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Publicado el 22 Junio, 2021 por Elsa Claro en Opinión
 
 

RUSIA-EE.UU.: Encuentros y desencuentros

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Elsa ClaroPor Elsa Claro

Dentro de marcos razonables, cabe suponer que Joe Biden tiene un buen equipo de negociadores y asesoría suficiente como para disfrutar de un terreno bien preparado y la posibilidad –eso ha ocurrido– de una presentación exterior con credenciales notables, en su primera prueba en el ámbito internacional. Aparentemente su desempeño fue fácil solo debido al uso de un tono correcto ante quienes su antecesor en la Casa Blanca sometió a amenazas. Pero limitarse a esa deducción sería puro facilismo.

Y sí, cuando el presidente norteamericano llegó a Cornualles ya tenía tan allanado el escenario que no fue difícil aparecer como crítico de Boris Johnson por la relajada fórmula de este de interpretar los acuerdos comerciales con la Unión Europea. Usó la circunstancia como as que presentar ante el Pacto Comunitario y abrir puertas no del todo bien engrasadas. Había que alejarse de las burdas maneras de Donald Trump. El nuevo talante abre entendimientos y hasta alguna estocada con guante.

Si no, ¿cómo interpretar que continuara, igual que su predecesor, exigiendo más gasto militar a los 30 miembros de la OTAN? Con poca gana o con desaforado entusiasmo, que de todo hay, los aliados aceptaron aumentar el presupuesto militar del bloque en 4,1 por ciento. Eso implica gastos por miles de millones, pese a que la reanimación de las economías post-Covid-19 está repleta de pérdidas y veremos. Paradójico –o ilustrativo, depende–, que Josep Borrell, jefe de la diplomacia de la UE, cuando aún no se habían enfriado los asientos que ocuparon Biden y Putin en Suiza, dijera: “La comunicación conjunta de hoy propone hacer retroceder, constreñir y comprometer a Rusia simultáneamente”.

Todos contra uno

Eso es lo concreto del llamado, eco de los acuerdos impulsados por Estados Unidos. La agresividad está mal escondida o se deja a Europa mientras de cara a las realidades se usa, también, una sonrisa de ocasión. Ni uno solo de los verbos usados por Borrell posee un significado amistoso. ¿Bramido a la Luna o vector de lo ajustado en la cumbre de la Alianza Atlántica?

Una incisiva periodista de la CNN, al término del encuentro en Ginebra, preguntó a Biden si Putin seria fiel a los tratos y “cambiaría su proceder”. Irritado, Biden ripostó: “Dije que cambiará el comportamiento de ellos si el resto del mundo reacciona” de una forma que “les rebaje su posición en el mundo”. No otra cosa es lo orientado a los 27 para trabajar en bloque y reducir a Rusia. Las bases, si las hay, para tal mudanza de proceder parten de la hipotética violación de códigos internacionales por el gigante euroasiático y para que este vuelva al redil se conciertan voluntades entre aliados, volcados en atiborrarle con obstáculos el camino a Moscú.

Los reyes del espionaje mundial y de las intervenciones analógicas subrepticias o militares directas acusan a otros de ciberataques malintencionados.  Hace rato se imputa al Kremlin la injerencia en las elecciones norteamericanas, extremo copiado por otros países, de manera que, según esas hipótesis, pululan espías rusos bajo todas las alfombras, en los adoquines de cada calle o en la techumbre de todo acontecimiento de protesta. Es tan acomodaticio el ardid que lo usan los extremistas españoles o el incalificable Lenín Moreno. Es un fantasma en el Black Live Mater, en Colombia y Perú, o en el divorcio de cualquier matrimonio mal avenido.

El último jaqueo realizado a un gasoducto estadounidense les llevó a reconsideraciones. Afirman que se trata de piratas informáticos que a cambio de dinero entregan la clave para normalizar el sistema. Ah, pero no solo tienen que ser rusos los atacantes, sino también contar con beneplácito del gobierno de Putin, aunque sea una acción claramente privativa.

Pese a tales desproporciones hubo algo por ahora prometedor, pues los dos jefes de Estado reunidos en Suiza acordaron crear comisiones conjuntas para ir hasta el fondo del tema. Recordemos que Putin propuso hace mucho crear leyes de obligado cumplimiento a escala planetaria, de modo que todos estén protegidos y paguen por igual si cometen infracciones. Eso fue rechazado por quienes acharon al proponente no probados delitos.

El guion

Los objetivos estaban muy definidos antes de comenzar las cuatro cumbres: la del G-7, en Cornualles, Reino Unido, de aperitivo; la de la OTAN, en Bruselas (consolidar la estrategia del mecanismo bélico en los próximos 10 años, teniendo como prioridad la oposición a Rusia y China, fue el plato fuerte); a seguidas, las reuniones con los presidentes de los dos órganos principales de la UE; de postre, el diálogo, en Ginebra, entre Putin y Biden.

El mandatario norteamericano dijo a la prensa en vísperas del viaje que se proponía “reforzar la alianza y dejar claro a Putin y a China que Europa y Estados Unidos están estrechamente unidos”. Otro ítem hecho público es igualmente elocuente: el centro de las gestiones era “asegurar que democracias de mercado, no China o nadie más, escriben las reglas del siglo XXI de comercio y tecnología”. Disparos dirigidos contra esos países y con acento especialmente desafiante en lo referido a Beijing. Si lamentan el reencumbramiento de Rusia, también tienen celos del gigante asiático, no le perdonan sus avances.

La cumbre OTAN gravitó sobre lances de agresividad incongruente. Incluyó un plan para ampliarse hacia la región del Indo-Pacífico, donde tiene como colaboradores alistados a Australia, Corea del Sur, Japón y Nueva Zelanda. Mientras tanto, y no por fuerza en contradicción con esas metas (aunque haya un montón de dudas gravitando), se ve con entendible simpatía el preacuerdo Putin-Biden referido a iniciar negociaciones sobre el Tratado de Limitación de Armas Nucleares. El START fue salvado in extremis hace poco, pero requiere solidez y extensión futura. Habrá que ver cómo se inserta el propósito en las disposiciones destinadas a instalar nuevo armamento estratégico de EE.UU. en Europa. Y como los dos líderes concuerdan en que no es buena para nadie otra guerra fría, pudiera suponerse que de los buenos designios se llegue a ventajosas realidades.

En el interregno hay mucho por dilucidar. Asoman asuntos como el de Ucrania, país que Washington desea incorporar a la OTAN. Joe Biden, se percibe, quiere de momento poner la casa a salvo del incendio y ninguna alternativa tan atinada como reconocer en el Tratado de Minsk el vehículo para la normalidad en la antigua república soviética. Varios gobernantes europeos lo advirtieron a la Casa Blanca hace tiempo, solo que en esa mansión a orillas del Potomac no suelen tener buenas entendederas.

No hay colofón por ahora. En lo ocurrido no existe amor sino pragmatismo. Al menos eso parece.

 

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