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Publicado el 21 Julio, 2021 por Pastor Batista en Opinión
 
 

Aún están a tiempo

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Por: PASTOR BATISTA VALDÉS

Han transcurrido diez días desde que, “pinchados” por el purulento odio del gobierno norteamericano y de la extrema derecha anticubana radicada allí, elementos predominantemente antisociales y algunas personas de normal conducta pero vulnerables a la confusión, protagonizaron disturbios en algunas partes de Cuba.

Nada loable, el saldo de las injustificadas revueltas fue bochornoso: maltrato contra ciertas instalaciones de uso y beneficio social, saqueo de tiendas y mercados, agresividad, violencia, injurias, groserías, amenazas,  lanzamiento de piedras , botellas incendiarias y otros objetos contra agentes del orden interior y contra la población pacífica que salió a defender el derecho a la tranquilidad ciudadana…

Es muy difícil encontrar, un tercio de mes, después -incluso cuando perdura el llamado a la subversión por parte de los mismos emisores y en las mismas redes instigadoras- un solo hogar cubano donde no se haya meditado acerca de acontecimientos así, inusuales, pero además innecesarios, injustificados e inaceptables.

Hágase una encuesta y dudo que alguien con sano juicio, amor por esta tierra y gratitud por lo que ha recibido de la Revolución, opine que la vía para canalizar cualquier inquietud o insatisfacción –al menos en este apacible y seguro país- sea la violencia, el terror, la barbarie.

Inclúyase en la misma encuesta otra pregunta y seguro estoy de que la inmensa mayoría de los cubanos espera sanciones justas,  en correspondencia con la gravedad de esos hechos que atentan contra la seguridad nacional y que –de continuar o de intensificarse- hasta podrían favorecer a pretextos imperiales para la injustificable e inviable intervención humanitaria militar que algunas voces, sin cuerdas vocales propias ni decoro, están pidiendo a chillidos.

Convencido estoy también del consenso que habría para que, de principio a fin, el proceso jurídico con esas personas siga transcurriendo con riguroso apego a la ley, a la Constitución por todos aprobada y a las garantías que el Estado cubano le concede a cada ciudadano.

Pero si a una decena o más de días de esos hechos me preguntaran qué es lo más importante, respondería que -sin renunciar a darle a cada provocador el tratamiento justo y adecuado que merece- también se impone evitar que situaciones similares se repitan (algo que no depende de la predominante voluntad del pueblo, de sus organizaciones y gobierno), así como cerrar fila, mantener bien abierta la pupila y unirnos más, de la ceñida manera que nos enseñó Fidel.

El tiempo, común para todos: quienes aman y fundan o quienes odian y deshacen, al decir de nuestro José Martí;  nos da a los primeros la posibilidad de obrar con inteligencia y seguridad para, al menos en ese terreno, retornar a la acostumbrada normalidad… ya que desde el punto de vista epidemiológico aún no ha sido posible a pesar del enorme empeño que pone el Estado cubano y su Salud.

Pero ese mismo tiempo les ofrece, a los que ya cometieron el gravísimo e imperdonable error y sobre todo a los ahora indecisos o vacilantes, la oportunidad de sentarse a meditar consigo mismos, a reflexionar con mesura, con raciocinio, sin parcialidad, ni odio… aunque lamentablemente para algunos esto fuese intentado por vez  primera en sus vidas.

A tiempo están todavía de volver la vista atrás, hasta sus días de círculo infantil, de papalotes, trompos, muñecas y cabalgatas junto a Elpidio Valdés.

Tiempo tienen aun de remontarse a las jornadas de escuela al campo, a las tardes o noches de estadio repleto con la serie nacional en llamas, al rostro de la viejita vecina cuando se apareció con aquel caldo capaz de revivir a un muerto y al poco rato hasta la fiebre se habría ido como por arte de birlibirloque…

No es posible que quienes hasta ahora poco o nada le han aportado a esta sociedad, pero que tampoco daños así habían provocado contra su propia gente, contra su misma familia, se dejen obnubilar de repente, pierdan memoria y vergüenza ante el efecto de la maquiavélica pócima preparada por serviles hechiceros sobre un fuego atizado por billetes con olor a azufre.

Si alguna buena huella de su escolar pasado o de su entorno familiar, comunitario y social conservan, entonces cualquiera de los mil 440 minutos que diariamente se nos vienen encima podrá salvarlos, sacarlos del pantano moral en que han caído, o por el que pueden ser tragados por su propia (y otra) mala cabeza.

Nadie los obligará a salir del tremedal y pisar tierra firme. Esa tendría que ser una decisión dependiente de cada quien. Es ciertamente una oportunidad que tienen ante sí. La toman o la dejan.

Rectificar es de sabios, incluso cuando lo que se lleve dentro o lo que te inyecten desde fuera sea pura brutalidad. Basta con que se conserve un mínimo de gratitud y de sentido común

Si al respecto alguno de los penosamente implicados en actos antipatrióticos y antisociales me pidiese consejo, le diría: no, no estás obligado a que montarte -si no lo has hecho hasta ahora porque no lo deseas- en los vagones que sigue halando la indetenible, sí, escucha bien: indetenible locomotora de la Revolución, siempre también acogedora, autocrítica, rectificadora, y perfectible.

Ah, pero tampoco se te ocurra volver a mover un dedo para descarrilarla porque siempre te encontrarías frente a millones de mujeres y hombres dignos y agradecidos, atentos durante esos mil 440 minutos de cada día, para quebrarle, al menos la intención a quien se ofrezca o se venda para hacerlo.

Por cierto… cuidadito con nuestro entrañable 26.  Ante la historia, solo la reverencia que de todos ella merece. Que nadie se deje empujar por los capitanes araña que vociferan lejos de los riesgos. No es momento para complicarse más. Por el contrario,  ‘¿Quién dijo que todo está perdido?’ Aún están a tiempo de empinarse en el sentido correcto de esa historia, y crecer con ella.

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Pastor Batista

 
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