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Publicado el 9 Mayo, 2021 por Ernesto Eimil Reigosa en Opinión
 
 

Los cien primeros días de Joe Biden

Ernesto Eimil ReigosaPor ERNESTO EIMIL REIGOSA

La administración de Joe Biden cumplió el 30 de abril sus primeros cien días. Entre sus seguidores el sentimiento predominante es de entusiasmo y de aprobación, y no pocos han dicho públicamente que ven en él la reencarnación del presidente Franklin Delano Roosevelt, algo que otros ven precipitado, y que tiene su base en la aprobación de varias políticas sociales en estos meses iniciales del año. Pero lo cierto es que ninguna de esas políticas parece traer cambios fundamentales que mejoren permanentemente la vida de los estadounidenses más vulnerables.

Después de presentarse en las primarias demócratas como un candidato moderado, pocas o casi ninguna de las predicciones hechas para sus primeros tres meses en el poder indicaban esa prioridad por aplicar medidas más progresistas. Con una nación fracturada, dividida y golpeada por la pandemia, sus objetivos fundamentales estaban encaminados a lograr la vacunación masiva, controlar el virus y tratar de unir a la ciudadanía y desinflamar la polarización del ambiente.

La última evidencia de la sintonía que vive con los que la política norteamericana llama liberales, es la aprobación de un plan de apoyo a la economía de 1.9 billones de dólares, que incluye, entre otras cosas, 1400 millones de estímulo, ayuda por desempleo, y 350 mil millones para gobiernos estatales y locales; y que facilitará el acceso a la vivienda, la educación y la alimentación. Ahora, aunque este resulta una ayuda real para muchas personas y constituye, en palabras de The New York Times, “el mayor esfuerzo antipobreza en toda una generación”, la verdad es que no representa el cambio estructural que requiere Estados Unidos para empoderar a la gente que más lo necesita.

A pesar de todas las palmadas en el hombro que ha recibido Biden en los últimos días por sus esfuerzos en pos de una mayor justicia social, es difícil ver cómo alguna de estas políticas podría cambiar el statu quo y las dinámicas de opresión existentes. Matt Karp, profesor de Historia de la Universidad de Princeton, resalta el hecho de que los líderes de empresas tan poderosas como Google, Visa o Goldman Sachs han respaldado públicamente en una carta la mayoría de los puntos del paquete presidencial como parte de sus intereses económicos. La única de las medidas que desafiaba la preferencia de esos empresarios, la de subir el salario mínimo a 15 dólares la hora gradualmente en cinco años, fue rechazada en una votación del Senado.

Este estímulo está pensado, en principio, solo para este año, como una situación de emergencia. Y desaparecerá para finales de 2021, o incluso es posible que antes. Nada en el paquete indica que será duradero ni tampoco creará un precedente político de peso con los votantes para serlo.

Las comparaciones con Roosevelt, de acuerdo con el profesor Matt Karp, resultan hiperbólicas. Roosevelt, que a diferencia del actual mandatario controló ambas cámaras del Congreso, promulgó la Ley Wagner, de 1935, que pavimentó el camino para la gran expansión de los sindicatos, cambiando efectivamente las relaciones entre la fuerza que producía y el poder por varias décadas; estableció la Ley de Seguridad Social, que sentó las bases del Estado de bienestar; y creó puestos públicos de trabajo, que redefinieron la relación entre el Estado y sus responsabilidades para con la ciudadanía. Nada en la actual agenda de Biden aspira a este tipo de transformación estructural.

“No vengan”

En lo que respecta a la migración, los primeros 100 días de Biden se parecen demasiado a los últimos 100 de su predecesor, Donald Trump. Su política fronteriza ha mantenido algunas de las leyes más discriminatorias de la era trumpista. Un patrón que sugiere un consenso bipartidista sobre el tema migratorio. Algo preocupante, sobre todo después de que dichas leyes fueran calificadas de racistas y xenófobas.

Con respecto a Cuba, si bien se esperaba una mejoría con respecto a las políticas que impiden las relaciones normales entre ambas naciones, lo cierto es que hasta el momento se han mantenido las más de 240 medidas que Trump dejó como legado, que harto  dificultan el desarrollo económico y social de la Isla, acarreando gran sufrimiento a la población.

Por otro lado, en el siempre controvertido asunto de los nexos bilaterales con México, Biden dijo a Andrés Manuel López Obrador que “revertiría las draconianas políticas” de Trump y que no “construiría un centímetro más del muro”. Sin embargo, una familia de Texas fue desplazada hace poco por esta razón, porque estaba en el camino, y aunque se piensa que se detendrá la construcción pronto, aún no hay nada concreto que lo demuestre.

Otra de las “draconianas políticas” que prometió eliminar, y que hasta el momento se aplica con severidad, es la utilización del controvertido Título 42, que usó a la pandemia de covid-19 como excusa para cerrar la frontera sur a migrantes indocumentados y a quienes piden asilo, expulsándolos casi en el acto o dejándolos en México en espera de que se solucione su estatus migratorio en la corte, lo cual dura meses y los pone en peligro.

Quizá el mejor resumen de todo esto sea el comentario que el secretario de Seguridad Nacional vertió en la cadena ABC en el mes de marzo: “El mensaje es muy claro: no vengan”. Palabras que fueron repetidas textualmente en un tweet de la embajada norteamericana en Haití.

Debido a la crisis política de este país, muchas personas están buscando refugio en Estados Unidos. Según The Guardian, en febrero fueron expulsados 72 mil haitianos; y en marzo, 102 mil: son enviados de vuelta a un lugar donde están en riesgo de ser violentados.

Aun con todo lo anterior, si se observan solamente los hechos, es evidente que los actuales esfuerzos por beneficiar a quienes son más vulnerables, volviendo a las palabras de The New York Times, son los más grandes en toda una generación. Claro, en muchos sentidos esa frase habla más de las deudas de las generaciones pasadas que de las leyes que ahora impulsa el jefe de Estado norteamericano.

Sea como fuere, el presidente de 78 años parece decidido a que su gobierno sea recordado como uno que luchó por el cambio social. Pero estas transformaciones, más que acciones simbólicas, requieren un cambio real, que vaya a los cimientos de la nación. Y no dependen solo de Biden, sino de un pueblo que ha convivido con mecanismos de exclusión durante siglos.


Ernesto Eimil Reigosa

 
Ernesto Eimil Reigosa