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Publicado el 8 Julio, 2021 por Prensa Latina en Opinión
 
 

EE.UU.-RUSIA-CHINA: Ofuscación imperial

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Elsa ClaroPor ELSA CLARO

Cuando Estados Unidos se pasea por el Báltico y el mar Negro o se adentra en el de China Meridional y el estrecho de Taiwán, o sus aviones de guerra tienen que ser escoltados por patrullas rusas o chinas para expulsarlos de sus respectivos espacios aéreos, el Pentágono, lo quiera o no, fragua posibilidades múltiples de un fatal empellón militar hasta por el más inofensivo accidente.

Razonable que Rusia o China califiquen de provocación esos actos. Expertos en la zona confirman que el propósito tras tan zafios devaneos no consiste en llevar a una guerra –algo catastrófico y posiblemente sin ganadores–, sino mantener expectantes, ocupados, a los dirigentes de esas dos naciones que Washington considera enemigas.

Paradojas de la política. Cuando, en 1970, Nixon y Kissinger trazaron un cambio de estrategia hacia el gigante asiático, no les importaba el destino de ese país y tampoco suponían que, al cabo, les pisarían los talones a la Unión y hasta que se les fueran por delante. El acercamiento de entonces fue promovido, sobre todo,  para profundizar las diferencias con la URSS. Hoy hacen todo lo contrario.

Recientemente, Vladimir Putin y Xi Jinping renovaron unas relaciones múltiples y ventajosas, al prolongar el tratado bilateral, que en los últimos 20 años “está en línea con las tendencias de la época, orientado a la paz y el desarrollo, como ejemplo práctico de un nuevo tipo de relaciones internacionales”. Así dijo el mandatario chino.

Entretanto, su igual ruso consideró que “en las actuales condiciones de crecientes turbulencias geopolíticas, ruptura de acuerdos en materia de control de armas, incremento del potencial de conflicto en diversas partes del planeta, la cooperación ruso-china juega un papel estabilizador a nivel internacional”.

En esas expresiones hay pautas de acción global. Evidencia de que un país regido por un partido comunista centenario junto a otro que no tiene el mismo signo ideológico (China y Rusia, por supuesto), pueden navegar en el mismo barco sin hundirlo. Bastan la inteligencia y el respeto.

El devenir histórico

Los mayores países europeos establecieron su dominio sobre África, Asia y América, y Estados Unidos, apenas salido del cascarón británico, “hereda” una parte del botín colonial. China y Rusia no tienen pasado tan oprobioso.  De entre las usurpaciones recientes sobresalen la invasión a Irak o la de Libia, dos de varias aventuras a las cuales EE.UU. arrastró a sus socios de la OTAN. Algunos entusiasmados, otros no tanto, por el gasto en pro de la supremacía norteamericana.

¿Cómo suponer inocentes las recientes provocaciones? El 23 de junio, el destructor británico HMS Defender penetró en aguas rusas. Desde Moscú advirtieron a la representación diplomática del infractor de que si hay una próxima vez el fuego de sus buques pudiera no ser de advertencia, como ahora. Un avión de reconocimiento estadounidense escoltó esa nave.

Algo similar ocurrió el 28 con una fragata de los Países Bajos que abandonó su ruta para internarse en el estrecho de Kersh. Las maniobras Sea Breeze son un ensayo deliberado de ataque a Rusia. Participan fuerzas de Ucrania, que no pertenece a la OTAN pero aspira a ello y encuentra en ese manejo un modo de acercarse al grupo bélico.

Son bravatas destempladas, sin medir lo peligroso del desafío. Así ocurre con respecto a China un día sí, otro también. Emprendimientos acompañados con gestos políticos igualmente inamistosos. Contra Beijing incentivan el separatismo de Taiwán, aunque fueron los norteamericanos quienes concordaron en que es parte del territorio continental.

Siguiendo un patrón que denuncia falta de espontaneidad, promueven el desorden civil en Hong Kong o acusan de que se atropella a la minoría uigur. ¿Será casual que la Ruta de la Seda, el gran plan de conexión de Asia con Occidente, ahora con mayor rango, sea uno de los puntos clave del proyecto?

¿Envidia o “principios”?

Obvio que les preocupa que este “enemigo” atravesara la crisis global del 2008 con mayor ventura que ellos y sus socios, demostrando que cuentan con soportes mejor concebidos y mayor crecimiento. La bravuconería, la incitación a una carrera armamentística se basa en la astucia de propiciar desgaste.

La estrategia la aplican a China y a Rusia, acusándolos de peligrosidad. Sin embargo, EE.UU. tiene un gasto militar ascendente a 778 232 millones de dólares, mientras China emplea 253 324 millones, incluso uniendo ese presupuesto con el de Rusia (66.000 millones) sería menos de la mitad de cuanto invierte Washington.

Falacia afirmar que hay amenazas desde esas dos naciones, que tampoco tienen en su haber un registro de ataques como los patrocinados por el Pentágono. El gatillo fácil no piensa demasiado para disparar. Quien ha padecido agresiones armadas externas, lo evita. Esto, además, se llama responsabilidad.

De analizarse motivos de beligerancia hacia Moscú y Beijing habría que sopesar el celo imperial ante realidades como que Estados Unidos es el país más endeudado del mundo, por encima de los 22 billones de dólares (22 millones de millones). Por su parte, Rusia posee una de las cifras de déficit más bajas del orbe. China crecerá este año 9 por ciento, mientras los organismos financieros prevén que EE.UU. llegará solo a tres.

Insoportable que China posea 1.13 billones de dólares en títulos de deuda estadounidense, que sea el mayor acreedor de la Unión, que se deshaga (Rusia también) de los dólares y que pudiera, eventualmente, usar la deuda estadounidense, provocando un serio descalabro.

En un mundo sujeto a la resaca de una crisis económico-financiera de envergadura y a una inconclusa, pero no menor, de orden sanitario, sería sensato, muy recomendable, propiciar relaciones de cooperación para las necesarias reparaciones. Algo difícil, sí, pero nada imposible, menos colocando imposición y agresividad desenfrenadas.

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