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Publicado el 3 Mayo, 2021 por Elsa Claro en Opinión
 
 

Afganistán: Algoritmos mortíferos

Elsa ClaroPor ELSA CLARO

Si usted toma el uno y le añade doce ceros, tendrá un millón de millones (1 000 000 000 000).  A partir de esa visualización imagine más del doble y tendrá 2.26 billones. Es el monto en dólares, junto con 20 años igualmente mal usados, que ha erogado hasta el momento Estados Unidos en su guerra fallida contra Afganistán.

A tan espectacular despilfarro se adiciona el costo en vidas, que asciende a las 250 000, cifra informada por el Instituto Watson para Asuntos Internacionales y Públicos de la Universidad de Brown, desde donde aclararon que esa contabilidad solo responde a las muertes en acciones de combate, pues los nativos que perecieron por hambre y enfermedades durante el conflicto bien pudieran duplicar el cálculo hecho por la institución.

La Misión de Asistencia de Naciones Unidas en Afganistán asegura que se trata de al menos 32 000 civiles ultimados y unos 60 000 heridos, solo a partir del conteo sistemático iniciado en 2009.

En rango de imprecisiones queda lo alegado por el presidente afgano, Ashraf Ghani, quien asegura fueron por encima de 45 000 miembros de las fuerzas de seguridad de su país los caídos desde  2014. ¿Dónde sumar ese dato?

Cuando se habla de una retirada de tropas de la OTAN y, por supuesto, de los 2 500 efectivos estadunidenses que quedan de los 100 000 desplegados con anterioridad en ese territorio centroasiático, se impone seguir con el recuento numérico, aunque debajo de los guarismos pueden quedar ocultos grandes dramas humanos, tiempo infinito perdido para el desarrollo y complejidades alarmantes inevitables en los procesos bélicos. Y cuando son tan largos como este, y no obedecen a problemas intestinos o median –es el caso– la creación de centros de  tortura y atropellos imposibles de ubicar convenientemente en la modernidad, el saldo y la culpa de quienes propician esas bestiales irregularidades resultan aterradores. Las semillas innobles no proveen árboles sanos.

Los talibanes, atrapados en una versión extremista del islam, cometieron fechorías culturales criticables y provocaron un freno al avance de los derechos femeninos, establecidos por gobiernos mejor evolucionados; pero no se debe desconocer que erradicaron el cultivo de la amapola y el consecuente comercio de estupefacientes.

El ingreso de EE.UU. y otros ejércitos occidentales propició la reedición del narcotráfico, y todo lo pernicioso y repudiable de ese envilecido y envilecedor negocio. De acuerdo con datos de la ONU, de Afganistán procede el 80 por de la heroína, las metanfetaminas y el opio que hoy circulan en el mundo.

De otra parte, empresas y contratistas norteamericanos de baja ley obtuvieron millones por construir carreteras y edificaciones que se desmoronaron con el viento. Algo similar ocurrió en Irak, donde, por igual, los arqueos posteriores revelaron desvío de fondos,  malversación burda y excesos inadmisibles con los cuales, sin escrúpulo ni honradez, se destruyó un país próspero y sus habitantes fueron sometidos a humillación y abusos irreparables.

Datos oficiales y oficiosos

Los aportados por el departamento de Defensa de EE.UU. aseguran que el gasto militar total desde que comenzó la guerra en Afganistán (octubre de 2001) y solo hasta marzo de 2019 fue de 760 000 millones de dólares, sin tener en cuenta lo invertido en atenciones a veteranos (alrededor de 20 500 soldados resultaron heridos en acción) ni el dinero empleado para los distintos gobiernos (de George W. Bush a Joe Biden) en ayudas a la administración de Kabul, ni lo destinado a unos 11 000 contratistas privados.

Tampoco –y esto es extraordinariamente relevante– incluyen en ese monto el costo de los intereses a pagar por Washington debido a la deuda contraída para financiar la guerra.

Pudieron haber elevado un poquito los impuestos a las grandes fortunas y no lastimar las arcas del Estado, donde, entre varios asuntos por dilucidar, se registra una deuda pública en el orden de los 25.7 billones. Eso equivale al 123.03 por ciento del producto interno bruto. Tema de por sí digno de análisis independiente.

Esto por extraordinario que  sea, daña notablemente a los contribuyentes norteamericanos, en especial a los 30 millones de ciudadanos exentos de cobertura o las requeridas para mantener programas de alivio a las desigualdades, incluso ante situaciones que la covid-19 develó como increíbles insuficiencias de Estados Unidos.

Guerras y desperdicio

Uno de los propios organismos de la norteña nación, facultado para supervisar los egresos, concluyó que en el caso afgano se habían “perdido” 15 500 millones en “derroche, fraude y abuso”, solo en los últimos 11 años. Esa entidad de control alega que tal suma es, casi seguro, “una parte” del despilfarro total. Otra conclusión a la cual llegó resulta aleccionadora: el dinero empleado en “liberar” a los afganos “a menudo exacerbó el conflicto, permitió la corrupción y reforzó el apoyo a los insurgentes”.

Han tardado demasiado los imperialistas en percatarse de que la fuerza militar no erradica, no soluciona ciertos problemas, y menos aquellos en los cuales no debieron haber participado. Al final, ni gloria ni ventajas de alto mérito han logrado de la ocupación.

En Afganistán, la Casa Blanca tuvo que pactar con los talibanes, los mismos que fue a derrotar. Un Frankestein que crearon y se les reviró. Aparentemente –es lo que dicen– por capturar a Osama Bin Laden, es decir, a un individuo, arruinaron gente y el ámbito de su hipotético escondite. Nada justifica esa invasión ni la larga permanencia en el país.

Ahora la administración de Joe Biden retoma la promesa de sus antecesores y planea la retirada final, pero no podrá hacerlo para el 1o de mayo, fecha prometida por Donald Trump y Mike Pompeo. Se supone concluya antes del 11 de septiembre, para hacerla coincidir con el vigésimo aniversario de los ataques a las Torres Gemelas, pues fue ese el “argumento” empleado para asaltar el sitio del cual se están yendo sin honores.

Muchas deformidades dejan tras de sí esos seres que se consideran extraordinarios, superiores al común, y fueron a dar lecciones a quienes no se las pidieron. Esos desequilibrios y anomalías tampoco caben en los números, pero son parte de las inmundicias usualmente barridas y ocultas bajo las alfombras imperiales.

Y no las únicas, obvio, aunque adornen sus culpas hasta hacerlas casi irreconocibles, tras una oratoria con muy pocas y repetidas palabras que hace rato perdieron su sentido primario. Ni por asomo se proponen disculpas o reparar fechorías. Se consideran con derecho a cometerlas y a que nadie les repruebe, aunque insistan en enjuiciar a los demás, incluso inventándoles pecados. No son síntomas de este tiempo sino, lamentablemente, una viejísima e impugnable práctica.


Elsa Claro

 
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