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Publicado el 8 Julio, 2021 por María Victoria Valdés Rodda en Opinión
 
 

CHINA-AUSTRALIA: Tensiones en la atmósfera

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Por MARÍA VICTORIA VALDÉS RODDA

María Victoria Valdés RoddaEstán enfrascadas en una puja que pudiera ir escalando mientras ambas sigan empecinadas en el camino de justificar las acciones de la una contra la otra. A Australia los estudiosos la consideran una potencia media, mientras que a China todos la ven destinada a ser el coloso del planeta. Entre Canberra y Beijing se da la contradicción amistad-desconfianza, la cual cada cierto tiempo tensa la atmosfera común en los ámbitos de la política, la diplomacia, el comercio y la seguridad. Sin embargo, se necesitan.

Durante la crisis mundial de 2008, Heather Ridout, entonces directora ejecutiva del Australian Industry Group, llegó a decir que su país estaba en el bote salvavidas chino y que si este hacia aguas, la llamada isla continente se hundiría. Con el tiempo, ni la República Popular China (RPCH) ni Australia han sucumbido. Cada cual supo adecuar   astucias: sobresalen sus acuerdos mercantiles bilaterales bajo la mirada atenta de la Organización Mundial del Comercio (OMC). El mutuo intercambio fue en 2020 de 141 mil millones de euros.

En el pasado, al indagar por la percepción sobre la empatía socio-cultural-emocional de los australianos, la duda afloraba, debido a su fuerte e histórico nexo con Europa, circunstancia que se ha ido modificando, quizá por la búsqueda de su propio bote salvavidas: En 2012, Canberra publicó el libro blanco Australia en el siglo de Asia, colocándose en el espectro regional y privilegiando los lazos con la RPCH, en el marco de su ascenso imparable. También definió al Indo-Pacífico como área de interés estratégico directo. Pero vive en un sistema-mundo, en donde es imposible mantenerse al margen de las las sostenidas rivalidades entre China y los EE.UU. Si bien ha declarado que es soberana en sus actitudes, curiosamente a partir de 2017 trata de depender lo menos posible de Beijing. Y eso de algún modo explica estas tensiones. ¿Bajo presiones de Donald Trump, utilidad propia? Tal vez ambas cosas mezcladas, o no.

La nueva etapa glacial arrancó con la pandemia, cuando el Gobierno australiano sumó su voz a las de Occidente, exigiendo a la ONU una investigación sobre el desconocido virus en China; esta, a la defensiva, lo asumió como una afrenta. De manera que las disputas comerciales han ido subiendo de tono, con imputaciones de los dos lados en la OMC, “resueltas” tajantemente; este 6 de mayo, la RPCH suspendió parte de su cooperación económica con Australia, que a su vez había revocado, en abril, un acuerdo sobre el proyecto de la “Ruta de la Seda”. Falta su concreción oficial.

Cada vez que una de ellas actúa, la otra se lo toma a la tremenda. Sin dudas lo que ahora tiene mayor peso negativo son las acusaciones de Occidente, y de Australia, contra el Partido Comunista Chino como infractor de los derechos humanos, además de peligroso para la seguridad planetaria. Tesis recalcada por Washington en la reciente Cumbre del G-7. Aun con todo, este 20 de junio, el primer ministro Scott Morrison declaró a Sky News que “Australia trabaja duro para evitar que las tensiones con China se conviertan en una guerra fría”. Cabe esperar que Canberra atienda las denuncias de su sociedad civil por 386 incidentes racistas contra asiáticos, migrantes chinos incluidos, a los que siguen culpando de la Covid-19.

 

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