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Publicado el 23 Abril, 2021 por María Victoria Valdés Rodda en Opinión
 
 

¿Madrugar para comprar papas?

Por María Victoria Valdés Rodda

“Llego entre 8 y 8.30 y si demoro un poco, tranquila, es que quiero buscar las papas antes”. Así me explicó y tranquilizó el plomero, lo cual me decidió definitivamente a reflexionar sobre un asunto que en nuestro país trasciende las fronteras de la cocina en sus límites de un caldero hirviente, listo para freír, convirtiéndose en tema prioritario de debate cotidiano, así como en materia de distribución normada.

Porque si bien el cubano tiene una gama diversa de gustos culinarios, las papitas fritas señorean en las expectativas salivosas cuando en familia se conversa sobre algo “rico”. Por su sabor, entre dulzón y salado y por lo voluminoso en que se transforma un plato al amparo de su compañía es que este tubérculo ha sustituido al pan, pues ahora la gente ansía no solo que se cumpla el sagrado proverbio de multiplicar panes y peces, sino también se añora papa, mucha papa: ¡porque ya se sabe…ella siempre ayuda!

Aristas hay muchas por donde el periodismo puede investigar qué sucede con la producción de un alimento tan reclamado por el pueblo, mas no es el objetivo de este breve comentario. El énfasis indagatorio recaerá en otra cuestión nada despreciable: ¿por qué es necesario madrugar en el puesto de venta de un producto que, en La Habana, en teoría distributiva socialista a lo cubano, debe llegar por igual a cada núcleo familiar en correspondencia con la cantidad de consumidores en cada casa? Ya se sabe que en cada entrega no se despacha la misma cantidad de libras por persona pues eso está asociado a cuánto se logre cosechar; sin embargo, se supone que cada uno de nosotros vaya a consumir papa cuando esta entre en la cadena de bodegas y “minimax”.

Entonces, ¿qué pasa? ¿Por qué hay tantas quejas en la población sobre los faltantes, por qué las rastras no llegan completas? ¿Por qué esa lentitud en el despacho que más que vendedores nuestros dependientes parecen osos perezosos? Preguntas retóricas: usted y yo sabemos las respuestas. Es verdad, cuando el popular tubérculo entra en el puesto de venta existe un blindaje y no valen ruegos “por la izquierda” porque pocos vendedores quieren meterse en “candela”. No soy ingenua, siempre alguno se “arriesga”, no obstante, la merma casi nunca se da en ese eslabón. Si hasta un capítulo le dedicó el serial nacional policiaco “Tras la huella” sobre un caso de robo dentro de uno de los frigoríficos centrales. ¿Caso resuelto? El de la TV sí.

Parafraseando a un querido profesor, famoso por su “Vale la pena”, detengámonos en una cuestión cotidiana, imprescindible para el buen vivir: El presupuesto de tiempo. El de hoy en día que se gasta el cubano en compras no ayuda, ni a la prevención de algo tan malo como la covid, ni a detener el de por sí ambiente de ansiedad con que transitamos hacia la satisfacción de nuestras necesidades básicas, por lo general insuficientes, debido gran parte a la incidencia de un bloqueo yanqui, casi “prehistórico”.

Duele porque uno de los objetivos de la Revolución Cubana es la justicia social, el compartir solidariamente la riqueza producida; es insuflar vida a ese espacio de felicidad pequeñito que nos da energías para enfrentar retos colosales. Algunos trasnochados liberales dirán que es buen botón de muestra de nuestro fracaso, del surrealismo de “encapricharnos” en ser buenos y socialistas, lo cual rebato con: “No, son únicamente insuficiencias corregibles y desidia ante lo mal hecho”.

Es cierto, no debería ser postal común de cada barrio capitalino esas insanas aglomeraciones por un alimento que el Estado cubano planifica y al que, ya lo dije antes, en teoría distributiva, se siembra y cosecha para el pueblo, no para el mercado. Por eso, desde el nivel básico de organización social, que es el municipio, en sus diferentes instancias de planificación y participación, habría que oír más esa queja del vecino: “Me levanté a las 6 de la mañana, cogí el 50 en la cola y compré a las 2 de la tarde” … En fin, pensemos y actuemos juntos. Y ya me despido, que terminó el plomero y me voy corriendo. Wilberto, el del apartamento de abajo, me marcó para las papas.


María Victoria Valdés Rodda

 
María Victoria Valdés Rodda