0
Publicado el 23 Mayo, 2021 por Elsa Claro en Opinión
 
 

Escocia: ¿Ser o no?

Avances sobre otro divorcio a la vista

Elsa ClaroPor Elsa Claro

Probablemente si Escocia no hubiera fracasado en su intento de crear la Nueva Caledonia, quienes tomaban decisiones en aquella época (año 1707) no habrían firmado el Acta de la Unión, vinculándoles desde entonces y hasta el momento a Inglaterra para, con Gales, crear el Reino Unido. Las tres nacionalidades comparten una isla con una profusa historia de diferencias religiosas y políticas, que tienen tardía expresión de su encono en Irlanda del Norte, actualmente una provincia desgajada de la república de igual nombre y foco de no pocos desacuerdos en torno al Brexit.

La aventura colonial en el  golfo de Darién, istmo de Panamá, durante el 1690, dejó fuertes deudas a los políticos gaélicos de entonces, circunstancia que concluye convenciendo a los adversarios de unir los dos reinos, de capitular a cambio de 398 000 libras esterlinas, con las cuales solventar sus débitos. A los efectos del presente la suma es ridícula, pero cambió los derroteros de ese país y su gente, después deseosos de romper vínculos con Londres. La propia salida de la Unión Europea por la Union Kingdom, no deseada por Escocia, estimuló el empeño independentista que tiene en las elecciones del 6 de mayo reciente una opción propiciadora. El éxito en urnas del Partido Nacionalista Escocés (SNP), crea una mayoría enfilada al propósito emancipador, pese a los obstáculos por delante. Al frente del SNP se encuentra Nicola Sturgeon, quien ha mostrado firmeza y un atinado manejo administrativo de la región, incluso en lo referido a la covid-19, cuando llovían críticas a la gestión de Boris Johnson, solo aceptada cuando este enderezó el timón, pues de inicio se afilió a la tesis trumpiana de corte negacionista.

El primer y más fuerte obstáculo en el propósito de separarse de sus actuales antagonistas parece radicar en los impedimentos para efectuar un referéndum que dé base al pedido de ruptura, pues tiene que autorizarlo el gobierno central, más sujeto a negarse que a ceder. Solo eso anticipa comprometidos trámites y una escasamente pacífica disputa. Los conservadores tienen mayoría plena en el Parlamento británico y se oponen a perder un territorio de importancia en muchos sentidos, el militar incluso, pues se cuenta con unos 16 buques y submarinos, junto con dos comandos del Cuerpo de Marines desplegados en Escocia. En la base Faslane, la mayor y más mortífera de estas instalaciones, donde están fondeadas cuatro naves con armas  nucleares. En intentos anteriores de abandono, la parte escocesa se dijo proclive a mantener los emplazamientos o compartirlos con sus todavía socios, pero a estos no parece gustarles la idea. Los legisladores liberales y los laboristas de la parte inglesa, cada cual con sus motivaciones, tampoco ven bien el desgajamiento, sea por este principal motivo, como por los restantes, el petróleo del Mar del Norte, por ejemplo. Luego, la batalla, de entrada, se presenta dura.

Uno de los temores del gobierno de Johnson y de las élites consiste en que si Escocia se separa, también lo hará Gales, dejando a Inglaterra reducida a sus súbditos y al Ulster norirlandés,  donde también muchos preferirían no quedarse. Allí el descontento creció ante el modo de Londres de tramitar la pandemia y, sobre todo, en razón de las negociaciones para mantener el libre flujo de tránsito a través de la frontera con la República de Irlanda.

El titular del Partido Nacionalista, Plaid Cymru, no oculta su propósito de realizar también una consulta popular en Gales, junto con Escocia, en la certeza de que por separado no lograrán el permiso. Si resulta, estaríamos ante un proceso de desintegración que Londres intentará dinamitar en su génesis. “Si Escocia lo hiciera, y creo que Escocia votará a favor de la independencia, Westminster tendría incluso menos motivos para dejar que Gales se vaya o decida sobre su futuro”, estimó Leanne Wood, la líder del partido independentista galés Plaid Cymru. Ese episodio, con menos posibilidades de triunfo por el momento, también queda activo.

Sendero tortuoso

De inicio, la Sturgeon se inclina a usar los recursos legales sin violentar las cosas, sabedora de que pueden enconarse demasiado si se fuerzan. Hacia dentro debe conciliar proyectos con los sectores no inclinados a este otro divorcio. Hay escoceses probritánicos conservadores y otros temerosos de que la nueva experiencia concluya mal y pudieran repetir la experiencia de la frustrada consulta independentista realizada en 2014. Se cree que la Unión Europea influyó para mal entonces, pues desde Bruselas advirtieron de que si se desgajaban del RU tendrían que aspirar a una membresía posterior como cualquiera que no hubiera pertenecido antes al grupo. Otro posible influjo provino de un hábil movimiento del entonces primer ministro, David Cameron, quien añadió competencias a las estructuras de poder escocés. Pese a esos imponderables, en la votación del 2016 para quedarse o salir de la UE, 62 por ciento de escoceses se pronunció por permanecer.

Realidades y sueños

Se repite un caso en que la aspiración independentista tiene enemigos y simpatizantes. Unos aluden a las dificultades provenientes del desequilibrio fiscal de una región con un déficit público que asciende a 8,6 por ciento del PIB. Y como la baja significativa en los precios del gas y el petróleo durante el último año les pone en apuros, parece inevitable el temor con respecto a si se recuperan o no pronto y cómo sería encarar por si solos tal contingencia. Encima, dentro de las posibilidades está que Gran Bretaña reclame parte de tan importantes recursos naturales y cuenten con menos de su principal ingreso. El comercio también se afectaría, dado que el 60 por ciento de los productos que exporta Escocia se dirige al vecino del cual quiere separarse. Para rebatir ese enfoque están los argumentos de quienes consideran los daños que comenzó a provocar en sí solo el Brexit, pues la tendencia es a que resulten superiores a los de un eventual Scotexit. En apoyo de ese criterio aparece el ejemplo de los países nórdicos, que mejoraron su peso y fortuna cuando se separaron de sus respectivos asociados.

Pero nada es tan simple ni tan homologable. Si ocurre la independencia, habrá situaciones sumamente escabrosas, y una, el posible establecimiento de una frontera con Inglaterra. Resultaría enorme y obra de complejidad máxima pactarla. Dilemas, en fin, de esos que sería preferible no despertar. Por ahora, como suele suceder, todo se reduce a hipótesis felices o trágicas. ¿Cuál ganará? El asunto, como la problemática shakesperiana, queda por ahora dentro de paréntesis y complejas suspicacias.


Elsa Claro

 
Elsa Claro