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Publicado el 28 Mayo, 2021 por Marta Sojo en Opinión
 
 

ESTADOS UNIDOS: Inocentes al patíbulo.

Marta Sojo.Por MARTA G. SOJO

A Carlos DeLuna lo ejecutaron en 1989 en Texas, con un coctel de venenos inyectado en sangre, por el cargo de asesinar a una mujer. Sin embargo, 15 años después se conoció que la muerte de Wanda López no fue obra suya. Que fue al cementerio por un crimen que no cometió.  Y no es esta la primera vez que tal error sucede en los Estados Unidos; tampoco será la última.

Ledell Lee fue condenado a la pena capital en octubre de 1995, en el condado de Pulaski (Arkansas) y siempre mantuvo su inocencia. Sus abogados apelaron hasta el final, cuando recibió la inyección letal, el 21 de abril de 2017. Nina Morrison, una de las letradas, precisó poco después de su muerte que nunca se realizó una prueba de ADN del condenado, que “podría haber resultado inocente”.

Otros ha salido mejor parados, como Henry McCollum y Leon Brown, dos hermanastros afroamericanos con discapacidad intelectual, que en 1983 fueron condenados a muerte de manera injusta, por la violación y el asesinato de una niña de once años. El crimen ocurrió cuando tenían 19 y 15 años, respectivamente. McCollum pasó la mayor parte de su tiempo en prisión en el corredor de la muerte, en Carolina del Norte. Los liberaron en 2014, después que les absolviera una prueba de ADN que señalaba a un asesino convicto. Los hermanos iniciaron una reclamación legal contra miembros de la Policía arguyendo la violación de sus derechos durante los interrogatorios, en los que se les obligó a decir que eran culpables, aprovechando su condición mental.

Kevin Strickland, un estadounidense procedente de Kansas City (Missouri), pasó 43 años encarcelado por un triple asesinato ocurrido en abril de 1978 y en el que nunca tuvo nada que ver. Los fiscales admitieron su error luego de que otros dos hombres se declararan culpables, precisando que el condenado no estaba con ellos en el momento del crimen.

Cuántos errores fatales como estos cuenta en su haber la Justicia estadounidense. Ni se sabe ni se puede saber, debido al complejo sistema judicial. Como se ve con estos y otros casos hay muchas grietas: numerosos presos llegan hasta las cárceles por pruebas ilegítimas, y quién puede defender a esos seres por lo regular en la penuria social y económica. Las propias series televisivas norteamericanas de procesos judiciales dejan ver esas fallas. 

Para ayudar a esas personas surgió hace años una oficina de abogados e investigadores, idea de los letrados Barry C. Scheck y Peter Neufeld. Su labor se centra, a través de pruebas de ADN, en dar un giro en casos de sentencias erróneas. Desde discriminación, malos procedimientos judiciales, hasta falta de criterios y un sinfín de otras razones motivaron la creación de una organización que sacara de la cárcel a estas víctimas.

En 1992 nació el Proyecto Inocencia. Este provocó el entusiasmo de la empresa productora Netflix para contar historias de ese jaez, en una serie documental reciente basada en la realidad y donde se relatan los procedimientos para liberar a ocho reos, luego de que el Proyecto tomara los casos. En las tramas se revela cómo innúmeros inocentes resultan encarcelados más por ser pobres y afroamericanos que por honor a la justicia ante un crimen.

Según PNAS, publicación dedicada principalmente a las ciencias biomédicas, un estudio liderado por Samuel Gross, profesor de Derecho de la Universidad de Michigan, concluyó que “al menos un 4,1 por ciento de los condenados habría sido exonerado de haber pasado el suficiente tiempo en el corredor de la muerte. Porque están allí debido a un error judicial, no a su culpabilidad. Insisten en que ese es una cifra de lo más conservadora.”

Los datos de Gross y su equipo ofrecen una paradoja: “cuanto más tiempo pasa un reo inocente en riesgo de ser ejecutado, más probable es que salga exonerado. Es el caso de los 143 condenados a muerte que se libraron antes de llegar al cadalso desde 1976, fecha en que se reinstauró la pena capital.”

El infierno de los inocentes

Sin embargo, hay aún cuestiones peores. Según explica Gross, “la mayoría de los inocentes que fueron condenados a muerte terminan recibiendo una fatídica medida de gracia: cambio de la pena de muerte a cadena perpetua. Así, cuando el reo ya no está amenazado por la silla eléctrica o la inyección letal, desaparecen los defensores que lucharon por salvar sus vidas, por ser algo que se logró. Y las posibilidades de que se demuestre su inocencia desaparecen casi por completo, porque ya no es una urgencia para nadie ni dentro ni fuera del sistema.”

El investigador explica que “el proceso de revisión de las sentencias de muerte en EE.UU. es muy complejo, en parte debido a su propia estructura: tribunales estatales en cada uno de los 50 estados, y tribunales federales al margen que también revisan las sentencias de muerte después de que los estatales hayan dictaminado. Con el tiempo este proceso revoca la mayor parte de las penas de muerte, pero en la gran mayoría de los casos las apelaciones no tienen que ver con la inocencia, sino con cuestiones procesales o la pertinencia de la pena de muerte como castigo. Muy a menudo el resultado es simplemente que el acusado es condenado a pasar su vida en la cárcel en lugar de la pena de muerte”.

Entonces, se deduce que existe un importante número de reos inocentes que se quedan tras las rejas sin que nadie intente reabrir sus sentencias, dejándolos indefensos y sólo a la espera del paso del tiempo.

Algunos medios se preguntan si este no es un problema tan grave como el de los inocentes ejecutados. Gross señala: “Todo lo que puedo decir es que tenemos que hacer nuestro trabajo más minuciosamente, tener la mente abierta, ser honestos y muy cuidadosos”.

Un sonado informe sobre la problemática reza que “hay presos que han pasado 40 años en el corredor de la muerte esperando su ejecución. Muchos incluso han llegado a sentarse en la silla eléctrica en varias ocasiones y en el último minuto ha prosperado una apelación de sus abogados. La mayoría son pobres. No tienen recursos para pagar buenos abogados. También una gran mayoría son negros”.

Una realidad que no pueden encubrirse en Estados Unidos: si eres pobres, negro o latino tienes muchas más posibilidades de ser declarado culpable, incluso de un delito que no has cometido.

Sí, hoy en día todavía hay muchas personas en prisión sin culpa alguna. Una triste circunstancia no solucionada por esa sociedad y sin atisbos de que lo haga alguna vez.


Marta Sojo

 
Marta Sojo