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Publicado el 17 Mayo, 2021 por Mariana Camejo en Opinión
 
 

COLOMBIA: La lucha incontenible

La justificación de combatir las guerrillas ya no cuela en la tela de la ciudadanía, esa contra la que dispara la Policía

Mariam Camejo-Foto de autoraPor MARIANA CAMEJO

No hay tregua, la lucha continúa. Y es que esa es la única opción que le queda a Colombia. Lo que se inició con la reforma tributaria trascendió el efecto de indignación frente al proyecto de ley y se transformó en la acción de protesta resultante de años de paramilitarismo, masacres, clasismo y neoliberalismo. Las manifestaciones de hoy son también la respuesta a la violencia sistemática proveniente del Estado terrorista y del uribismo.

Aunque la narrativa oficial y mediática local ha intentado deslegitimar las protestas, criminalizando a sus protagonistas, a los que tilda de delincuentes, y adjudicándoles la falta de oxígeno en hospitales, lo cierto es que la opinión pública internacional se ha posicionado a favor de los ciudadanos. Imágenes en redes sociales prueban la violencia policial avalada por el gobierno de Duque y lo colocan en una pésima posición frente a los organismos foráneos.

Ni la cancelación de la reforma tributaria, ni las excepciones de pagos de matrículas, ni la voluntad solo de palabra de un diálogo nacional han logrado detener el paro. Conforme pasan los días aumentan las cifras de muertos, heridos y desaparecidos, y eso lastra demasiado el marketing de Iván Duque para salir de la crisis con la imagen de un presidente a favor de negociar.

La otra cara de la moneda es que el Comité de paro –para esas conversaciones– no representa la totalidad de exigencias de los manifestantes, característica importante del fenómeno de hartazgo que hoy vive el país. Las demandas cubren un espectro muy amplio, que demuestra la posición histórica del poder político de tener oídos sordos para los reclamos de su gente. El canto colectivo “Duque chao, chao, chao” condensa el espíritu del que se nutre este movimiento plural, diverso y de muchas exigencias.

De acercarse al fenómeno desde la perspectiva teórica del filósofo Enrique Dussel, podría concluirse que Colombia se ha convertido en uno de los escenarios que con más fuerza encarnan la lucha por la segunda liberación en América Latina. Si en el pasado la zona tuvo que librarse del coloniaje, ahora busca romper las cadenas de vasallaje frente a Estados Unidos, y la instrumentalización del territorio y sus recursos. El neoliberalismo, hijo-engendro de esa relación subyugante, ha condicionado la vida en Colombia a un nivel de diferencias socioeconómicas tan escandalosas y abismales que ubican al país entre los mayores “contribuyentes” a las cifras de violencia y violación de derechos humanos en la región.

Como señalábamos, la justificación de combatir las guerrillas ya no cuela en la tela de la ciudadanía, esa contra la que también disparan la Policía y los desconocidos civiles armados para dispersar manifestaciones, como sucedió con la minga (movilización) indígena reunida en Cali, triste evento del que resultaron nueve muertes.

Indignante es que frente al levantamiento legítimo del pueblo, Álvaro Uribe apoye y fomente el uso de armas contra civiles, y que, por si fuera poco, mantenga un discurso que otorga heroicidad a las fuerzas públicas, a la vez que las victimiza frente a los ataques de “los vándalos”. Ellos, que tienen la valentía de defendernos, hoy son atacados –parafraseo a Duque cuando habla en favor de la Policía; vaya usted y visite el Twitter del susodicho.

Ese espaldarazo descarado a las fuerzas armadas, en un intento claro de concederles legitimidad, constituye la estrategia desesperada del narco-poder que gobierna en Colombia para mantenerse a flote, algo que le está costando demasiado. Tanto así que, con el saldo de muertes que lleva y la opinión pública internacional que condena la violencia estatal, es muy probable que este sea un verdadero tiro –no en el pie, sino en la cabeza– de suicidio del uribismo. ¿Cómo podrá mantenerse después de esto? ¿Cómo convertir el revés en victoria? Lo tiene muy difícil. Altamente probable resulta que la derecha se diseccione y se aísle de Duque, de Uribe y del legado de esta administración.

Sin embargo, la derecha siempre ha sabido unirse para defender la banca y la supremacía del capital. No será diferente esta vez. La pregunta sería cómo responderán los sectores progresistas ante el bloque financiero que protegerá los privilegios sistémicos de los que gozan. Resistir y mantener las protestas: he ahí lo único con lo que cuentan los que han sido despojados de casi todo.

Recientemente, la activista por los derechos humanos Lilia Solano se refería a la fuerza que atiza este movimiento popular cuando advertía sobre los jóvenes que concientizaron que no tienen futuro, que no irán a la universidad y que -por tanto- ya les han robado la vida. Entonces están dispuestos a ponerla para que no cesen los reclamos.

El único camino para una democracia real en Colombia transita primero por desmontar el poder que controla las instituciones. Un ejemplo sencillísimo para demostrar la necesidad de ello radica en la Defensoría del Pueblo, que supuestamente debería ser independiente, pero no ha protegido a los cuidadanos, y cuyo responsable principal es íntimo amigo de Duque. Por cierto, en plena protestas viajó a Miami para vacunarse, según revelaron medios locales. ¡Cuánto le importan los colombianos dispersados a balazos!

Liberarse de las cadenas que atan el poder político a Estados Unidos dotaría al país de un eje fundamental para construir democracia. Sobre todo, porque cortaría de tajo las constantes “ayudas” financieras que otorga Washington para el supuesto combate contra la guerrilla, el narcotráfico y el comunismo. Con tantos años de repetir la fórmula, queda claro que el financiamiento para el militarismo solo contribuye a perpetuar la violencia, la matanza de líderes sociales y las violaciones de los acuerdos de paz. Y no se trata únicamente de un clima de agresiones a lo interno del país, sino también hacia fuera. Venezuela como blanco fundamental de la política exterior norteamericana.

Una realidad insoslayable sobre las próximas semanas de la crisis colombiana es que no se resolverá con la palabrería del gobierno. Las demandas son de tipo estructural y sistémica, y demasiado amplias y plurales para creer que el gobierno podrá darles justo cauce. Con mucho tino podemos asegurar que Duque echará mano de cuánta maniobra de dispersión crea viable, pero tampoco resolverá mucho con las clásicas estrategias de este estilo.

La mira está sobre la violencia sostenida, sobre el hambre, las condiciones de vida precarizadas, la falta de accesos, el abandono en plena pandemia de coronavirus, el encerramiento bio-justificado pero solo de los trabajadores informales, mientras las grandes cadenas y la banca podían continuar; la mira está sobre la necesidad de romper con todo lo anterior y fundar una Colombia donde realmente quepan todos los derechos, la dignidad de cada uno y el desarrollo de los ciudadanos allende las élites pudientes y adineradas. Duque no podrá con tanto; obvio, ¿verdad? El futuro pinta bastante oscuro para el narco-poder y el uribismo. Chao, Duque, chao.

PIE DE FOTO:

Foto 1: SIN PIE (france24.com)

Foto 2: Escala la represión policial (naiz.eu)

FAR/14/V/2021

ERA 16-05-2021


Mariana Camejo

 
Mariana Camejo