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Publicado el 12 Abril, 2021 por María Victoria Valdés Rodda en Opinión
 
 

ISRAEL: Democracia de dudoso calado

Por MARÍA VICTORIA VALDÉS RODDA

¿De verdad que Israel es una democracia? Formalmente, digamos que sí, porque a partir de su conformación, en 1948, Occidente, y muy especialmente los Estados Unidos, lo avala con propaganda engañosa al alabarlo como “la única democracia del Oriente Medio”. Pero ¿cómo puede serlo con todas las de la ley cuando, en 2018, el Parlamento aprobó una legislación que lo define como “estado nación del pueblo judío”, al que se le otorga el derecho a la autodeterminación en exclusividad? ¿Dónde cabe el 20 por ciento de la población árabe israelí? ¿Qué hay de los palestinos?

Benjamín Netanyahu, primer ministro por más de dos décadas consecutivas, es manipulador porque al tiempo que desprecia a esos conciudadanos, trata de manejarlos estratégicamente para poder formar Gobierno. Lo hizo en 2020 y lo acaba de hacer en 2021. Este comentario se centrará en la participación política de los árabes israelíes en la pretensión de demostrar el cacareado liberalismo.

En las legislativas del año pasado, la “Lista Unida” o Partido islamita Ra’am obtuvo el 87.2 por ciento de los votos entre las filas de ese conglomerado, es decir, 15 escaños. Ahora bajó en posición pero sigue siendo apetecible para los intereses de Netanyahu y de sus opositores en el espectro político judío. Dada la implicación de esos partidos en el rejuego político, algún que otro desavisado podría afirmar que Israel constituye una democracia; pero ¿disfrutan allí todos los grupos sociales y étnicos de los mismos derechos individuales y sociales?, ¿tienen todos la misma posibilidad de acceso a la prosperidad? Huelga la respuesta.

Hipocresía

El bloque Likud, de Netanyahu, obtuvo 31 escaños en las recientes elecciones legislativas, y quedó por debajo de lo demandado: 61 asientos necesarios para contar con la mayoría del Parlamento (Knéset), integrado por 120 diputados. Esta situación desventajosa ha “exigido” gran acopio de hipocresía. Por ejemplo, Netanyahu visitó Nazaret, emblemática ciudad también del cristianismo universal, para prometer “una nueva era de prosperidad, integración y seguridad”, además de comprometerse con aumentar los presupuestos municipales. Y luego, en un arranque de mayor calado oportunista, dio su palabra de que en caso de ser reelegido impulsará el lanzamiento de vuelos directos desde Tel Aviv a La Meca, Arabia Saudita. Con esto intentó apaciguar los temores de una región sumamente dividida, empezando por el abandono de algunos Estados del área en su tradicional postura comprometida con los derechos palestinos. La Liga Árabe históricamente vinculaba el establecimiento de relaciones con el país hebreo solo si Palestina se erige como un Estado soberano. Desafortunadamente, la estrategia solidaria parece guiarse por otros derroteros, no siempre claros.

Las declaraciones de marras de Netanyahu se produjeron durante una entrevista por el Canal 13 de Israel, que causaron gran controversia, debido a las prolongadas tensiones con los vecinos árabes. Dio a entender que, si volviera a asumir el codiciado cargo, las relaciones entre Israel y Arabia Saudita se normalizarían. Afirmó que evaluaba nexos futuros con cuatro países más de la zona. Algunos analistas ven asimismo en esta declaración un eventual mensaje subrepticio hacia la República Islámica de Irán, qué se expresa en algo así como: pudiéramos llegar a dialogar si los persas cambian las claves y las posturas intransigentes. Eso, lector, tiene visos de literatura de ficción.

¿Democrático y colonialista?

Asumamos por definición ya preestablecida en el imaginario universal que Israel es una democracia. Sin embargo, confrontemos semejante concepto con esta duda: ¿se puede ser democrático siendo colonialista? Israel lo es. El pueblo palestino vive asediado, sus hijos son asesinados y sus tierras de Cisjordania robadas con el fin de que, a la larga, sea imposible crear un Estado palestino, como se concibió hace tantísimos años atrás.

Otros recelos me asaltaron este 6 de abril, tras leer un cable de Prensa Latina que informó lo siguiente: “Aunque sin apoyo indispensable y asediado por acusaciones de corrupción, el primer ministro israelí, Benjamín Netanyahu, fue designado hoy por el presidente Reuven Rivlin para formar gobierno. […] en un giro de 180 grados respecto a su postura de la víspera, impuesta por el resultado de consultas con los partidos de las cuales emergió el consenso de que Netanyahu tiene las mayores posibilidades de integrar un gabinete duradero”.

¿Qué es esto? ¿Cómo puede tener ese poder incluso después de que el Tribunal de Distrito de Jerusalén lo mandara comparecer para reiniciar el proceso en su contra por cargos de corrupción? ¿Cómo podrá atender simultáneamente sus deberes políticos con los de ciudadano sin que entren en contradicción? Se le acusa de delito de cohecho –con la perspectiva de hasta diez años de prisión–, de fraude y abuso de confianza, penados con hasta tres años de cárcel. Bueno, habrá quién vea semejante panorama como un patrón efectivo de democracia. Tal vez de una bien podrida.

Vergüenza tras vergüenza

Y no hay antisemitismo en este texto: Israel sorprende por sus logros científicos y tecnológicos, y de responsabilidad social para con los judíos, recuérdese que es la nación únicamente de ellos. De manera que el respaldo gubernamental hacia el “pueblo elegido” es relativamente consistente con ese compromiso “moral”.  Tamaño deber lo ha llevado a vacunar a más de la mitad de los nueve millones de habitantes, en la que se considera – según la prensa europea y yanqui– la campaña de inmunización más rápida del mundo para frenar la propagación del SARS-Cov2. Campaña iniciada tan temprano como el 23 de diciembre de 2020.

El plan de vacunación, sin embargo, privilegió a los ciudadanos israelíes, incluidos los colonos ladrones de tierras cisjordanas, mientras que excluyó a los casi cinco millones de palestinos de Cisjordania y la Franja de Gaza, bajo la ocupación sionista. La justa causa palestina sigue siendo, a pesar de todo, una historia de vida muy sensible en el Oriente Medio y en el mundo entero, porque la lógica lleva a pensar que sI ellos son marginados, colonizados, esa segregación podría extenderse hacia cualquier frontera, habida cuenta de que Israel podrá autodenominarse democrático, pero tiene en la frente la marca nítida de su política racista.

La realidad es que se erige sobre los principios de la guerra de rapiña, con chantaje armamentístico de última generación. Por eso, ante la vergüenza que supone privilegiar unos seres humanos sobre otros, la Organización Mundial de la Salud (OMS) le envió este 17 de marzo al pueblo palestino 62 000 dosis de vacunas contra la covid-19, en el marco de un programa de ayuda a los países pobres, porque eso, pobreza y vejaciones, es lo único que deja esta “democracia”.


María Victoria Valdés Rodda

 
María Victoria Valdés Rodda