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Publicado el 8 Mayo, 2021 por Mariana Camejo en Opinión
 
 

COLOMBIA: Las victorias también llegan atrasadas

Mariam Camejo-Foto de autoraPor MARIANA CAMEJO

Marcelo ya no llegará a agosto, cuando habría cumplido 18 años.  Enardecido, imaginó que una patada propinada a un gendarme por la espalda no le haría correr gran peligro. De cuerpo menudo, cuenta su hermano, ni siquiera logró desestabilizar al uniformado, que se giró con la pistola desenfundada y soltó un tiro. Marcelo corrió para ponerse a salvo. “El policía se bajó de la moto y volvió a disparar; entonces, ¿por qué se bajó?, ¿por qué le apuntó a un muchacho desarmado?, ¿por qué le disparó a la cabeza?, ¿por qué le disparó tantas veces?”. La historia completa fue reconstruida por Cuestión Pública, un medio alternativo colombiano. El adolescente integra la creciente lista de víctimas de la violencia policial desatada en el país a partir del rechazo a la reforma tributaria que ocupó las calles y finalmente logró la cancelación del proyecto de ley. Para Marcelo esa victoria llegó tarde; para los otros muertos también.

No obstante, aunque la retirada de la propuesta es un tanto a favor de los movimientos populares, el carácter sistémico y cíclico de estos picos en la crisis político-social de Colombia sigue sin cambios. El intento de Iván Duque de recaudar alrededor de 23 billones de pesos con la subida de impuestos y la extensión del IVA incluso a servicios funerarios cristalizó en un paquetazo de medidas neoliberales para aliviar el hueco del gasto público en plena pandemia de coronavirus. Su apuesta, y la de sus miopes asesores, era de que el 73 por ciento de ese dinero fuera desembolsado por personas naturales.

El presidente creció como figura impopular y perdió apoyo incluso entre sus aliados, pero, haciendo caso omiso a ese hecho, anunció la militarización de varias ciudades y mantiene avanzando una reforma de salud. El asunto es que, a pesar de la retirada, muchos analistas advierten que de alguna manera el Gobierno deberá solventar el gasto público y buscará hacerlo con medidas neoliberales.

Lo que sí se ha transformado en Colombia es el escenario donde se juega a hacer política. El sociólogo Ociel Alí lo explicaba en Russia Today cuando escribió que con este paro se continúa develando que “cambió el panorama de las últimas décadas en las que la política se sujetaba a las luchas del Gobierno contra las guerrillas. Ahora ha emergido una alianza política progresista que ha sabido llevar el conflicto a lo interno de las principales ciudades que parecían muy estables y alejadas de la guerra rural que se vivía”.

Y todo lo que vive Colombia hoy debe analizarse de cara a las elecciones de dentro de un año y para las que Gustavo Petro va delante en las encuestas. El panorama puede ser favorable para el progresismo, pero también peligroso para las calles colombianas, habida cuenta que el establishment echa mano al paramilitarismo y la violencia cada vez que le conviene.

Con un índice de desempleo que ya alcanza el 17 por ciento, y que en algunas ciudades sobrepasa el 20, los sectores más empobrecidos continúan siendo los eternamente olvidados y abandonados, y las protestas son tildadas sin matices de vandalizaciones, para legitimar el uso de la fuerza como “réplica”.

#SOSCOLOMBIA y #colombiaalertaroja se viralizan como etiquetas en redes sociales, grupos feministas hacen un llamado internacional como solicitud de ayuda y denuncian los ataques racistas, clasistas y de terror. Al momento de escribir este texto, la ONG Temblores, a través de su plataforma Grita, registraba 142 víctimas de violencia física, 26 homicidios por parte de la Policía, 56 casos de disparos con armas de fuego y la misma cantidad de desapariciones, además de nueve víctimas de violencia sexual a manos de la fuerza pública.

Existe suficiente historia acumulada para afirmar que en Colombia hay un Estado terrorista controlado por una oligarquía que sabe proteger su patrimonio y expropiar a golpe de sangre y fuego. En tal sistema la democracia es una falacia, una palabra instrumentalizada para proteger a las clases elitistas que controlan gran cuota de la vida política del país. Evidencia de que al gobierno de Duque no le interesa cambiar esa realidad, no solo es la cifra actual de víctimas en este paro nacional, sino también el abandono del proceso de paz con el ELN, que podía haber llegado a buen puerto en La Habana o la constante matanza de líderes sociales y activistas de los derechos humanos.

También otros factores median en esta situación. Tal como reza en el portal digital Noticias SIN: “las bases militares estadounidenses, el ingreso de Colombia a OTAN y la extrema subordinación del poder constituido a EE.UU., han aplastado drásticamente la soberanía colombiana, quizás como ningún otro caso latino-caribeño. Allí no hay posibilidad de rejuego de autonomía limitada. El coloniaje imperial es feroz y, además, complacientemente aceptado por los protagonistas y beneficiarios de esa falsa democracia”.

En el medio digital La silla vacía, la periodista Nohora Celedón rememoraba: “Duque cambió de banderas económicas y se quedó sin aliados y con más enemigos”  porque el programa de gobierno con el que resultó elegido y cómo lo reformó demuestra la transformación de lo que antes enarbolaba. La visión original era que con disminuir impuestos habría crecimiento económico, y eso aplacaría el desempleo y la pobreza.

“Menos impuestos más empleos” fue uno de sus lemas de campaña. Se trata de lo que los economistas llaman la “economía de goteo”, explica Celedón. Para ayudar a los más pobres, la teoría era que se debía focalizar mejor los subsidios del Estado. Las limitaciones del presupuesto nacional no permitían siquiera pensar en una renta básica.

Aunque la pandemia trastocó esos planes, el modelo neoliberal demuestra que en tiempos de crisis siempre el salvoconducto financiero golpea con más fuerza a las clases medias y bajas. Tampoco debemos pasar de ingenuos. Las políticas de Duque, aunque suenen bien en aquel lejano inicio, no han pretendido nunca enfocarse en eliminar la violencia o la pobreza. La pandemia solo ha agudizado las contradicciones que ya estaban ahí.

El sometimiento de Colombia a los dictámenes norteamericanos mantiene la relación desventajosa para la ciudadanía que implica vivir en el capitalismo periférico plegados al capitalismo central. El modelo neoliberal es también resultado de esa relación y está condicionado por ella. Esto conduce a una conclusión ineludible: ni la violencia ni la creciente precariedad de los más vulnerables se resolverá mientras persistan el actual régimen y gobiernos aliados del paramilitarismo. Y si se solucionan, ¿cuántos más habrán perdido la vida? ¿Para cuántas personas será una victoria atrasada?


Mariana Camejo

 
Mariana Camejo