
 

Irak-Vaticano: Es posible curar las heridas

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María Victoria Valdés RoddaPOR MARÍA VICTORIA VALDÉS RODDA

Antes de que se realizara el acercamiento del Sumo Pontífice a tierras de Mesopotamia, el portavoz del Vaticano, Mateo Bruni, señalaba que la intención del viaje era mostrar la cercanía del Papa con aquellas comunidades cristianas amenazadas. Ese puede haber sido el propósito inicial; sin embargo, el que conoce un poco de política internacional supuso que la trascendencia recaería en el mensaje implícito de tolerancia y comprensión. Hubo muchas señales de lo anterior, y una muy clara: el encuentro histórico entre la alta jerarquía católica y la del Islam chiita.

Porque si bien los cristianos han profesado y difundido allí su fe desde tiempos inmemoriales, otras religiones han sobresalido, especialmente la musulmana. Este reconocimiento de algún modo quedó expresado en un tuit del Papa Francisco: “Irak permanecerá siempre en mi corazón. Les pido a todos ustedes, queridos hermanos y hermanas, que trabajen juntos, unidos por un futuro de paz y prosperidad que no discrimine ni deje atrás a nadie. Les aseguro mi oración por este amado país. #ViajeApostólico #Iraq”

Asesinados por el Estado Islámico

La visita a Irak, del 5 al 8 de marzo, incluyó una misa ante 100 mil personas, en Erbil (sabiamente en el Kurdistán iraquí) y estancias en las ciudades de Bagdad, Mosul, Najaf y Qaraqosh. Desde 2020, el sumo pontífice quería reparar el hecho de que, desde la invasión de los EE.UU. a Irak, en 2003 y hasta 2019, la comunidad cristiana iraquí se ha reducido en 83 por ciento, y no solo por el impacto estadounidense sino sobre todo por la brutalidad de otro tipo de terrorismo, el que encarna el Estado Islámico (EI), que en última instancia ha sido aupado de cierto modo por el imperialismo yanqui. Así, de más de 1,5 millones de cristianos iraquíes, apenas han logrado sobrevivir 250 mil.

Uno de los lugares más golpeados por el EI fue Mosul, en 2014. Hubo asesinatos, torturas y desplazamientos. En este 2021, seis años después, y a pesar del desmantelamiento del califato establecido por ese temido grupo terrorista, todavía varias de sus células continúan activas, de ahí que este viaje papal haya sido considerado un peligro latente para todos los cristianos, incluido Francisco.

Encuentro de fe

Para los paganos y ateos, Irak es básicamente tierra entre los ríos Éufrates y Tigris. Es además cuna de los legendarios Ali Baba y los 40 ladrones; de Sherezade, Aladín y muchísimos personajes más de Las mil y una noches. Sabemos no obstante que la vida es compleja en su realidad de espaldas a los cuentos bonitos, así que, junto a esas leyendas, Irak es tierra de fe, incluida la cristiana; pero el islamismo ha predominado no siempre en armonía con las otras confesiones, también intolerantes.

En este siglo XXI, el papa Francisco ha cambiado tal actitud radicalmente. Para ello se personó en la ciudad sagrada de Najaf, principal centro religioso del chiismo y lugar de peregrinación de sus adeptos de todo el mundo. Allí intercambió con el ayatolá Al-Sistani, una de las figuras más poderosas del islam. Sus fatuas (edictos religiosos) hicieron que muchos musulmanes se movilizasen en 2014 contra el Estado Islámico. Lucharon también por los cristianos. De él dijo el Papa: “Es un hombre humilde y sabio. A mí me hizo bien al alma este encuentro. Es una luz”.

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María Victoria Valdés Rodda

 
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