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Publicado el 7 Abril, 2021 por Ernesto Eimil Reigosa en Opinión
 
 

Estados Unidos: Un “nuevo” tipo de odio

Por Ernesto Eimil Reigosa Ernesto Eimil Reigosa

El año pasado se reportaron en Estados Unidos 3 800 actos de odio contra personas de origen asiático, según un reporte de Stop AAPI Hate (traducido como Detener el odio contra asiáticos americanos e isleños del pacífico), una ONG de reciente creación, encargada de documentar este tipo de incidentes. Las cifras salieron a la luz el 17 de marzo. El mismo día en que un joven de 21 años llamado Robert Aaron Long condujo hasta varios locales de masajes de los suburbios de Atlanta y mató a seis mujeres asiáticas que allí trabajaban.

Varios activistas de AAPI calificaron este hecho de “tragedia innombrable para las familias de las víctimas y para una comunidad que ha estado experimentando altos niveles de racismo”. Fue también la confirmación para muchos, como la periodista y escritora Jiayang Fang, de origen chino, de que la paranoia es real, de que el peligro es verdadero y puede suceder en cualquier momento.

Los asesinatos de esas seis mujeres no son un suceso casual, ocurrido por obra de la violencia gratuita o porque la víctima se encuentre en el lugar y la hora equivocados. En enero, un hombre tailandés de 84 años murió al ser empujado mientras caminaba; otro, de 75, falleció después de ser asaltado y robado en un barrio chino. La policía desistió de conectar el móvil de ambos casos con prejuicios raciales, y los etiquetó como “abuso de ancianos”.

Y, al igual que estos dos casos a inicios de año, numerosos ataques verbales, insultos y humillaciones se han reportado a lo largo y ancho del país. Muchos de ellos fueron grabados y, gracias a la arqueología de las redes sociales, se pueden consultar en cualquier momento y quedan como testimonio de una época en la que el aumento de los discursos de odio vuelve a ser parte de la realidad cotidiana en todo el mundo.

¿Problema nuevo?

Pero ¿acaso este es un problema significativo de reciente data en Estados Unidos? ¿Es esta un nuevo tipo de discriminación? Desafortunadamente, tanto la historia como las cifras confirman la preocupación de muchas personas. Una encuesta realizada a varios departamentos de Policía hecha por el Centro para el Estudio del Odio y el Extremismo, de la Universidad del Estado de California, San Bernardino, verificó la denuncia de 122 crímenes antiasiáticos en 16 ciudades diferentes de la nación en 2020, una diferencia considerable si tomamos en cuenta los 49 que ocurrieron en 2019. El antecedente más aterrador de las actitudes segregacionistas de hoy día se encuentra en los campos de concentración en los que muchos civiles japoneses (y personas de apariencia asiática) fueron encerrados durante la Segunda Guerra Mundial como medida preventiva ante el miedo irracional de sus compatriotas.

Por estos días, el debate nacional sobre el resurgimiento de este tipo de violencia se mezcla con otros debates nacionales siempre vibrantes y que parecen lejanos de cualquier solución. Primero, el del racismo, sistemático mientras existan en el país estructuras sociales injustas que faciliten la desigualdad; segundo, la tenencia de armas, poco regulada y muy estimulada y que ha llevado, otra vez, al asesinato masivo de personas, en esta ocasión de una minoría sobre la que es ejercida un estigma doble: por ser asiáticas y por ser mujeres; tercero, un hecho que ocupa titulares por estos días: el juicio de Derek Chauvin, exoficial de la policía de Minneapolis, quien enfrenta un proceso en su contra acusado de tres cargos de homicidio por la muerte de George Floyd, en mayo de 2020, lo que ha promovido el intercambio sobre cómo las instituciones estadounidenses combaten dicha discriminación.

Los delitos ocurridos desde el año pasado no constituyen hechos aislados, sino la culminación de inequidades sistémicas y culturales exacerbadas por la pandemia de covid-19, una calamidad global por la que los asiáticos han sido culpados en muchos lugares del planeta. La escritora Jiayang Fan describió sus temores personales y los de un grupo de amigos asiático-americanos en un artículo de la revista literaria New Yorker. Habló de la preocupación de proteger a los ancianos, más vulnerables ante la violencia. Se preguntó, junto con sus compañeros, si llegado el caso tendrían que hacer planes de contingencia, emigrar hacia otros lugares para escapar del odio.

Después de que Robert Aaron Long fuera inculpado de ocho cargos de asesinato, les dijo a los investigadores de que el motivo de su crimen no era racial. El capitán Jay Baker, portavoz de la oficina del sheriff del condado de Cherokee, donde ocurrieron las primeras muertes, describió las acciones de Long como el resultado de “un mal día”. Una justificación más común de lo que se piensa, sobre todo a la hora de caracterizar ataques contra mujeres: una forma sutil, que probablemente escapa al mismo Baker, de decir que sus vidas valen menos por el hecho de serlo.

“Aparentemente tiene un problema”, continuó el policía, “algo que llama una adicción”. Añadió luego que para Long los locales de masajes son una tentación que tenía que eliminar. De acuerdo con varios sitios de noticias, Baker fue reprochado por su interpretación de los sucesos, por excusar al sospechoso y atribuir a una persona dispuesta a matar a otras la capacidad de tener la claridad de entender sus propias motivaciones. Días después, debido a estas críticas, el portavoz fue separado de sus obligaciones en el caso.

Raíces

La historia reciente de Estados Unidos ha demostrado que una masacre puede resultar especialmente reveladora sobre el estado de un país. Así como lo demostró la muerte de Floyd y de otros afroamericanos, el racismo estructural está tan “normalizado” que resulta patológico. El discurso de odio del expresidente Donald Trump no ha hecho más que incentivar esto. Expresiones como “virus de China”, inexactas e intencionadas, dirigidas al corazón de sus seguidores, pudieran tener que ver más con relaciones de poder hegemónicas y rivalidades obsoletas contra el gigante asiático que con otras cuestiones; pero están afectando a los propios ciudadanos que un día juró proteger.

La retórica incendiaria de Trump, combinada con los efectos de una pandemia sin precedentes en 100 años, ha ayudado a visibilizar la precariedad de una minoría muchas veces poco representada en EE.UU. Los asiático-americanos viven con el peligro de ser infectados por un virus del que también se les culpa. Están atrapados en una tragedia genuinamente norteamericana, mientras, irónicamente, muchos de sus agresores les niegan el derecho a ser considerados verdaderos estadounidenses.

 


Ernesto Eimil Reigosa

 
Ernesto Eimil Reigosa