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Publicado el 10 Abril, 2021 por Mariana Camejo en Opinión
 
 

América Latina: Punto de giro en medio de la distopía

Mariam Camejo-Foto de autoraPor MARIANA CAMEJO

Llueven los muertos en el continente y parece escaparse a pie juntillas el horizonte de un posible mundo mejor. El virus que creyeron democrático y parejo para todos, que nos convidaría a la solidaridad y a una sociedad fraterna, ha demostrado ser justo lo contrario. Los pobres viven una realidad diferente a la que ofrecen la literatura y las televisoras.

La historia parece confirmar un carácter cíclico. De alguna manera, la serpiente siempre se muerde la cola y al menos algún alivio pudiera experimentar la región si se afianza una nueva etapa de progresismo. Coincidamos con Emir Sader al colocar a Ecuador como eje definitorio de ese trance decisivo. El Gobierno de Lenín Moreno se alejó diametralmente de su antecesor Rafael Correa, que ahora está pisándole los talones junto André Arauz y frente a las consecuencias de la mala gestión de la pandemia del nuevo coranarivus. Claro que Guillermo Lasso en el debate siguió la retórica manida de calificar la administración de Moreno de la continuidad por excelencia de la de Correa, pero a contrapelo de quienes se empecinen en digerir las acusaciones de corrupción contra el expresidente, no tiene mucho sentido creerle a Lasso. Dudo que con el Gobierno anterior hubiéramos visto el caos viralizado en Twitter de cadáveres en la calles, víctimas de covid-19. Pero no hace falta movernos a la especulación para separar esas aguas que con tanto esfuerzo Lasso quiere entremezclar.

Retomemos a Emir Sader. El politólogo explica en su texto “América Latina con los ojos puestos en Ecuador” que el neoliberalismo ha revelado su corto aliento, porque responde a los intereses del capital financiero, no aplica, ni concibe políticas sociales y así no logra conquistar bases sociales de apoyo que le permitan estabilizar sus gobiernos. El caso de Argentina fue ejemplar, con una victoria eufórica de Mauricio Macri, que se agotó rápidamente, porque retomó el mismo modelo neoliberal que ya había fracasado no solo en Argentina, sino también en Brasil, Uruguay, Bolivia y Ecuador. La victoria reciente de la derecha en Uruguay promete tener un destino similar.

Sader también considera que Andrés Arauz recoge las experiencias positivas del mandato de Rafael Correa y se presenta como la expresión ecuatoriana de otros gabinetes antineoliberales, como los de Lula, Néstor y Cristina Kirchner, Pepe Mujica, Evo Morales, López Obrador y el propio Correa. En caso de que triunfara Arauz, se consolidaría el segundo ciclo de administraciones progresistas, antineoliberales, sumando Ecuador a las actuales de Argentina, México y Bolivia. En caso de que ganara Lasso, Ecuador volvería a estar aislado, dando continuidad al desastroso período de Lenín Moreno.

Argentina, que finalmente logró la legalización del aborto gracias a la puja de los grupos feministas y la marea verde, ha comenzado un plan de vacunación gratis y equitativo, con una prioridad para sectores vulnerables que denota el cambio en la política interna entre Macri y el binomio Fernández. Un parámetro de comparación en materia de salud, por ejemplo, radica en la reducción llevada a cabo por Macri del destinado a las ayudas a personas con enfermedades crónicas o discapacidades, lo que implicó que incluso sujetos imposibilitados de trabajar se quedaran sin asistencia económica.

Aunque Perú también se encuentra en proceso electoral, gran número de analistas tienen menos esperanzas de lo que puede significar en términos progresistas para la región, y esto se debe a que todos los candidatos comulgan con el mantenimiento del sistema capitalista, sin cuestionarse lo que este conlleva de inequidad social. Pujan por el poder la vertiente socialdemócrata y la neoliberal.

Chile también se prepara para elecciones. Las municipales, de gobernadores y constituyentes fueron aplazadas de abril para mayo, y la primera vuelta presidencial está planificada para el 21 de noviembre.

Sin duda, de ganar Arauz en Ecuador se confirmaría una nueva etapa de gobiernos progresistas en la región, lo que podría afianzarse si Lula logra participar en la carrera por el Palacio de Planalto en 2022 y salir elegido. Esto significaría un rechazo conjunto a la agenda estadounidense en la zona y un punto de giro para las clases sociales más desfavorecidas, aún en peor situación por el avance de la pandemia. El progresismo, sin embargo, tendrá varios desafíos mayúsculos. No solo se trata de disminuir la pobreza y garantizar accesos –a la salud, al agua–, sino de incluir reclamos que resuenan en el escenario político actual; hablo de justicia climática, de formas de vida solidarias con el medioambiente, de feminismo, de diversidad cultural, descentralización del poder, de democracia participativa y de la plena conciencia de la no violencia como política de Estado.

Si bien muchos observadores en momentos anteriores concentraban los aciertos y desaciertos del progresismo en cómo se habían mantenido apegadas o no a sus bases populares, hoy es más evidente la pluralidad de exigencias y necesidades, y solo en la medida en que puedan verse representadas y respondidas se garantizará el consenso social, sobre todo porque el neoliberalismo seguirá orbitando como opción impulsada por la ultraderecha, que sabe apoderarse rápido de la crítica a los puntos flojos de la izquierda.

Todo esto deberá impulsar, al menos en los primeros años, todavía en un contexto de covid-19, un panorama sobre el que reflexiona el investigador Joan Benach, autor del libro La salud es política, cuando dice que, en sí mismo, el virus puede ser “democrático”, pero las condiciones sociales de las personas y grupos sociales que lo transmiten y sufren sus efectos no lo son. “La palabra pandemia hace referencia a la extensión masiva de una epidemia y esto puede hacer pensar que afecta a todo el mundo. Y es cierto, pero no en la misma medida. Por tanto, hay que mirar el problema de manera diferente a como habitualmente nos lo presentan los medios de comunicación”.

Benach explica que estamos ante una pandemia desigual, esparcida y amplificada por la desigualdad social, que es la peor de las epidemias que estamos sufriendo. Por lo tanto, hay desigualdades pandémicas o, “si lo queremos decir como Mike Davis, hay una ‘constelación de epidemias’ que viene determinada sobre todo por factores socioeconómicos y sanitarios inequitativos”, una realidad que deberán enfrentar los gobiernos progresistas.

Aunque este texto comenzó con un panorama bastante pesimista, al menos parece que nuestro Sur global se mueve ahora hacia un momento en el que las necesidades de los ciudadanos serán realmente escuchadas.


Mariana Camejo

 
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