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Publicado el 15 Abril, 2021 por María Victoria Valdés Rodda en Opinión
 
 

Ser militante con carnet, un honor

Por MARÍA VICTORIA VALDÉS RODDA

Mi alma se estremecía cada vez que en Nueva Delhi alguien nos pedía dinero y al no recibir moneda nos seguía insistentemente. Veía contradictorio que a la entrada de la famosa tienda del Corte Inglés en Madrid una señora ciega vendiera boletos de lotería por unas pocas pesetas. Tardé años en entender los motivos por los que el pueblo vietnamita fue bombardeado con aviones B-52, obligándome a mí y a todos a correr hacia los refugios. No me resultaba claro cómo en algunos países la miseria era apabullante, sin embargo, cuando llegaba a Moscú o a Praga, reía, respiraba paz y prosperidad. El cisma era evidente: había un abismo de mundos.

Tuve una infancia poco común dadas las responsabilidades paternas. Así que todas esas experiencias, más la educación familiar me enrumbaron por el camino de la inconformidad contra las injusticias. Bullía de deseos por cambiar las cosas: nadie merece vivir en ignominia. Ya, sin saberlo, era comunista por razonamiento y corazón. En mi onceno cumpleaños papi me regaló un libro de decisivo para mí: “Como el hombre se hizo Gigante” de M.Iliny E.Segal. Así adopté la dialéctica y las ciencias como guía, y junto a las conversaciones en casa, llegué al Manifiesto Comunista, de Marx, a la Historia de la Comuna de París o a la del Movimiento Obrero Mundial, etcétera. Además, tomé conciencia de mi deber patrio a través de diversas estampas: los sacrificios de Martí, de Villena, la intransigencia de Maceo, la resistencia de Melba y Haydeé, los barbudos del nuevo ejército del pueblo, las medidas transformadoras para bien. Y Fidel en su capacidad enorme de convencernos de que todo iría bien, aunque pareciera el acabose.

Papá me guio con su verbo y obra, mamá me enseñó en la práctica que la Revolución les había cambiado la vida a las mujeres. Podría relatar un montón de anécdotas, sin embargo, a propósito de la serie televisiva “Conquistando un sueño” sobre la Historia del Partido Comunista de Cuba (PCC) he vuelto a revivir emociones y enseñanzas: soy comunista desde que tengo conciencia del sufrimiento ajeno, convencida que sí es posible eliminarlo luchando.  Cada vacación en Cuba demostraba ese asalto al cielo.

Por complejidades de la existencia fui muchos años militante sin carnet, pero una vez que este se me entregó en Bohemia, el 3 de agosto de 2017, mi regocijo es proporcional al compromiso de mantenerme hasta el fin de mis días “conflictiva” en ese celo militante por analizar y denunciar errores y lo mal hecho para potenciar un Socialismo superior. Me he vuelto más disciplinada porque las organizaciones políticas, y más el PCC, enseñan, como prédica martiana y fidelista, que allí donde prevalece la desunión, los sueños de justicia mueren y el enemigo se aprovecha.

Aquella mañana de agosto no lloré, no hablé largo y tendido, aunque grabé detalles importantes: fue a las 10.20 am, mis compañeros estaban contentos, y el entonces Secretario General del núcleo de Bohemia me obsequió un ejemplar de “La Conquista de la Esperanza”, Diarios de Campaña, Ernesto Guevara y Raúl Castro Ruz (2-12-1956 al 19-2-1957). Luego, en mis manos el carnet, ese que atesoro. Él constata la validez de lo vivido: mi familia revolucionaria, el aprendizaje del Marxismo-Leninismo, el legado de Fidel en la continuidad de una Cuba soberana, solidaria y batalladora. Ser militante comunista es un honor, con carnet más.

 


María Victoria Valdés Rodda

 
María Victoria Valdés Rodda