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Publicado el 17 Junio, 2021 por María Victoria Valdés Rodda en Opinión
 
 

Cumbre del G7: Patrañas ideológicas

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Por MARÍA VICTORIA VALDÉS RODDA

Cuando el periodista estadounidense Edgar Snow entra en contacto con los comunistas chinos seguidores de Mao Tse Tung confiesa su inicial incomprensión, pues en su lógica occidental todo lo hacían al revés. Poco a poco su sentido de empatía florece, para testificar en su Alborada de la Revolución en Asia que “era difícil para un joven norteamericano advertir que todos esos modos de proceder en nada alteraban la proposición humana fundamental de que los hombres de los cuatro mares son todos hermanos”.

¡Qué falta haría una mayor extensión de ese pensamiento humanitario y cívico! Esa China de 1928 en nada se asemeja a la que también conoció convertida como República Popular, y es la misma nación que, con esfuerzo e inteligencia, rompió los moldes del subdesarrollo para emular con los “grandes” desde la perspectiva histórica revolucionaria. Desde hace años Washington teme que ese pueblo de rasgados ojos la desplace de su cetro, sin admitir que los declives propios y globales de hoy se deben únicamente a inoperancias de un capitalismo-imperialismo en un desgaste avizorado por Lenin desde 1916.

Al antiguo y tradicionalmente nombrado “País del Centro” no hay nada que imputarle; al contrario, logró superar las humillaciones colonialistas, que trataron hasta de adormecer su rebeldía con la adicción al opio. Actualmente, China es un Estado pleno: basta observar su vida cotidiana. En opinión de Eduardo Regalado, investigador del Centro de Política Internacional (CIPI), en La Habana, Joe Biden intenta culpar a Beijing de todos los retrocesos estadounidenses, diciendo que son los chinos una descomunal amenaza mundial, dada la evidente superioridad económica de su peculiar socialismo. Condenar a China fue el plato fuerte de la última Cumbre del Grupo de los Siete (G-7), celebrada este junio.

Entre muchos, es apenas un pretexto para intentar, por ejemplo, romper la alianza estratégica de Moscú y Beijing, de una Eurasia colosal por extensión y riquezas naturales, algunas inexploradas, y, tal vez, de equilibrio climático. Asimismo, los líderes reunidos en Carbis Bay, en el Reino Unido, pecaron de poco originales al proponer un gran plan de infraestructuras, en un esfuerzo banal por limitar el alcance de la nueva Ruta de la Seda. Mas no se quedaron ahí. También conminaron a la Organización Mundial de la Salud (OMS) a una investigación “profunda” sobre “el verdadero origen” de la Covid-19, con lo cual apoyan la conspirativa teoría contra el gigante asiático. Por supuesto, en la Declaración final del G-7 hubo varias menciones de las “violaciones de derechos humanos” en el estrecho de Taiwán, Hong Kong y Xinjiang. Acusaciones estimadas infundadas por la nación asiática. Al respecto esta subrayó que la posición común adoptada “contiene declaraciones tergiversadas, por lo cual instamos a los Estados Unidos y a otros miembros del grupo a respetar los hechos, a entender la situación, dejar de calumniar a China, dejar de intervenir en nuestros asuntos internos para contribuir al desarrollo de la cooperación internacional, no a la creación artificial de confrontaciones”. La lucha y la defensa de los valores redimen, pero en este caso haría falta además la pluma valiente de Edgar Snow para deshacer tanta patraña y unir pueblos.

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María Victoria Valdés Rodda

 
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