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Publicado el 14 Julio, 2021 por Elsa Claro en Opinión
 
 

EUROPA: Trampa ingrata

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Elsa ClaroPor ELSA CLARO

Muy cerca de un cambio de gobierno en Alemania concluyendo la “era Merkel” con sus buenos y malos oficios, y cerca del penúltimo tramo para las presidenciales en Francia, las dudas sobre el futuro del Viejo Continente son variadas y nada banales.

Los comicios ya avanzados o cercanos de las dos mayores economías europeas están revelando contextos requeridos de estudio por el conjunto de estas naciones ligadas en lo económico y en la esfera política, pero con enfoques diferentes, incluso contradictorios en un grupo de asuntos capitales: actuar con independencia de los EE.UU. o no; dotarse de un ejército propio, sin orillar a la OTAN mas con mayor capacidad decisoria y, no menos importante, mantener determinadas conductas por parte de los gobiernos; por ejemplo, casi todos coinciden ahora en las incertidumbres ante la recién estrenada jefatura rotatoria de la Unión Europea (UE), en manos de Eslovenia, país con poco más de dos millones de habitantes en 20 273 kilómetros cuadrados y un corto recorrido como república independiente.

Haber transitado en el pasado por golpes o bendiciones de varias culturas, experiencias en el imperio Austrohúngaro como parte de su membresía o después, en otro conjunto bien diferente, la Federación Yugoslava, de la cual se separó en 1991, le aporta cierta práctica en cuanto a funcionar asociado con otros. Sin embargo, los 27 no están seguros de esa supuesta virtud. Los cuestionamientos están centrados en Janez Jansa, primer ministro esloveno, quien al presentar su programa al Parlamento Europeo recibió críticas hasta del grupo Partido Popular Europeo, liderado por el político alemán Mandred Weber. Jansa, agresivo representante de la derecha y los ultraconservadores europeos, recibió rapapolvos de cierto calibre de esa organización, no obstante el talante protector de Weber, obligado por las circunstancias a decirle a Jansa que “cualquier problema que afecte el Estado de derecho no es el problema interno de un Estado miembro, sino el problema de todos los europeos”.

La incisiva reconvención fue la respuesta a las justificaciones del dirigente esloveno al ser acusado de violentar el estado de derecho y la libertad de prensa. Según su punto de vista, esas son cuestiones internas y no incumben al pacto comunitario. Varios diputados condenaron esa y varias otras manifestaciones antidemocráticas de su mandato como la aplicación parcializada de la justicia y la desprotección de las personas LGTBI dentro de un conjunto de prácticas violatorias de reglas del juego esenciales, por muy occidentales que estas sean. Otro aspecto controversial fue su disposición a impulsar la adhesión a la UE de Albania, Macedonia del Norte, Montenegro y, posiblemente, Kosovo y Bosnia-Herzegovina. Territorios con complejas situaciones.

El proyecto mismo tiene opositores. En general, no se desea incrementar los miembros de la Unión, especialmente si proceden de sitios con problemas tan agudos, a riesgo de trasladar parte de las dificultades a los restantes 27. Al menos cinco países ni siquiera reconocen a Kosovo, desde que forzaran su separación de Serbia. “Si no damos un paso hacia los Balcanes Occidentales,  estos pasos los tomará alguien más que tenga intereses y valores diferentes”, arguyó Jansa en su descargo, sin precisar al potencial enemigo, cultivando la idea de un “acechante malo a reventar”.

Enfoque de Putin

“La estabilidad, el orden en la sociedad y el desarrollo sostenible de nuestros Estados y de todo el continente dependen de la eficacia con la que podremos responder a los desafíos comunes a todos los países europeos”. Con estas palabras referidas a la ciberdelincuencia y a la protección del ecosistema, entre diferentes retos requeridos de acción conjunta si se desea eliminar unos o potenciar otros, el presidente ruso, Vladimir Putin, se dirigió a la Conferencia de Jefes de las Fiscalías de los Estados Europeos.

No en ese marco, pero sí en línea tangencialmente asociada con la fórmula enunciada, están las consideraciones de Ángela Merkel tras la cumbre de la OTAN en junio: designar a China como un desafío no debe exagerarse, pues el gigante asiático y Rusia tienen más cariz de socios que de contrincantes.

Sin renunciar a los razonamientos sobre diferencias políticas y de otro orden entre el bloque occidental y Moscú o Berlín, la canciller germana pulsó uno de los criterios más sensatos dichos en estos comprometidos tiempos: “Tenemos que encontrar el equilibrio adecuado con esos países”, expuso categórica. No obstante la madurez del juicio, este no recibió las debidas adhesiones, públicamente al menos. Debe de ser por las segmentaciones intercomunitarias y a causa de que Washington se mantiene en delantera, fabricando enemigos y elevando riesgos.

Evidencia es el logro estadunidense de acrecentar de nuevo el aporte europeo a temas militares. De tal ¿suerte? dedicarán 323 mil millones de dólares este año a la improductiva y afrentosa esfera, fondos más necesarios para la recomposición de las economías tras la pandemia que para ese destino.

Peligros ¿dónde?, ¿de quién?

Esa habilidad de Washington sobre anemia o inercias específicas de Europa arrastra a maniobras militares provocativas en el mar Negro. Entre imprecisiones imperdonables, algunos dirigentes tampoco se percatan -o prefieren no reconocerlo- del sutil cambio en las posiciones de Rusia, probablemente harta de que la acusen sin base, y la irriten una y otra vez, atenidos a su prudencia, la cual, como todo, tiene límites.

Se aprecia en las exhortaciones hechas por el Kremlin, tras el incidente del destructor británico que penetró en aguas rusas, al que se advirtió de que si hay una próxima vez, los disparos no serán de alerta. Boris Johnson reaccionó con poca elegancia y menos sapiencia al decir que tenían todo el derecho porque el Reino Unido considera ucranianas esas aguas y no reconoce la reincorporación de Crimea a Moscú. No mencionó que un avión norteamericano escoltó el operativo, con certeza destinado a espiar un poco y a probar capacidades de respuesta y los arrestos de Moscú.

¿Pensaría lo mismo el premier británico si naves rusas incursionaran en el Atlántico sur cerca de las costas malvinenses? La misma pregunta se pudiera repetir con respecto a las potencias en general en numerosos emplazamientos, pero la tentación lleva a recordar la ocupación israelí de espacios vecinos, entre las vulneraciones mejor conocidas que no reciben castigo ni tan esmerado recelo, algo que, simplemente, no es decente olvidar.

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