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Publicado el 15 Julio, 2021 por María Victoria Valdés Rodda en Opinión
 
 

AFGANISTÁN: Por la gente de a pie

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María Victoria Valdés RoddaPor MARÍA VICTORIA VALDÉS RODDA

Auxiliada por las ideas de Thomas Hobbes (1588-1679) esta comentarista intentará adentrarse en la retirada de los Estados Unidos y la Organización del Tratado del Atlántico Norte (OTAN) de Afganistán. En su famoso texto Leviatán (1651), el filósofo inglés cierra con agudeza el signo de una época: “Los pactos que no descansan en la espada no son más que palabras”; sin embargo, se pensó que en los siglos XX y XXI la humanidad había escogido otra manera de relacionarse, precisamente por las consecuencias terribles de las “espadas”.

Pero cuántas veces esas palabras empeñadas no han sido tergiversadas o traicionadas a la luz de intereses económicos dominantes. Baste leer las páginas del libro Tras el Búho de Minerva, mercado contra democracia en el capitalismo de fin de siglo, de Atilio Boron (editorial de Ciencias Sociales, La Habana, 2003): “En suma, las empresas transnacionales y las gigantescas firmas que dominan el mercado se han convertido en protagonistas privilegiados de nuestras débiles democracias”, lo cual me lleva de nuevo a Hobbes y a preguntas –desde mi punto de vista– esenciales: ¿Por qué Occidente no se retiró de Afganistán una vez se le dio muerte, en Pakistán, a Osama Bin Laden? ¿Por qué se apostó por las armas y nunca por el diálogo? (si se hizo fue con poco entusiasmo).

Y aunque la realidad es variopinta, esta periodista se centrará en la vertiente del poder económico-financiero yanqui, sin menospreciar otras, porque nada está  –ni ha estado– aislado de lo social, lo político y menos de lo geoestratégico. En 2006 el profesor emérito de la Universidad de Montreal Rodrigue Tremblay nos recordaba que un año antes del ataque terrorista contra las Torres Gemelas de Nueva York fue discutido y aprobado en el Pentágono un documento definitorio, “Reconstruyendo las Defensas de EE.UU.”, que ha calzado la actuación de los Estados Unidos en sus últimas intervenciones militares. Según el economista, sus planificadores estaban considerando que se requeriría de algún suceso catastrófico y catalizador “como un nuevo Pearl Harbor”, posibilitador de la “venta” del plan a la gente de a pie.

“El complejo industrial militar necesita guerras, muchas y sucesivas guerras, para prosperar. El equipamiento militar viejo tiene que ser reparado y reemplazado cada determinado tiempo si hay una guerra en marcha. Pero para justificar el enorme coste que supone tener que desarrollar armas cada vez más mortíferas, se necesita que haya un clima constante de temor y vulnerabilidad”.

Por su parte, desde el periodismo, Ramón César González Ortiz, profesor de la UNAM, ha denunciado que dinero en exceso corre a partir de enormes conglomerados privados de las armas. Ha señalado, además, que desde 2003 los llamados contratistas de defensa en EE.UU. disfrutan de cuantiosas finanzas aportadas por el Pentágono.

Los integrantes de la OTAN se guían por similar lógica porque en definitiva se corresponde con la circulación monetario-mercantil del capitalismo, solo que esta vez con características neoliberales y con el ascenso de los extremismos ideológicos.

De fracaso en fracaso

El caso afgano ilustra a la perfección lo inoperante de las armas cuando son utilizadas desde la injerencia extranjera bajo pretextos espurios. Tenemos asimismo a Irak, Libia, o Siria. En Afganistán, a la altura de 20 años de intervención, quedó un saldo de 40 000 civiles muertos y 2 300 soldados norteamericanos, que al enrolarse dejaron mujer, hijos, y padres. Esa contienda le ha costado al contribuyente estadounidense 800 000 millones de dólares. Monto que pesa sobremanera. No en vano, dice una nota de Yahoo Finanzas, “en 2006, la estadounidense Janet Blaser decidió retirarse y establecerse en la ciudad de Mazatlán, México, después de trabajar en la industria editorial y de periódicos durante casi 30 años en la ciudad estadounidense de Santa Cruz, en California”. Sí, la economía doméstica –impuestos incluidos– le resulta desmasiado gravosa. Transcurridos cuatro años declara al canal televisivo de negocios CNBC su asombro por lo barato de todo en la nación latinoamericana.

Ahora la propaganda yanqui justifica ante su pueblo el fracaso de las conversaciones siempre a cuenta de otros, pero ¡qué poco empeño para una solución negociada!: tarde para Libia y Afganistán. Y en jaque Irak. Siria va venciendo con sabiduría, mediante alianzas motivadas por otros intereses estratégicos.

La administración de Joseph Biden anunció, en abril de 2021, la retirada de sus tropas y desde entonces se ha ido acelerando lo inevitable: cuando escribimos estas líneas los talibanes ocupan el 85 por ciento del territorio nacional, debido a la incompetencia de un Gobierno y un Ejército que no están preparados para contrarrestar el aumento de la “influencia” de una fuerza terrorista en lo local, con pretensiones regionales para peligro de sus vecinos, que se mantienen alertas. Existen denuncias sobre los métodos de “captación”: amenazan al soldado estatal con darles muerte a él y a su familia. Igualmente ocurre con los campesinos.

Está visto que los procesos internos deben ser resueltos a lo interno, y si hay auxilio de terceros este debe ser incruento y transparente. Ahora parece ser que el costo de la guerra en Afganistán es mayor que los beneficios de jugar a las espadas. De cualquier manera, el representante especial de Washington para la “paz” en la susodicha nación centroasiática, Zalmay Khalilzad, declaró: “Aunque el contingente militar se retira, nosotros seguiremos en Afganistán para apoyarlo con asesoría sobre cómo enfrentar en un futuro el terrorismo y las diversas vías para combatir este problema”. Y antes ¿qué? La guerra “quirúrgica” con drones no diferencia objetivos.

Hay quienes argumentan que, tras la salida precipitada de la zona, el caos será el signo diario. Ya lo era con las tropas imperialistas allí. Todo es cuestión de puntos de vista: en la actualidad hay una expectación casi surrealista sobre los diálogos de paz entre los talibanes y Kabul. Este 7 de julio la agencia Reuters difundió declaraciones de un portavoz del grupo, quien manifestó que ellos son muy serios acerca de las conversaciones y el diálogo. Sí, tanto como lo es Washington; ¡que se va, pero que no!, lo cual supondrá nuevas erogaciones del contribuyente en un país donde, según la especialista estadounidense Pat Rotello, de la consultora Willis Towers Watson, “las presiones financieras están empujando a la gente a jubilarse más tarde. Los trabajadores que no han juntado lo suficiente siguen trabajando para generar más ingresos”.

Valdría la pena que, por el bienestar común, la maldita sentencia de Hobbes deje de ser contexto habitual y en su lugar se apueste, de verdad y sin armas, por la gente de a pie de cualquier nación.

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María Victoria Valdés Rodda

 
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