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Publicado el 16 Abril, 2021 por Elsa Claro en Opinión
 
 

EE.UU.: Derechos perturbados

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Elsa ClaroPor ELSA CLARO

En este momento, en cárceles norteamericanas languidecen miles de inocentes. Errores procesales, mala voluntad o negligencia  provocan demandas y, por su magnitud,  han dado pie a un minucioso estudio federal que detectó serias faltas del sistema judicial, saturado por la discriminación. Christina Swarns, directora ejecutiva del Proyecto Inocencia, consideró: “El racismo impregna todas las etapas del sistema penal y envía a demasiadas personas inocentes de color a la cárcel y a la cámara de ejecución”. Esta ONG, de asistencia legal, procura el indulto de los condenados injustamente, con poco éxito. Nunca se sabrá con exactitud la cifra de inmolados indebidamente en la silla eléctrica o con sustancias letales, como resultado de condenas a muerte infundadas.

Caso notorio, el de Leonard Peltier, activista del originario pueblo Lakota (siux) y miembro del Movimiento para la Liberación de los Nativos Americanos, quien,  apresado en 1976, fue víctima de un veredicto con falsos testimonios. Amnesty International le incluyó en la lista de juicios injustos. Sitio parecido ocupa Mumia Abu-Jamal, periodista acusado, sin pruebas, de matar a un agente del orden, en un proceso muy turbio. En febrero pasado, le hospitalizaron con líquido en los pulmones. Dio positivo a la covid-19 y padece una insuficiencia cardiaca, condiciones que no impidieron fuera amarrado a la cama en el centro asistencial. Lleva casi medio siglo de encierro, gran parte en aislamiento.

De este corte, y con reos menos conocidos, hay un largo listado de reclusos o ejecutados, incluyendo adolescentes, algo fuera de la ley, como igualmente la aplicación de cadena perpetua a menores de edad. Joe Ligon, arrestado con solo 15 años, pasó ¡68! tras las rejas antes de ser exonerado. A Lawrence Mckinney lo sentenciaron a 115. Al cabo de tres décadas fue probada su inocencia.

Pifias aparte, son pruebas de segregación institucional. Se reitera en los asesinatos recientes de George Floyd, y Duante Wright, en Minneapolis, afronorteamericanos sin causales que ameritaran empleo de fuerza extrema. Igual, el caso de Breonna Taylor, trabajadora sanitaria a quien le dispararon ocho veces dentro de su apartamento, en Louisville, en marzo del 2020. Una dirección equivocada y la preferencia por someter durante un allanamiento, más el pecado de tener la piel quemada por los soles de la raza, bastan para quienes crecen creyendo que son excepcionales. Las violaciones de los derechos humanos cubren una amplia gama. Algunas son tan repetidas que no ocupan el debido rango en las apreciaciones de la ciudadanía estadounidense.

Dentro de tan falsificada atmósfera, y en solo días, acaba de presentarse una muestra de tendencias y conflictos generados por el irrespeto a cuanto dicen defender y es resultado de la carencia de sanidad política desde el Estado. Aparte del último crimen policial, hubo un tiroteo en una escuela secundaria de Knoxville, Tennessee y, en menos de 24 horas, otros hechos violentos en el sur de California, con la arremetida de supremacistas blancos contra unas 200 personas del movimiento Black Lives Matter. La manifestación ultra fue del Ku Klux Klan, neonazis y fanáticos de Donald Trump.

Las garantías y conductas que suelen exigirse desde Washington a sus “enemigos” o malqueridos no se las aplican a sí mismos, mientras buscan afanosos en los ojos ajenos, sin atender al estercolero acumulado en los suyos.

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